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Castañeda: vale un Perú

Castañeda Lossio es, en muchos sentidos, el mejor representante de la política peruana actual. Ese no es un elogio, sino todo lo contrario.

Publicado: 2014-08-23

Luis Castañeda Lossio no es diablo de mi devoción (me rehúso a llamarlo santo, aunque esa sea la frase habitual). Pero creo que si algo puede decirse a su favor -o, vamos, a su "favor"- es esto: Castañeda representa quizá mejor que ningún otro personaje el momento actual de la política peruana. El que este momento sea atroz y deplorable no le quita nada a esta afirmación: eso es precisamente lo que el ahora candidato por tercera vez al sillón municipal de Lima encarna con tanta exactitud. Y eso es precisamente, creo también, lo que viene garantizando su éxito en las encuestas durante esta campaña electoral municipal.

Nadie como él resume en una sola persona las virtudes (ninguna) y los defectos (miles) de nuestra vida pública, hoy (y ya hace buen tiempo). Para empezar con el menudeo: ¿Doctorados bamba? Castañeda: presente. ¿Inmerecida vida académica en universidades de medio pelo? Ahí estamos. ¿Acusaciones de corrupción en sencillo, casi ridículas? Lo mismo. ¿Completa improvisación de las ideas y los planes, que cuando se les araña un poco por encima hasta resultan ser impracticables? Una palabra: monorriel. ¿Cobros dobles, indebidos y dolosos de "bonificaciones" por tareas que el beneficiado no cumplió? Faltaba más. 

Y así sucesivamente: piense el lector en cualquiera de las características externas de lo que significa ser un político de nota en el Perú de nuestros días, y encontrará sin mucho esfuerzo la conexión con el líder de Solidaridad Nacional. Y esto incluye, de taquito (o no tanto), la profunda lumpenización que nos asola: debe recordarse que cuando cree que nadie fuera de su círculo inmediato lo está escuchando, Castañeda es perfectamente capaz de sugerir la eliminación física de enemigos o personajes incómodos -incluso si tales personajes fueron sus útiles amigos hasta el día de ayer-: déseles su "ceviche con bacteria" si hay necesidad. 

Los anteriores (y más) son como decía los signos exteriores del político peruano actual, y en ellos Castañeda destaca como ninguno. Pero también destaca en los que son, digamos, más "interiores", o al menos más opacos, menos abiertos a la fiscalización y el escrutinio. Por ejemplo, en lo que se refiere a sus tan oportunas como turbias conexiones con el poder judicial -ámbito en el que se juegan los destinos (o los prontuarios) de tantos de sus colegas- el exalcade nunca se ha quedado atrás. Incluso si alguna de sus movidas más obvias a ese nivel se desmorona y sus fichas terminan temporalmente fuera del tablero, no puede dudarse que Castañeda ha gozado de los favores del PJ cuando más los necesitó. 

Esto es significativo, porque lo cierto es que ningún profesional de la política en el Perú puede llegar lejos sin la capacidad de navegar con destreza los pasillos del Palacio de Justicia. Y Castañeda claramente le debe a esa capacidad su viablidad política y su tercera candidatura. Estoy hablando, sí, del caso Comunicore, un escándalo de proporciones mucho mayores de lo que se suele pensar (y que, creo, no dejará de dar sorpresas mientras avanza la campaña). Ahí, a pesar de un informe de comisión investigadora claramente condenatorio y de numerosos indicios de culpabilidad, Castañeda sigue técnicamente libre de polvo y paja.

Imposible, por supuesto, hablar de Comunicore sin hablar también del evento central en la vida del municipio limeño en los últimos dos años. A saber, el intento de revocatoria de Susana Villarán y sus regidores. En ese tortuoso proceso Castañeda desplegó otra característica esencial del político peruano de éxito: la pendejada. Manteniendo tanta distancia como le fue posible, operando a través de títeres, tercerizando la jugarreta, Castañeda le puso tremenda zancadilla a su sucesora, descarrilando por completo su gestión cuando esta apenas se iniciaba. Y lo hizo, por supuesto, con el mayor de los cinismos, precisamente mientras la administración de Villarán lo estaba investigando por corrupción.

Junto a este talento para la pendejada, y ya para terminar, Castañeda posee a raudales la "virtud" quizá más paradójica de nuestra hora política: una profunda, imbatible mediocridad. Y no me refiero solo a su grisura personal, su aparente falta de carisma (que sin embargo empata una y otra vez con las expectativas del electorado, al menos a nivel local), sus escasas dotes de orador, y todas esas cosas que este año, además del tremendo rabo de paja, han hecho del mutismo su mejor estrategia, algo que ha producido uno de los momentos más surrealistas de los últimos tiempos en el Perú. Me refiero a su mediocridad como alcalde, que desmiente por completo la que parece ser su imagen pública. 

¿Obras? No tantas: lo cierto es que en ese terreno las gestiones de Castañeda se comparan negativamente con la de Villarán. Hizo menos, en concreto, y lo que hizo fue con sobreprecios y demoras inexplicadas que han sido, y deberían seguir siendo, motivo de denuncia. ¿Eficiencia y trabajo? Tampoco. Más bien, las gestiones municipales de Castañeda se han caracterizado por la desorganización, la lentitud y el desbarajuste, además de las opacidades ya mencionadas. En suma, que a mediocre a este político peruano no hay tampoco quien le gane.

Esta es, decía, una paradoja. Las verosímiles acusaciones de corrupción no son un secreto para nadie en Lima; la truculenta pendejada que lo define como político tampoco lo es. Pero la mediocridad de Castañeda, aunque parezca obvia, es algo que un sector mayoritario de la población capitalina parece no asumir como real. Por el contrario, la imagen que lo acompaña, y en la que basa sus posibilidades de éxito, es la contraria.

Y en esto también Luis Castañeda Lossio es el más exacto representante de la política en el Perú de nuestros días, y quizás también lo sea de una banda más ancha de la sociedad y el país en general: la imagen más falsa es la más exitosa, el mediocre más desembozado es quien la lleva y la fufulla, el pantallazo y la engañifa más barata bastan para lavarle la cara a cualquiera.

Por todo esto, es muy posible que Castañeda sea el próximo alcalde de Lima. Es decir: si lo logra, no será a pesar de lo anterior, sino a causa de ello. Y así nos va.

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Escrito por

Jorge Frisancho

Escrito al margen


Publicado en

Redacción mulera

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