no pasó nada!

Territorios marcados por la violencia

LaMula.pe entrevistó a la artista visual Elisenda Estrems y al curador Carlo Trivelli a propósito de la muestra "Porosidad y territorio" que se presenta en la galería El Ojo Ajeno.

Publicado: 2014-11-08

Elisenda Estrems (Lima, 1975) estudió en la Facultad de Arte de la PUCP y se licenció en Artes Visuales por la Escuela Nacional de Escultura, Pintura y Grabado de La Esmeralda, México. Luego de una larga estadía en ese país, volvió al Perú en el 2010. Su más reciente muestra individual, titulada Porosidad y territorio fue inaugurada el viernes 7 de noviembre en la galería El Ojo Ajeno del Centro de la Imagen (Av. 28 de Julio 815, Miraflores) y estará abierta al público hasta el 26. 

En palabras del curador Carlo Trivelli, "el trabajo de Elisenda Estrems se caracteriza por una clara conciencia de la naturaleza del dibujo y sus posibles encarnaciones como lenguaje". En efecto, los trabajos que presenta la artista en esta ocasión reflejan, a pesar de la diversidad técnicas y soportes usados —recortes en vinil, impresión por inyección de tinta, video— una misma búsqueda en torno a las posibilidades expresivas del dibujo y a su evolución, desde la marca primigenia de una identidad que se descubre a sí misma hasta el nacimiento del pictograma, para volverse finalmente un poderoso receptáculo de la violencia en nuestras sociedades.

Por un lado, una serie de trabajos presenta los contornos de las montañas de distintos escenarios de violencia política y guerra: Acomarca, Huanta y San Pablo en el Perú, Koh-e Paghman en Afganistán, Trebenik en Bosnia o Virunga en el Congo. En ellos, las montañas aparecen marcadas por negras manchas que nos recuerdan las huellas de la violencia. 

Esas mismas montañas texturadas reaparecen en un trabajo en video en el que vemos a una niña correr por el paisaje, igualmente surcado de manchas, y descubrimos, al verla caer en ellas, que son en realidad pozos negros, como cráteres producidos por algún bombardeo. 

En otro video, filmado de noche desde un auto en movimiento a través de alguna de las carreteras que atraviesan Lima —esa Lima rodeada de cerros que han sido poblados por migrantes— todo ha sido contrastado a tal punto que lo único que vemos son las luces de las casas convertidas en simples puntos blancos. El audio que acompaña este recorrido nos habla de gente que busca a sus seres queridos con los que ha perdido todo contacto. 

Otro conjunto de trabajos muestra finalmente el resultado del trabajo de la artista en talleres con poblaciones vulnerables. En ellos, cada participante dibuja su nombre y la artista combina los distintos dibujos para convertirlos en patrones gráficos: una suerte de construcción de identidad, casi de redención podríamos decir, a partir de la práctica del dibujo.

Enganchados por las enigmáticas imágenes de Estrems, nos sentamos a conversar con ella y con el curador Carlo Trivelli.


La muestra se llama “Porosidad y territorio”: ¿a qué hace referencia este título? 

Elisenda Estrems: Muchas de las piezas que componen la muestra hablan de lugares, sobretodo de América Latina. Son reflexiones sobre realidades de ciertos territorios, pero que tienen que ver con la corporeidad misma del territorio, el suelo, hasta su forma. La idea de porosidad viene del trabajo de dibujo, de los patrones que he creado como si fueran huecos sobre una superficie, o marcas. 

Carlo Trivelli: La porosidad yo la veo también como una metáfora del modo en que el territorio absorbe la historia que sucede en él. En trabajos anteriores Elisenda intervenía escenas que eran sacadas de libros que ella veía de chica, libros sobre héroes revolucionarios de editoriales rusas o chinas, y el dibujo era intervenido con texturas, líneas horizontales que marcaban la profundidad y estaban como superpuestas al dibujo. Esa sensación de una gráfica muy depurada que interviene el dibujo es la que encontramos nuevamente en estas manchas o cráteres que aparecen en el paisaje. El dibujo se vuelve mínimo, en el sentido de que es casi solo la silueta de los cerros y estas manchas, que son formas gráficas muy básicas, que le dan la sensación de relieve. Ahora bien, en cada uno de los lugares representados ha habido situaciones de violencia extrema, lo que sugiere que estas manchas son efectivamente como marcas, como heridas en la tierra.

foto: ana cabrera / lamula.pe

Carlo menciona el tema de la continuidad entre esta muestra y tus trabajos anteriores, pero me parece que hay también aquí un salto importante: tu producción hasta ahora se había centrado en cuestiones más personales, relacionadas con recuerdos de infancia y con un cierto carácter bucólico. Acá, en cambio, tenemos una reflexión algo más abstracta sobre el lugar de la violencia en la sociedad, ¿verdad?
(EE) En realidad casi siempre parto de una experiencia personal. Si bien es cierto que esto resulta más evidente en trabajos anteriores, también ahí había una interpretación de un cierto tipo de gráfica, dado que esos cuentos que yo leía habían sido distribuidos masivamente como propaganda política. Hay una acción sobre esa gráfica y hay una mezcla de texturas y de detalles que vienen de una gráfica más comercial, del universo de los posters, que se superponía sobre esos paisajes bucólicos.
Digamos entonces que ese camino hacia una gráfica más depurada, que roza con la abstracción, ya lo habías iniciado en tu producción previa, pero aparece aquí por primera vez en primer plano: muestra de ello, por ejemplo, es el abandono del color en las obras que estas exponiendo.

(CT) También el tema de los soportes marca un alejamiento del dibujo que tradicional, básicamente el dibujo sobre el papel con carbón o lápiz: es decir, la línea, el trazo, la expresividad. Acá todo ha sido depurado y ha sido trabajado o puesto en video o en vinil, con lo cual el trazo expresivo de la mano ya no lo ves.  

FOTO: ANA CABRERA / LAMULA.PE

(EE) Ya no es directo, ¿no? En las texturas, por ejemplo, hay un comienzo de trazo a mano pero este se convierte en un insumo para otra cosa. En el caso de los wallpapers he usado trazos de otras personas pero para convertirlos en patrones, en parte de otro dibujo.

(CT) Hay una reflexión que hacía Elisenda que me parece muy interesante, que es esta idea de pensar el dibujo como una marca básica, que es pintar o raspar, como algo prehistórico que luego ha ido evolucionando hacia pictogramas. Y al final, estas manchas que puedes interpretar como cráteres o heridas en la tierra, es decir como marcas, se vuelven ya un signo de violencia.

(EE) La idea del dibujo como marca sucede hasta en los animales: los tigres marcan un árbol para decir que es su territorio o cosas como esa. Como la impronta sobre un soporte. Finalmente, los soportes son también territorios.

FOTO: ANA CABRERA / LAMULA.PE

(CT) Hay una tendencia natural de la gente de marcar su nombre; hay grafitti en buena parte de las culturas y lo ves acá, la gente que ve el cemento fresco que acaban de poner en la vereda y ponen su nombre o dejan escrito “Fulano y Mengana”. La necesidad de inscribir y dejar que quede permanente es como un espacio de expresión muy claro, muy directo. Y es a partir de eso que se elabora, por un lado, esta depuración de las marcas de esta gráfica tan particular y, por otro lado, el trabajo que Elisenda hace en talleres con poblaciones vulnerables, que los ayuda a hacer del dibujo una manera de darle consistencia a su historia personal.

¿Cómo empezaron esos talleres?

(EE) Empezaron en octubre del año pasado en la Bienal LaOtra de Bogotá. Yo ya venía trabajando con los patrones con diferentes poblaciones, con artistas, y en esa ocasión lo hicimos con niños de un barrio que se llama La Perseverancia, donde se llevó a cabo buena parte de la Bienal, un barrio marginal en el centro de Bogotá. Ahí juntamos niños de la calle y los llevamos a un espacio para hacer un taller de dibujo. Trabajamos sobre el tema de los nombres: yo les pedía que se presentaran, me hablaran de quiénes son, lo que les gusta, y luego de eso, que escribieran su nombre en una cartulina grande, negra, con tiza blanca. 

Obviamente, ese escribir tu nombre se convierte en dibujo, porque no se conformaban solo con eso, lo adornaban con una bandera, una niña lo llenaba de corazones, etc., de tal forma que el signo del nombre se va convirtiendo en toda una alegoría de lo que tú eres. Y esos dibujos fueron mi insumo para elaborar un gran dibujo, una especie de patrón. Luego lo imprimimos y con eso hemos forrado las paredes, las canchas de fulbito que hay en el barrio…

Lo mismo hicimos en Villa el Salvador con los chicos del INABIF y después yo llevé el material impreso y forramos sus cuadernos, sus mesas, lo que ellos quisieran. Fue como un trabajo de arte comunitario de decirles: “Ya ¿Y con esto, qué podemos hacer?” “Forremos las mesas porque están horribles, forremos el cuaderno”. He hecho otros dos talleres en México, uno en Lascala, una zona rural al sur, y otro en Nuevo Laredo en el Centro del Instituto del Migrante donde acogen a las personas que acaban de ser deportadas a México. Ahí fue lo más rudo porque realmente llegaba gente hecha pedazos, acababa de ser maltratada por migraciones, sin dormir. Fue muy difícil porque me decía: ¿cómo hago para que quieran dibujar conmigo? Me van a odiar, me van a querer matar…

¿Por qué te parecía importante llevar a cabo estos talleres?

(EE) Se trataba de poner a prueba el dibujo en diferentes situaciones y por diferentes circunstancias, el dibujo más inmediato como es la marca de mi nombre para dejar un registro de quién soy, o una pequeña metáfora de mi identidad. Estos talleres son como una especie de experimento sobre la expresión más primigenia del dibujo. 

FOTO: ANA CABRERA / LAMULA.PE

Ahora, en la muestra, además de estos dibujos, hay también videos. ¿Me podrías hablar de estos trabajos?

(EE) Hay dos animaciones. Una se basa en un registro de video y otra es una animación al 100 %. Una es como una explicación básica de la idea del patrón, de la marca sobre el territorio: vemos a una chica, o una niña, que bien podría ser yo, que corre como escapando de algo. Hay un bombardeo. El audio es una mezcla de sonidos de viento, y un canto, que es mi propia voz tarareando una canción. Ella corre y cae en estas manchas negras como si fueran huecos y vuelve a salir. Es un loop muy sencillo, una huida constante sobre esta grafía.  

El otro es un video con una intervención de animación encima. La idea era volver dibujo una imagen que viene de la realidad, que son estas luces sobre los cerros, en la entrada a Chorrillos, toda esta zona que ahora es ciudad pero que en un momento fue invasión, el pueblo joven Susana Higuchi. Se ven miles de lucecitas, todo en blanco y negro, y sobre esto hay como dos puntos de radar que van a sortear los puntitos blancos que parece que se encuentran y no se encuentran, como si se fueran a chocar, como dos aviones. Ese video se llama Letanía y tiene un audio que cogí de esos avisos de servicio público que pasan en algunas radios de provincia entre programa y programa: “Se busca a fulano de tal en X provincia, su mamá le dice que se comunique con ella”.

Yo he hecho una edición de estos audios de personas que han perdido el vínculo con sus familias, que es una característica constante de la migración. Pero la migración no solo causa esta ruptura de vínculos con personas sino también con territorios, con tu historia, con tu origen, con tu cultura. Te obliga a vivir otras realidades. Entonces, la pieza es un poco una metáfora sobre eso.

FOTO: ANA CABRERA / LAMULA.PE

Me parece interesante que este trabajo sobre el tema de la violencia aparezca precisamente ahora que tenemos, por un lado, medios que tienden a tapar cada vez más cualquier manifestación de violencia por parte del Estado y, por otro lado, el uso sistemático e impune de la violencia en zonas de conflictos sociales. ¿Esto es, de algún modo, un comentario sobre la situación que estamos viviendo?

(EE) Es sobre la situación en general: sobre la marca que deja la violencia en nuestra historia personal y en el devenir político. Desde la exposición anterior, que se llamó Dibujos de Héroes, eso tenía que ver directamente con recuerdos de violencia en los años 70, de pequeña, toda esta idea de grupos armados que venía acompañada de información confusa y mucha gráfica. Te dices: ¿Con todo este quilombo qué te queda? Una reflexión sobre el dibujo, sobre la gráfica. Es esta misma reflexión sobre la violencia como marca sobre distintos soportes; unos pueden ser los sociales, los históricos, los devenires, los territorios mismos. Esa persona que mataron en Cajamarca, eso queda… Si la sociedad de Cajamarca o de este país es una superficie, esa es una marca, queda como una huella. Es como ir desde ahí.  

FOTO: ANA CABRERA / LAMULA.PE

(CT) Lo que me gustaba también es esta idea de que son las marcas las que configuran los paisajes en estos trabajos. Son marcas depuradas y son casi amables, entonces tienes una relación como ambigua con ellas, que es un poco este mecanismo de defensa con el cual no te estás preguntando, no estás escarbando, ni te estás torturando todo el tiempo sobre todo lo malo que pasa porque realmente tu vida se volvería insoportable. Entonces tiene esa especie de pátina de cotidianidad que tratas de defender, que nubla un poco todo. Yo creo que el trabajo refleja un poco eso. Y enterarte de que esta cosa tan neutra en principio, que visualmente es súper mínima, está revelando un fondo violento, es como poner en evidencia eso, que solemos poner una cortina para no ver las cosas en su real dimensión.

(EE) O ya se nos vuelve parte del paisaje. La violencia es como la textura del territorio… Es lo que hay. La pieza de acá que tiene unas manchas es un collage de cosas distintas, pero parte de una foto de un lugar que se llama La Marquesa, en México, que es donde yo siempre iba como quien se va a Huachipa a pasar el domingo. Ahí encontraron 15 cadáveres de personas asesinadas por los sicarios, eso es algo del día a día en México. Y entonces me decía: ahí donde yo voy siempre resulta que ha pasado esto… Es una cosa muy fuerte. Lo que hice fue superponer esa imagen con la de un edificio sobre el que vengo trabajando desde hace unos años, que es el Centro Cultural Soviético en Kabul. Es un centro que construyeron los rusos como parte de la colonización y es un símbolo de la violencia sobre ese territorio. Luego lo han bombardeado desde Estados Unidos, cuando cambiaron los regímenes lo volvieron a bombardear los rusos y finalmente quedó un edificio que es como un búnker de cemento gigante, lleno de huecos. Pero resulta que este lugar, que ya no es nada, está semidestruido, se ha vuelto el refugio de los heroinómanos… En Afganistán hay como un millón de heroinómanos porque ahí se movió mucho el cultivo y el comercio de la heroína como una forma de financiar a las guerrillas contra los rusos. La violencia y el desplazamiento social han dejado una cantidad enorme de adictos a esta sustancia. Y ahí es donde todos se van a refugiar. Entonces el edificio, que empezó como un centro cultural, se ha vuelto ya como una especie de metáfora de sí mismo, una historia totalmente tautológica. Esas marcas, esos huecos, fueron la base para este patrón y del patrón ya devinieron muchas otras cosas.


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Escrito por

Alonso Almenara

Escribo en La Mula.


Publicado en

Redacción mulera

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