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"El dibujo es como una especie de acto de autohipnosis"

LaMula.pe conversó con Eduardo Tokeshi a propósito de "El Pequeño Hokusai (y otras  historias)", su más reciente muestra en la Galería Forum.

Publicado: 2014-08-23

El pasado miércoles 20 de agosto fue inaugurada en la Galería Forum de Miraflores la más reciente exposición individual del destacado artista peruano Eduardo Tokeshi (Lima, 1960). La muestra, titulada “El Pequeño Hokusai (y otras historias)” llega dos años después de la gran Retrospectiva que le dedicara, merecidamente, el Instituto Cultural Peruano Norteamericano, la misma que marcó su consagración como uno de los creadores más polifacéticos y entrañables del arte contemporáneo en nuestro país.

La exposición actual es de especial interés pues marca el regreso de Tokeshi, luego de varios años, al dibujo. Además de ser el punto de partida de una renovada exploración de sus raíces japonesas, este giro señala un verdadero redescubrimiento por parte del artista de las posibilidades expresivas de la línea y la concentración del gesto. La muestra incluye también una serie de “Cajas-Retablo” que despliegan, como una suerte de gran dibujo por capas, una compleja imaginería poblada de personajes cuyas características presentan reminiscencias no solo del universo visual del retablo ayacuchano, sino también del de la obra de Katsushika Hokusai, el famoso artista japonés del siglo XVIII, ofreciéndonos además numerosos puntos de contacto con muchas de las obsesiones y personajes que han acompañado la producción de Tokeshi a lo largo de su variada trayectoria.

La muestra incluye además una serie de cuadros redondos pintados al óleo cuya temática gira en torno a la naturaleza. Animales, paisajes oníricos y personajes de largas cabelleras se dan cita en estas obras que, por un lado, nos reenvían al universo de la niñez, pero que también parecen poner en escena indirectamente el acto mismo de la creación – en el sentido preciso de la génesis de un universo por medio de la voluntad de un demiurgo cuyo rol es, significativamente, compartido por el artista y el espectador.

En efecto, si algo tienen en común todos estos trabajos es quizá el hecho de que presentan, cada uno a su manera, una suerte de narrativa mínima e inacabada que el propio espectador puede hacer suya, completándola en base a su propia imaginación y a las piezas enigmáticas que Tokeshi pone a su disposición.

La muestra va hasta el 6 de setiembre. Puede ser visitada de lunes a viernes de 10 am a 8 pm, y los sábados de 11 am a 2 pm y de 5 a 9 pm.


(Fotos: Ana Cabrera)


Su relación con la obra del dibujante y grabador japonés Katsushika Hokusai no es reciente. De hecho, la primera individual que usted presentó – en esta misma galería – fue una instalación que partía de un verso de José Watanabe relacionado con este singular personaje: "...dicen que Hokusai compraba pájaros para liberarlos". ¿Qué es lo que atrae de esta figura?
A mí me gusta mucho la idea de este pintor que a los 60 años comienza a producir sus mejores obras; eso no es nada usual. Lo normal es que a los 30 o 40 años un artista ya tenga casi terminada su producción. Pero él comienza tarde a hacer estos grabados por los que hoy es famoso y que lo hacen viajar por todo el Japón, especialmente alrededor del Monte Fuji. Entre ellos está una de las obras más célebres del arte japonés, que es La gran ola de Kanagawa. Hokusai es un artista que revoluciona la manera de ver la naturaleza, de componer, de hacer grabado. Me pareció interesante la imagen de esta especie de trabajador, de obrero gráfico, aunque mi interés también tiene mucho que ver con ciertas cuestiones hereditarias, con mis antepasados, con mi propia relación con el Japón. 

La gran ola de Kanagawa. Katsushika Hokusai, Entre 1830 y 1833.

Y ese interés se traduce, más allá del título de la muestra, en el hecho de que uno puede reconocer ciertos rastros del universo de Hokusai que reaparecen por aquí y allá en los trabajos que está exponiendo actualmente, en los personajes, en la imaginería.
Claro, la idea era mezclar muchas cosas. No solo el universo visual de Hokusai, sino también el del manga, por ejemplo, y en general la idea del dibujo con tinta, que es muy rápido, muy intempestivo, y en donde la concentración del gesto es lo más importante. La idea de jugar con la tinta para crear personajes me sedujo, esa idea de cómo lo gestual es lo que genera esos pequeños rostros que he colgado en este retablo.
Usted menciona el tema del manga, y es cierto que hay personajes en algunas de estas obras que me recuerdan, por ejemplo, las producciones de Hayao Miyazaki, películas como La Princesa Mononoke.
Sí, pero hay aún más referencias a los mangas de los 60 y 70 por el mismo contacto que yo he tenido de niño con esas publicaciones. Mi padre traía mangas, los buscaba aquí en una tienda especializada que ya no existe, y nos los leía, nos los traducía porque nosotros no sabemos leer japonés. Esta gráfica donde la rapidez y la dinámica es lo más importante es muy diferente a lo que uno encuentra en la tradición occidental. Además todos están resueltos en tinta, sobre un papel periódico, una cosa muy económica, y ponen en juego esta gestualidad extraordinaria, como una especie de sobreactuación de la línea que me parece muy interesante. Son dibujos cuyo carácter, cuyo dramatismo, dependen casi enteramente de pequeños gestos… De pronto un personaje levanta una ceja y ya es un personaje curioso. Yo tengo esa relación con la gráfica japonesa… Desde chico copiaba los dibujos de ese tipo.

foto: ana cabrera / lamula.pe

Ahora, si no me equivoco, esta muestra marca para usted un regreso al dibujo luego de años...
Sí, es un regreso al dibujo; la muestra parte realmente de unas ganas de dibujar. Puse a un lado lo que estaba haciendo y comencé a hacer pequeños dibujos en los que de algún modo revaloricé el dibujo como un ente unitario, fuerte, que podía decir muchas cosas. De ahí emergieron personajes y situaciones con los que fui creando una serie de grabados. Ese es el comienzo de toda la muestra, en realidad. Empecé a idear esta serie en un café, dibujando en un moleskine; es por eso que la he llamado Los Cuadernos de San Antonio: la referencia no es al barrio, sino al local. Lo cierto es que esta serie me permitió sacar cosas que yo no sabía que tenía dentro... El dibujo es como una especie de acto de autohipnosis, como los garabatos que uno hace mientras está hablando por teléfono. En este caso eran dibujos hechos en medio del bullicio, en pleno café, y de ese caos aparecían estos personajes un poco a contracorriente. La idea era la de armar una fauna, llamémosla así, a partir de estas cosas que iban apareciendo.
Pero es una especie de bestiario en el que se perfilan como narrativas incipientes, mínimas... Usted ha trabajado en varias ocasiones haciendo ilustración. ¿Tiene esto alguna relación con ese carácter narrativo que tienen sus dibujos?
He hecho ilustración durante mucho tiempo, haciendo caratulas para Peisa, Etiqueta Negra, haciendo cuentos para niños con José Watanabe o Alfredo Bryce. Ese ejercicio de ilustración ofrece posibilidades interesantes, pero la idea aquí era regresar a un dibujo que valga por sí solo, que viaje solo. Estos dibujos, por ejemplo, son lineales y hablan de personajes que carecen de historia pero que en algún momento del proceso generan como una necesidad de buscarles una narrativa. Hay un personaje de pelo largo que está en un bosque, que acaricia osos, que es capaz de volar, que abre las manos y de ahí emerge otro bosque; yo le llamo La Maga. Es un personaje que apareció. No tendría más respuesta que esa, simplemente apareció. Yo utilizo los dibujos como una excavadora, y a la hora de excavar encuentras cosas. Esta especie de bestiario, como bien dices, ofrece posibilidades no solamente gráficas sino también de contar cosas a posteriori, de pronto es eso. No es algo calculado. 

foto: ana cabrera / lamula.pe

Hablemos del tema de la memoria, de la herencia histórica que ha estado presente tan a menudo en su obra. Usted termina sus estudios en el 86, que es la época más álgida del conflicto armado interno, y para muchos artistas de su generación el tema de la violencia política ha sido una constante. En este caso vemos un trabajo mucho más sereno e introspectivo pero donde también aparecen como rezagos de esos fantasmas; tenemos por ejemplo personajes con bandas presidenciales que forman parte del bestiario.
Sí... No sé si serán rezagos de eso pero siempre aparecen, son como constantes en mi trabajo. Creo que hay toda una evolución del personaje, al igual que hay una evolución del artista. Esta evolución se da en realidad por todo lo que nos pasa: enamorarse, tener hijos, ese tipo de sensaciones de que la vida no se queda quieta, como no se quedan quietas las banderas, no se quedan quietas las cosas que hice a lo largo de estos 30 años. En esta muestra hay un montón de cosas, grabados, cajas, trabajos al óleo, dibujos en serie, que he juntado con la intención no sé si de hacer del espectador un cómplice, enternecerlo, de involucrarlo en historias que él mismo crea, en no darle todo digerido. Le ofrezco, por ejemplo, una caja roja con una serie de objetos para que cree su propia historia; le ofrezco un monstruo y un presidente o un abismo y un cielo. Ese tipo de cosas son las que a mí me interesa que el espectador vea porque, de algún modo, es guardar el misterio para que el espectador lo pueda develar.
Pero en este caso parecería que, más que la historia del Perú (como ha ocurrido en otras muestras), es su ascendencia japonesa lo que pone en juego el tema de la memoria y la identidad, no solo por la técnica del dibujo sino por todo este universo narrativo que está conectado con su niñez y la relación con su padre.
Así es. Y también presente esa preocupación por la naturaleza muy japonesa que uno encuentra por ejemplo en la obra Miyazaki.
Hablando del tema de la identidad y los orígenes, tengo la impresión de que esta búsqueda es un rasgo constante en los artistas peruanos de ascendencia japonesa. Pensaba, por ejemplo, en el caso de Venancio Shinki, de Jaime Higa o de Jorge Miyagui.
Claro, Aldo Shiroma también. Hace poco estuve en el Museo Nacional Japonés Americano en Los Ángeles y justamente estuvimos hablando de eso. Fui invitado porque hay un proyecto para hacer una gran exposición latinoamericana-japonesa. Esta preocupación por el tema de la identidad se da en general en países donde hay una gran cantidad de inmigrantes: en Brasil, en México, también en Argentina. Pero no sé si existe en realidad un hilo conductor en la producción de estos artistas de ascendencia japonesa, si se puede hablar por ejemplo de una pintura peruano-japonesa. Es demasiado altisonante...

foto: ana cabrera / lamula.pe

De acuerdo, pero hay algunos rasgos comunes que se pueden rastrear en la obra de muchos de ustedes. Por ejemplo, la influencia del manga aparece también en la obra de Higa y de Miyagui.
Es cierto, todos nos alimentamos de Utraman, de Astroboy, de La Princesa Caballero, de toda la producción de Miyazaki. Y hay quizá otros puntos en común, como por ejemplo el uso de la manualidad, que es tan importante en la cultura japonesa en prácticas como el origami, el ikebana, el sushi mismo. Uno ve un sushi y te preguntas cómo hacen para hacer esos cortes…
¿Diría usted que la creación plástica ha sido también una manera de afirmarse como peruano? Se lo pregunto porque el otro día estaba conversando con el fotógrafo Billy Hare y él me contaba que a menudo ha tenido problemas con el tema del rechazo por el hecho de ser rubio y que su obra fotográfica ha sido una forma de “adueñarse” de un Perú que lo ha tratado como un extranjero.
Cuando yo empecé a producir la serie de banderas, a mediados de los ochenta, era una forma de subrayar mi peruanidad, de decir: “aunque no parezca, soy”. Era una suerte de statement, de declaración sobre la peruanidad o sobre la identidad en general. Ahora se valoran mucho más las fusiones, pero hay que tomar en cuenta que cuando yo era chico esto era todavía una especie de guetto. A mí me solían confundir con un turista... En el fondo todas estas cuestiones sobre la identidad son problemas de pertenencia, o, como dice Billy, de “adueñarse” de, de clavar tu banderita personal sobre algo. Creo que la identidad tiene mucho que ver con esa especie de reconquista del espacio para pertenecer, para ser pionero de tu propia identidad.
En los últimos años, con el regreso a la democracia, parecería que su producción se ha vuelto más serena e introspectiva. ¿Podemos hablar del lirismo que ha venido tomando cada vez más protagonismo en su obra en los últimos quince años?
Creo que respondo a lo que pasa, y no solo a lo que vive el país sino también a lo que vivo yo. Entonces sí, hay una especie de vuelta a lo onírico, a lo poético, a una búsqueda de la ternura, también. Hace poco estuve revisando una entrevista que me hicieron en los 80, en el 86 creo, y ahí decía algo que me pareció premonitorio: que en el futuro no sabía qué iba a hacer, no sabía si iba a seguir haciendo muertos o si iba a hacer flores. 

foto: ana cabrera / lamula.pe

Y esa es justamente una tensión interesante en su obra, esa suerte de polarización, con imágenes oníricas, por un lado, esos trajes con flores, casi surrealistas, y por otro lado las banderas y los muertos.
Pero en este momento, por ejemplo, hacer muertos sería deshonesto para mí porque no es lo que yo estoy experimentando, no lo tengo dentro de mí como para ejecutar esa clase de obras. De pronto, mañana lo sienta distinto. Lo que sucede es que tenemos la capacidad de cambiar, de ser camaleones, de vestir la piel del momento que uno vive. Hoy me siento tranquilo y este trabajo es un reflejo de eso que tengo dentro, pero mañana no sé qué va a pasar. César Calvo en un texto decía que la poesía era como un bastón de ciego: intuyes el camino pero no lo ves. El trabajo plástico es también, para mí, una especie de intuición del futuro. Intuyo qué cosa va a pasar, tengo esa sensación de hacia dónde va a ir mi trabajo. Y lo que siento ahora es que se va a ir desarrollando hacia un lado lírico, y quizá también se empiece a mezclar con la escritura.
La escritura es algo nuevo para usted, ¿verdad? ¿O ya lo había hecho antes?
No, yo soy muy malo escribiendo...
Pero es curioso porque, como le decía, la narrativa a menudo está latente en sus obras. Y uno podría pensar también que usted, si se lo propusiera, podría ser un excelente animador.
Bueno, ahora tengo unos proyectos de animación con una documentalista, Marianela Vega, aunque eso sería para más adelante. Hemos empezado, pero va lento…
Yo creo que eso va a salir muy bien. En todo caso, es un gesto consistente con esa curiosidad que hay en su obra por transitar por los más diversos medios: usted ha hecho pintura, instalación, video, ilustración…
En realidad todo me interesa. Todo lo que sea imagen funciona para mí. Yo he sentido realmente que la universidad no me enseñó a pintar, sino a tener un criterio visual, que es lo más importante. Me enseñó a moverme en un mundo de la imagen. Eso yo se lo agradezco.
Hablemos ahora sobre el lado lúdico de su obra.
Uno de los escritores que me encantan es Cortázar. Esta obra roja que está afuera, que está compuesta de varios personajes, es como Rayuela, por ejemplo, en el sentido de que está concebida para que uno arme su historia a partir de lo que está viendo. Lo mismo sucede en todas. La obra que no haga eso, yo siento que no funciona. Si es que el espectador logra entrar y armar cosas dentro de su cabeza, es que se ha logrado alcanzar lo que yo llamo “el arte como un elemento viral”. La pintura te la llevas adentro, como el herpes.
Incluso parecería que estas obras son un poco como un set de Lego para amar una historia mental, con una galería de personajes puesta a disposición del espectador…
Sí, los personajes están ahí como en un casting.
Es como un casting, y a la vez es como un retablo, como un retablo ayacuchano.
Claro, la primera obra de este tipo que hice la llamé Retablo justamente por eso. Tengo en casa un retablo de Jesús Rojas y me parece fabuloso: la imaginería, los colores, todas estas cosas. Pero yo lo trato de trabajar a un nivel plano que sugiera, a la vez, estas profundidades. ¿Por qué profundidades? Porque, así como en los retablos hay personajes que están escondidos detrás, en estos trabajos también hay personajes escondidos, algunos que inclusive ni siquiera se llegan a ver, pero están. Están como latentes. La base de todos estos trabajos son esos personajes escondidos que se van sumando y, finalmente, crean la posibilidad de una especie de develamiento de personajes. 

foto: ana cabrera / lamula.pe

¿Siente que luego de la retrospectiva de 2012 usted ha comenzado un nuevo ciclo en su obra?
Sí, un nuevo ciclo sumamente vital. Además de una revalorizar del dibujo hay también una apertura hacia una nueva pintura. Me refiero a estas cosas que estoy haciendo sobre madera. Estos cuadros rojos por ejemplo, que son como una especie de caos organizado. A mí me enseñaron a hacer cuadros que hablen del caos pero no cuadros caóticos. Y ese es un poco eso. Ese aparente caos que hay en esta caja roja puede entrar en un orden, pero ese orden que no lo establezco yo, sino que lo establece el espectador al ver esas figuras, al identificarse con algunas. Lo mismo sucede con estas historias mínimas que aparecen en los cuadros circulares: son como pequeños fotogramas de personajes de bestiarios que el espectador va leyendo, va absorbiendo y los va haciendo suyos a la vez que los convierte en historias. Y eso es lo que es la muestra, en realidad: es entretener y emocionar al espectador.
¿Podríamos terminar hablando del tema de esta mirada suya que de algún modo conserva algunas características de lo infantil? ¿De dónde viene este rasgo de su producción?
Viene de varias experiencias, desde los momentos pasados con mis hijos hasta mi trabajo con Watanabe. Hice dos cuentos con él y fue una experiencia que me marcó. Hay una idea recurrente del juego para niños… Hay elementos que son… no sé, incluso animales…
¿Qué le atrae de esto?
El uso de animales para mí es una cuestión hasta mágica. Aquí tenemos por ejemplo un cuadro der una barca llena de conejos que deben tener algún significado, alguna lectura del subconsciente, pero no la sé. O este oso enorme al que solo le gusta abrazar o este personaje pelilargo… Son como personajes de cuentos para niños pero que no tienen cuento.
¿Tuvo mucho impacto en su obra el hecho de ser padre?
Sí, porque es un cambio total, un cambio hacia el ego, un cambio total hacia cualquier cosa. A mis hijos también les gusta la gráfica, y en realidad el manga yo lo he retomado sobre todo por mi hijo. Con los hijos siempre redescubres el mundo. Te destrozan el mundo y te lo vuelven a armar, y a través de sus ojos comienzas a ver un montón de cosas. Los personajes pelilargos de pronto son mis hijas y este personaje de este oso puedo ser yo, inclusive. Mira, eso es algo de lo que recién me doy cuenta ahora mismo… 

foto: ana cabrera / lamula.pe

¿Qué me puede decir sobre el título de la muestra, “El pequeño Hokusai”?

El título viene de un sueño que tuve. Es un sueño en blanco y negro en el que el pequeño Hokusai está al borde de un río. De pronto se le aparece el fantasma del viejo poeta Matsuo Bashō, quien le dice brevemente, pero con el tono de una orden: “debes dibujar”. Ahí me desperté. Y luego comencé a dibujar en tinta.


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Escrito por

Alonso Almenara

Escribo en La Mula.


Publicado en

Redacción mulera

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