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'Macabro hallazgo: la ciencia política se ha olvidado del poder', por Félix Reátegui

El sociólogo e investigador criticó a quienes consideran que Keiko Fujimori puede distanciarse, en el discurso y en la práctica, del fujimorismo.

Publicado: 2015-10-09

El pasado 1 de octubre, la candidata Keiko Fujimori (Fuerza Popular) se presentó en la Universidad de Harvard en Estados Unidos y tuvo como panelista al politólogo Steven Levitsky. Las declaraciones de la exprimera dama durante la dictadura de Alberto Fujimori generaron polémica, ya que calificó positivo el trabajo de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), criticó a las esterilizaciones forzadas cometidas durante el gobierno de su padre y se mostró a favor del aborto terapéutico y de la Unión Civil No Matrimonial para personas del mismo sexo, posiciones que no son compartidas por la mayoría de militantes del fujimorismo.

A los tres días, Levitsky publicó una columna de opinión en La República titulada "Keiko, Harvard y la Renovación Fujimorista". En el texto, el politólogo considera la posibilidad de que la hija del exdictador cambie en el discurso y en la práctica. Para el sociólogo e investigador Félix Reátegui, esta es un tipo de análisis político reduccionista que no toma en cuenta la historia, el contexto ni las relaciones de poder.

'Macabro hallazgo: la ciencia política se ha olvidado del poder'

Escribe: Félix Reátegui

Hablando de los reduccionismos que se encuentra a menudo entre quienes hacen ciencia política, este es un ejemplo adecuado:

“¿Es sincera Keiko? (…) Pero tal vez no importa mucho si el giro de Keiko es sincero. Muchas veces, la moderación de los partidos autoritarios surge del pragmatismo electoral. Pueden retroceder, pero no sin costo político. En 2011, muchos opinólogos insistían que la moderación de Humala era mentira, que seguía siendo chavista, y que pronto abandonaría a la Hoja de Ruta. Pero Humala nunca volvió al chavismo, sobre todo porque la presión de la derecha y los medios aumentó el costo de hacerlo. Es posible que un gobierno fujimorista cumpla con sus compromisos democráticos, pero solo la vigilancia de la sociedad podrá garantizarlo” (Levitsky en su columna de opinión).

La comparación es formalmente impecable. Humala quería ser chavista. Para hacerse elegible tuvo que “decir” que no iba a gobernar como chavista. Seguramente mentía, pero su discurso táctico le generó una serie de compromisos que lo obligaron a cumplir sus promesas insinceras. Sencillamente, los poderes fácticos no le iban a permitir incumplirlas. El resultado, diría yo: Humala ha sido en la práctica una mascota de la Confiep y afines.

La misma mecánica, se dice, funcionaría para Fujimori. Ella dice que no es una forajida y que no es jefe de una banda de asesinos y de ladrones: que le importa la vida de la gente, que le parece que para algo sirven las instituciones democráticas, que va a luchar contra la corrupción. ¿Hay que creerle? No. Pero --se dice-- no importa si es sincera o no, pues en la práctica la mentirosa se puede ver obligada a cumplir lo que dice bajo la presión de “la sociedad”.

Todo bien y, al parecer, muy realista, muy pragmático. Pero solo en el plano formal. Si esa suposición suena ingenua es por su renuncia completa al contexto y, curiosamente, a tomar en cuenta las relaciones de poder reales.

Humala, suponemos, quería expandir el gasto fiscal para generarse una clientela. La Confiep no se lo habría permitido. Fujimori, es de prever, querrá volver a desfalcar el Estado; debelar a sangre y fuego cualquier protesta contra su clientela corporativa; hostilizar, obstaculizar o desaparecer todo esfuerzo en favor de los derechos humanos; desfigurar, pisotear o pulverizar todo el tejido institucional relativo a la justicia imparcial, el Estado de Derecho, las garantías de los derechos fundamentales. Ya. ¿O sea, tenemos que asumir que, así como los empresarios mantuvieron bajo control a Humala para que no realizara sus delirios populistas, igual van a controlar a Fujimori para que no robe, no mate, no viole derechos, no avasalle instituciones? ¿Desde cuándo es realista, pragmático, racional suponer que el empresariado peruano le va a ajustar las clavijas a Fujimori si mangonea al Poder Judicial o si incumple con buscar a los 15 mil desaparecidos que dejó la violencia armada?

El problema con la ciencia política es que está demasiado enamorada de un solo esquema analítico–el de la racionalidad del actor—y lo aplica en una cámara de vacío. No solo una cámara de vacío moral –lo cual todavía sería explicable—sino una cámara de vacío en la que no hay contexto e historia. Es, paradójicamente, una ciencia política que prescinde del poder y las relaciones de poder fáctico, político, económico y simbólico como elemento contextual esencial.


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