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Un teatro contra el conformismo

La Mula conversó con el dramaturgo Eduardo Adrianzén a propósito del estreno de su nueva obra “Cómo crecen los árboles”, que se presenta hasta el 14 de julio en el auditorio AFP Integra del MALI.

Publicado: 2014-05-31

Cómo crecen los árboles cuenta la historia de Dante, un joven estudiante de gastronomía que ve su vida remecida ante la aparición de su padre, a quien no conocía y que resulta ser un prófugo de la justicia buscado por genocidio contra una comunidad campesina de Ayacucho en 1991. La historia de una casa, de una familia, será la síntesis perfecta para mirar temas pendientes y aún vigentes en la actualidad, como la etapa de violencia vivida en el Perú entre 1980 y 2000.  

La obra, dirigida por Gustavo López Infantas, se presenta hasta el lunes 14 de julio en el Auditorio AFP Integra del MALI (Paseo Colón 125, Parque de la Exposición, Lima 1), con un elenco conformado por Emanuel Soriano, Denise Arregui, Carlos Mesta, Gonzalo Molina, Camila Zavala y Sylvia Majo.

Aprovechando la ocasión de este importante estreno, nos sentamos a conversar con Eduardo Adrianzén a propósito de los temas delicados que la obra se ha propuesto examinar de cerca: temas como la memoria, la cultura del éxito, la subjetividad apolítica de los jóvenes, el fenómeno MOVADEF y, por qué no, la gastronomía.


Tus obras siempre han tenido un fuerte componente crítico. ¿Cuál es el tema o los temas que tienes bajo la mira en esta ocasión?

Cómo crecen los árboles es una obra que lanza algunas interrogantes sobre el momento social que estamos viviendo actualmente, en el que, a raíz de la estabilidad económica, se vive un clima de mucho optimismo y la gente joven está muy animada respecto al futuro, tiene perspectivas, está como tranquila. Todo eso me parece fantástico pero creo que es una tranquilidad que no toma en cuenta lo que ha tenido que suceder para que esto ahora esté así. Me parece que hay unas ganas de tapar las cosas, de no ver, de que no se llegue a evaluar la historia de los procesos sociales en el Perú; hay como una ceguera respecto a todo lo que ha pasado 25 años atrás, y eso me interesa porque me permite tocar el tema de las diferencias que separan a dos generaciones: la mía – yo soy de los 80 – y la de ahora, que vive en esa especie de feliz burbuja de una cultura hegemónica del emprendedor, del capitalista neoliberal y todo eso. Se olvida muy fácilmente que no siempre el Perú ha sido así, que no siempre el mundo ha sido así y que lo que hoy se percibe como la única vía correcta posible no siempre lo fue. Es una historia que trata entonces sobre lo que pasó para que esto sea como es ahora.  

El protagonista, que se llama Dante (Emanuel Soriano), es un chico que tiene una vida tranquila, feliz, sin mayores preocupaciones, hasta que de pronto, por una revelación, se entera de todo lo que hay antes de él y todo lo que convive con él y que él mismo no ve. Se le aparece su padre, que es un genocida prófugo; además toma conciencia de que su profesor de kung-fu es miembro del MOVADEF, y que la empleada de su casa es una de las tantas personas que fueron desplazadas por el terrorismo en los 80… Toda una serie de cosas que pronto empiezan a ubicarlo con mayor claridad en el contexto que le ha tocado vivir.

Has dicho que Cómo crecen los árboles es una continuación de Respira, obra que escribiste en 2008. ¿Podrías decirme algunas palabras sobre este parentesco?
La familia de Respira era una familia de clase media ilustrada, de izquierda, en una época muy politizada. En esta nueva obra aparece otra generación de la misma familia, solo que con otra forma de ver el mundo, otra manera de entender el país. La madre es prima de los chicos de Respira – y eso lo descubrimos solo de pasada cuando ella dice, en un momento de la obra: “tuve un primo que se llamaba Renato, murió…”. El personaje conserva el recuerdo de esa familia muy activa políticamente pero que terminó como terminó. Es un personaje que está como de vuelta de los ideales de los 70, y que ahora ve el mundo con desconcierto. Su hijo ya está en otra completamente. No le interesa para nada la política, hasta que la realidad le viene a recordar que todo eso existe.
En muchos de tus trabajos nos encontramos con personajes cuyos dramas íntimos están atravesados por una dimensión histórica que a menudo no entienden del todo, pero que finalmente delimita o define su existencia. De este modo tu producción nos permite acercarnos desde lo cotidiano a momentos claves de nuestra historia. ¿Estás de acuerdo con esta idea? ¿Es esto lo que define, digamos, tu estética?

Completamente. La estrategia dramatúrgica es que tú como espectador te sientas de alguna manera cercano a esos personajes, que empatices con ellos relacionándolos con tu propia vida cotidiana. Y eso tiene que ver con la idea de que los seres humanos reaccionamos o hacemos las cosas en función de las condiciones histórico-sociales que nos tocaron vivir. Tú eres así o yo soy así porque nacimos en este país, en esta época, en este medio social; nos hemos nutrido de todo eso para actuar como actuamos. Y eso se ve reflejado en todas nuestras vivencias cotidianas; lo que pasa es que mucha gente no tiene conciencia de eso, especialmente las generaciones nuevas. Tienen un rollo individualista según el cual solo importa tu esfuerzo personal... ¿pero es realmente así? Yo creo en cambio que los grandes procesos históricos pasan por todas las casas, solo que no te das cuenta de eso hasta que lo social te toca, te agarra.  

La gente de mi generación o de las anteriores sí tenemos bien claro que todo nuestro proyecto de vida, nuestros ideales, estaban absolutamente amarrados a lo que se vivía en el Perú; conversa con una persona mayor de cuarenta y te va a decir que todo, su trabajo, su vida familiar, dependía de si seguía la crisis o no, de si Lima iba a caer a manos de Sendero... Ahora siento que la gente cree mucho más en su propio esfuerzo para poder salir adelante, sin ponerse a considerar en ningún momento los cincuenta mil factores políticos, sociales, históricos que condicionan sus valores y delimitan su visión del mundo.

Es un poco la ideología que nos ha tratado de vender Hernando de Soto, ¿no?
Exacto. Y es una ideología que ya está incorporada en el inconsciente de la gente, pero que se revela falsa cada vez que surgen los grandes conflictos: ahí recién te das cuenta de que tus decisiones personales están marcadas por las grandes decisiones políticas que se toman en el país. Eso se ve claramente, por ejemplo, en situaciones como las de Bagua o Conga; ahí te das cuenta de que para la gente que vive en esas zonas, lo político y lo social determina completamente su proyecto de vida. En Lima no se siente tanto eso porque tenemos una cultura en la que la gente desea vivir dentro del sistema y encontrar su lugar y avanzar en esta vía única, y bestial, pero no es cierto que todo el mundo piense así.
¿Qué otras razones, en tu opinión, producen este tipo de subjetividad apolítica? ¿O es solo un tema de estabilidad económica?

Esta manera de ver las cosas tiene que ver en última instancia con el fujimorismo, con el desprestigio de toda la esfera política a partir de un proyecto que era lo más político del mundo pero que mentía y que estigmatizaba lo político. Es producto de una decepción natural: tampoco es que la gente esté loca, ha visto que los proyectos políticos no han colmado sus expectativas. El problema ha sido generado en parte por la propia clase política decadente que no propone nada nuevo desde hace cuarenta años. Yo entiendo ese escepticismo natural, que por otro lado no es solo peruano, hay que decirlo, sino que atraviesa todo el mundo: lo estamos viendo también en Europa, por ejemplo, en el resultado de las elecciones para el Parlamento europeo. No es que los peruanos nos tenemos que achacar todos los problemas y defectos del universo; somos una parte de ese mundo desencantado.  

Ahora, no es algo que yo condeno, pero lo que me llama la atención es que es una ilusión... yo no entiendo a la gente a la que no le preocupa lo que pasa alrededor de su país porque finalmente su vida va a depender de eso. En el mundo del arte y la cultura es clarísimo. Nosotros somos producto de un momento en el que hay un excedente de dinero, hay más posibilidades para hacer muchas cosas, pero cuando eso se termine yo no sé qué va a pasar. No tenemos un plan B por si las cosas fallan. Es una cuestión pragmática que no se toma en cuenta. Hay poca resiliencia hoy en día; reina una sensación de seguridad, pero que reposa sobre cosas que no son tan sólidas como la gente quisiera.

¿Podrías darme algunas otras pistas sobre cómo eso se ve reflejado en el mundo del arte?
Me parece que hay una despolitización del arte, o una negativa a considerar la crítica como parte del discurso; eso hace que todo parezca maravilloso, fácil o light. A menudo los artistas evitan explorar temas extremos porque hay un temor a no ser aceptado por el mercado; se teme caer mal, o que los pontífices de la cultura te pongan una ceja fea. Eso impide que se explore más, que se sea más contestatario, que se sea más parricida, que es a fin de cuentas lo que el arte ha sido toda la vida. Siento que hay mucha angustia por entrar en un sistema. Y eso me parece entendible en términos prácticos, pero el resultado es un arte que a menudo se queda en la superficie de las cosas.
Si mal no recuerdo tú has sentido justamente esa presión del escritor contestatario al que le vienen a respirar en la nuca, como sucedió con tu obra Respira, que te quisieron clausurar por razones religiosas...
Por supuesto. Eso te da una idea de los límites que existen. La próxima obra que voy a hacer tiene que ver con el sistema y sus límites diciéndote que todo está perfecto, cuando no es verdad. Es un sistema que te pone límites y moldes y te dice “tu rol es este” y te da una serie de ventajas si lo cumples, pero, ni bien te desvías un poquito, se te viene encima toda su violencia. Y eso sucede en toda clase de situaciones… la única norma que yo conocía en la televisión, por ejemplo, era el dinero, era tener éxito y rating, y de repente un día traspasé aparentemente un límite y me la cambiaron también.
¿Cuándo fue eso?

Con La Perricholi, concretamente. Yo tenía el segundo programa de mayor rating en la televisión, pero sucedió que al Opus Dei no le gustaba… eso del topless era una absoluta y total mentira y un pretexto. Lo que había era un discurso laico y contestatario que a mucha gente la pone muy nerviosa, entonces entraron a tallar otro tipo de valores que tienen que ver con lo religioso. En el caso de Respira no me sorprendió tanto, en todo caso, que en un teatro como el Británico, con producciones de primera, que forma parte del establishment, hubiera problemas… Pero felizmente se resolvió, primó finalmente el sentido común y la obra se dio y fue fabuloso, tuvo mucho éxito. 

Pero yo tengo claro que hay un temor, en general, de muchos creadores, de no traspasar ciertos límites. O tal vez simplemente no les interesa, en términos de lo que mueve su creatividad, y es totalmente válido; tampoco se trata de decir que lo que yo hago es mejor que lo que hacen otros. Pero, a riesgo de sonar moralizador, a veces sí siento que hay un exceso de pudor o quizá una creatividad que se satisface muy fácilmente con el mundo. Hay muchas ganas de insertarse en el mundo y encontrar placer en ello.

Digamos que el conformismo que, como bien dices, caracteriza a nuestra sociedad, se ve naturalmente reflejado en el arte...
Un poco. En general, creo que la cultura del éxito del emprendedor es absolutamente conformista. Porque es básicamente comprarte una idea que te vende la tecnocracia, el yuppie, una idea poco original que pasa solo por la habilidad para hacer dinero y que no admite alternativas. Y lo que me parece terrible es no querer entender que hay muchas otras formas de tener éxito.
¿Cuál es el lugar del teatro, entonces, dentro de esta cultura del éxito?

Al menos el teatro que a mí me interesa y el que yo trato de hacer consiste en hablar de esas cosas, en contar historias que, de alguna manera, te motiven por lo menos a tomar una posición. Sería absolutamente idiota de mi parte creer que el teatro va a cambiar el mundo. No va a cambiar el mundo; a lo único que puede aspirar, tal vez, es a invitarte a que te formes una opinión sobre lo que estás viendo. Porque el solo hecho de tomar una posición ya es un avance. Vivimos en un mundo en el que la gente tiene miedo de tener opiniones propias, y lo ves claramente en el hecho de que se rehúye constantemente el debate, en el poco interés que hay en la discusión de ideas en el espacio público; no existen programas de debate en la televisión, no hay programas periodísticos que presenten algún tipo de búsqueda más allá de la nota pintoresca o sensacionalista, no hay programas de análisis. Las universidades también están cayendo en ese juego. Entonces, en la medida en que tú consigas una opinión del espectador, estará satisfecho, creo yo, un objetivo del teatro. Esa es mi opinión personal.

El protagonista de Cómo crecen los árboles estudia para ser chef, y esto es algo que obviamente no es gratuito. ¿Qué nos dice del Perú esa obsesión con la gastronomía?

En principio ese interés no me parece negativo. Lo que pasa es que reaccionamos ante la gastronomía de una manera un tanto infantil… Es una actitud que parte de una necesidad de tener algo de lo que nos podamos agarrar como una bandera y que no permite ningún tipo de resquicio. El tema se ha vuelto un poco como la cantaleta del niño que dice “mi mamá es la más bonita de todas”. Luego pasa el tiempo y te das cuenta de que no era así. Quizá con la gastronomía está ocurriendo eso, esa necesidad terrible de tener un referente que finalmente unifique este país, que es tan diverso, tan complicado, con algo que nos gusta absolutamente a todos, que es comer. Resulta que todos éramos gourmet y no lo sabíamos.  

De acuerdo, el Perú tiene una gastronomía buenísima, pero finalmente lo interesante aquí es sobre todo ese gesto colectivo de agarrarse desesperadamente del mínimo denominador común sin mirarlo de manera más o menos desapegada, sin analizar el fenómeno. No digo que no sea un buen proyecto de identificación. Pero no es tampoco la Santa Palabra, y creo que esa necesidad resulta infantil a ojos de otros. O sea, no te lo van a decir los extranjeros pero es como que ya, ¿no? Ya párala, cálmate, relájate. Y creo que aún hace falta bromear al respecto, tener algo de distancia, y es un poco lo que trato de hacer con el tema en esta obra. La gastronomía no es lo único que tenemos. Ni Machu Picchu ni la gastronomía son lo único, pero es así como se quiere vender el país, y es una lástima porque se pierden de vista tantas otras cosas...

Regresando al tema del terrorismo, ¿qué opinas sobre el hecho de que todo ese periodo no se enseña actualmente en los colegios, y que solo en algunas universidades se discute?
Lo que sucede es que el modelo educativo del Perú no es el de un ciudadano informado, ni el de un ciudadano que tenga clara conciencia de sus deberes y derechos: es un modelo educativo basado en la paporreta y en lo utilitario, que nos lleva a una situación en la que los chicos pasan exámenes sin entender lo que han leído... partamos de ahí. No es solamente que la época de la guerra interna no se enseña, sino que en realidad casi no se enseña nada que te ayude a entender por qué el Perú es como es, y porqué eres la persona que eres. Es un modelo educativo completamente obsoleto y que necesita a gritos una reforma que creo que a nadie le interesa mucho hacer. Por ejemplo hay un desconocimiento total de lo que fueron los 60, los 70, de lo que fue el proceso militar; hay gente que repite de paporreta cosas que son absolutamente absurdas. Yo discutía mucho cuando me invitaban a hablar en universidades sobre la televisión; se cree que en la época militar no había telenovelas ni producciones peruanas ni había nada. ¿Pero yo que vi, entonces? no entiendo.
Había efectivamente hasta fotonovelas, como nos lo ha venido a recordar la Bienal de Fotografía...

Había de todo. Había condiciones de producción que puedo discutirlas, pero no era que no existía una producción consistente. El trabajo del Estado en los años 70 en cultura, a pesar de la censura, es impresionante, es algo bien curioso. Pero se repiten cosas sin saber. En fin, el punto es que cualquiera puede informarse al respecto en una época como la nuestra en la que el acceso a internet facilita mucho la tarea, pero no se quiere investigar porque es como que incómodo, molesta, da nervios. Y no es solo no querer comprender el pasado, sino que tampoco interesa comprender el presente. A mí todo este fenómeno del MOVADEF me pareció muy interesante para hacer saltar las grandes contradicciones que hay en el Perú de ahora. Me acuerdo cuando saqué un artículo en La República cuya premisa era absolutamente simple, una perogrullada, pero yo pensaba que era necesaria: los cien mil que firmaron para que se inscriba el MOVADEF no son marcianos, son gente: a lo mejor es el chico que te sirve el café o el portero de tu edificio. Es gente que está acá y que está viviendo contigo y que es tan peruana como tú... Y es tarea nuestra tratar de entender por qué de pronto ese proyecto le parece interesante. Se trata simplemente de mirar alrededor tuyo; olvídate ya del pasado, pensemos en lo que sucede ahora. La obra habla de eso. El personaje de Gonzalo Molina, que es el profesor de kung-fu de Dante, es un tipo absolutamente MOVADEF, y simplemente existe y está ahí y enseña en la academia. Eso raya al protagonista: ver de pronto que también eso es parte de su cotidiano. Todos esos temas no resueltos son parte de nuestra vida cotidiana: el inconformismo social, el racismo, la brecha entre clases sociales. Pero molesta, da nervios, no se ve, prefieres ir al mall. 

Para terminar me gustaría hacerte una pregunta sobre la actualidad del teatro en el Perú. En este periodo en que está empezando a haber más apoyo a los dramaturgos con concursos como el del Británico, como Sala de Parto, o como el del Ministerio de Cultura (en el que vas a participar como jurado), ¿qué esperas de esta nueva generación de dramaturgos?

Está sucediendo algo bien curioso. Nunca, jamás, en toda mi vida, he visto un movimiento de estímulo, de apoyo a la dramaturgia joven como el que existe ahora. Es increíble. Quizá pueda salir de acá una edad de oro, una dramaturgia nacional mucho más sólida, y espero que así sea . Ahora bien, a la inversa de los países con una sólida tradición cultural teatral como México, Argentina o España, que tienen un mercado que ha exigido dramaturgia nacional, en el Perú son los propios creativos los que se han propuesto inventar el mercado. No es que en nuestro país haya un público ávido de ver dramaturgia peruana y que quiere conocer autores y ver nuevas formas de contar historias; más bien nosotros estamos diciéndole al público: “miren todo lo que hacemos”, estamos aún en una etapa en la que tenemos que inventar formas de vender nuestra producción. Es una cosa rara. El público no tiene incorporada la vía teatral como parte de su vida cultural, somos la actividad número no sé cuánto de las opciones, y entonces hay un montón de gente trabajando de manera absolutamente consciente para jalar público. Y felizmente, en esta coyuntura concreta, tenemos bastante apoyo: por un lado el de la empresa privada – el Británico, la Plaza, el ICPNA, el Centro Cultural de España – y por otro lado la Municipalidad de Lima, que ha hecho un trabajo impresionante con sus convocatorias de concursos, más el Ministerio de Cultura que tiene ahora su propio premio. Entonces hay una combinación extraordinaria de aporte privado y público que si durara 10 o 15 años más, podría permitirnos alcanzar a Chile, tal vez. Pero es un fenómeno que tiene que durar o no va a quedar en nada. Por mi lado, espero que salgan muy buenas propuestas de esta ebullición teatral que viene no del mercado sino de los propios creadores. Confío en la gente, no solo de Lima, sino de todo el país. Veremos qué pasa.


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Escrito por

Alonso Almenara

Escribo en La Mula.


Publicado en

Redacción mulera

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