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Cuando la violencia resquebraja la ilusión

La Mula conversó con la cineasta peruana Rossana Díaz Costa a propósito del estreno, este jueves 29 de mayo, de "Viaje a Tombuctú", su primer largometraje.

Publicado: 2014-05-28

Viaje a Tombuctú es, en un primer nivel de lectura, la historia de una ilusión hermosa pero insostenible: la de dos adolescentes, enamorados desde niños, que imaginan poder encontrar en el amor, en la amistad, en la música popular y en los sueños de viajes a parajes exóticos un refugio ante la violencia extrema que se desata alrededor de ellos en el Perú de los años ochenta. Es una historia de amor atravesada por incontables elementos nostálgicos, sin duda, y una historia de aprendizaje, pero que a la vez sirve de pretexto para esbozar también, por primera vez en el cine peruano, un relato mucho más ambicioso y relevante: el de toda una generación de limeños cuyas aspiraciones y dramas íntimos se ven marcados irremediablemente por un conflicto que no terminan de entender y que, casi de la noche a la mañana, les revienta en la cara mostrándoles a la fuerza el reverso de ese país que ilusoriamente creían conocer – sus grietas y resquicios sangrientos, sus tensiones irresueltas, sus heridas abiertas negadas una y otra vez –, y lo precaria que había resultado, finalmente, la estabilidad de la vida en una capital que se sentía ajena a las realidades dolorosas que se vivían en el resto del país. 

La película, que será estrenada este jueves 29 de mayo en las salas de cines comerciales (Cineplanet, UVK, Cine Plaza, Cine Star y Cinemark), es protagonizada por cuatro actores debutantes – Andrea Patriau, Jair García, Matilda Martini y Flavio Espinoza – junto a los experimentados Élide Brero, Enrique Victoria, Mónica Rossi y el actor argentino Juan Palomino.

Todo parece indicar que será uno de los acontecimientos cinematográficos del año en nuestro país. Por lo pronto, el filme ya ha conseguido importantes reconocimientos como el Premio del Público Online del Festival de Cine de Lima de 2013, el Premio de Mejor Largometraje de Ficción en el Festival de Cine Latino en Punta del Este, Uruguay, en octubre del mismo año, y el Premio de Distribución y Exhibición del Ministerio de Cultura. Este año Viaje a Tombuctú ha sido incluida, además, en la selección oficial del San Diego Latino Film Festival y del Chicago Latino Film Festival, ambos en Estados Unidos, y formó parte de la selección oficial del Festival Internacional de Cine de Barranquilla, en Colombia. Cabe mencionar, finalmente, que la cinta fue elegida por el Ministerio de Cultura para participar como una de las diez películas peruanas de la década en la Feria Internacional del Libro de Bogotá.

Su directora, Rossana Díaz Costa, nació en Lima en 1970. Estudió Literatura en la Universidad Católica y llevó cursos de cine en la Universidad de Lima, profundizando luego su formación como guionista en la Escuela de Cinematografía de Madrid. Desde entonces, su vida se divide entre la literatura y el cine. 

Como documentalista ha recibido importantes distinciones, entre ellas el premio “One World” de la BBC por su trabajo En Camino. Su obra literaria, por otro lado, tampoco ha pasado desapercibida: en particular, su libro de cuentos Los Olvidados (no los de Buñuel, los míos) ha sido merecedor del segundo lugar en el Premio Nacional de Narrativa. 

Hoy nos sentamos a conversar con ella a propósito de la esperada llegada a la cartelera local de su proyecto más importante a la fecha, una película que, espero, sea vista por muchos peruanos de todas las generaciones (ya que es realmente emocionante), y que quizá pueda servir de paso para promover, respecto al periodo que retrata, en medio de la atmósfera actual de crecimiento económico y de entusiasmo un tanto irreflexivo por el futuro, una introspección colectiva que los peruanos venimos posponiendo desde hace demasiado tiempo.


¿Cómo es que empieza este proyecto?
El proyecto empieza en el año 2007, cuando yo vivía en España. Es un guión que escribí siendo aún estudiante de cine -fue de hecho el guion con el que me gradué como guionista en la Escuela de Cine de Madrid-, y empezó por una necesidad de contar una historia que me había estado persiguiendo desde hacía varios años. Aunque también soy escritora de cuentos, no había podido encontrar la manera de contarla través de la literatura, y me di cuenta de que el cine era finalmente la mejor manera de hacerlo. Es una historia bastante personal, pero no en el sentido de algo que es solo mío: creo que mucha gente de mi generación se va a identificar con la película, ya que de seguro han pasado por vivencias parecidas.
¿Por qué consideras que el cine era el medio ideal para contar esta historia?
Por una necesidad de comunicación… Yo me dedico a la enseñanza desde hace muchos años, y cada vez que venía al Perú me daba cuenta de que la nueva generación prácticamente no sabe nada de lo que pasó en esa época. Como sociedad nos hemos ocupado de olvidar por completo ese periodo: todo el tiempo estoy rodeada de jóvenes cuyos padres nunca les han hablado de lo que fueron esos años; en los colegios no se toca el tema, y es solo en algunas universidades que se discute. Pienso que es absolutamente necesario que la gente joven sepa lo que pasó, y me parece que el cine es una vía de comunicación mucho más fuerte y directa que la literatura en un país como el nuestro, donde casi no se lee.
Aunque hay varias películas peruanas que se dedican a explorar este tema, me parece que Viaje a Tombuctú viene a cubrir una especie de vacío en la medida en que no nos presenta la historia del terrorismo de manera directa sino que más bien es visto de manera tangencial...

Exactamente, la violencia está en off... Y en realidad es así que muchos de nosotros la vivimos. Yo he tratado de transmitir mis emociones y vivencias de esa época y recuerdo que sentía terror sin haber visto nunca un muerto, más que en la televisión de repente, y sin haber estado en Ayacucho. Aquellos que como yo vivimos el conflicto armado en Lima a esa edad – yo tenía la edad de los protagonistas en esa época – pasamos por una etapa muy oscura a pesar de que no estábamos en el epicentro de la violencia. Incluso así cualquier día te podía afectar directamente, porque de casualidad pasabas por una calle y explotaba un coche bomba a tu costado. Mucha gente vivió el conflicto armado de esa manera, con una sensación de protección precaria desde su hogar mientras que afuera estaban sucediendo cosas horribles. Además todo era de noche y no sabías lo que pasaba porque había apagones todo el tiempo. Yo lo recuerdo así. 

Y a mucha gente que estuvo alrededor mío le tocó el conflicto armado más de cerca; yo he tenido dos amigos a los que se los llevaron y nunca volvieron… Cuando ingresé a la Católica, era normal estar en un aula de clase y escuchar los balazos al lado, a cuatro cuadras de distancia. Afuera de la universidad estaban todas las tanquetas. Vivíamos en un país ultra violento, y finalmente te acostumbras a vivir así.

Hablemos un poco más del componente autobiográfico de la película, más allá de las vivencias por las que pasó efectivamente toda una generación de limeños…

Hay bastante de autobiográfico... la familia que sale en la película se parece mucho a la mía: yo también soy hija única, crecí con mis abuelos, mis padres se parecen a los de los de la protagonista y en el caso del grupo de amigos de barrio de clase media que se van como empobreciendo, lo viví yo directamente. Crecí en el barrio de San Miguel, que era un barrio de clase media; mis padres son de La Punta e iba ahí muy a menudo. Eran barrios un poco apartados pero ahí también pasaron cosas terribles. En La Punta hubo 2 o 3 coches bombas porque ahí estaba la Marina de Guerra, además de todo lo que pasó en el Frontón.  

Antes de que la película estuviera lista hicimos unos focus groups y hubo una jovencita de Huancayo, una ex alumna mía, que hizo un comentario que resume muy bien esto: dijo que le parecía alucinante que alguien que había vivido en un sitio tan apartado haya sido tocado por el conflicto -y es cierto que eso se siente incluso cuando los personajes están lejos de la costa, en las escenas en botes-; es un fenómeno que tocó absolutamente a todo el mundo. Esta joven pensaba que todo había sucedido en la Sierra, y nunca había visto un retrato de cómo los jóvenes habían vivido esa época aquí.

¿Por qué es tan importante esta confrontación, y finalmente qué te gustaría que se lleven los jóvenes que vienen a ver esta película?

Número uno, que sepan que este país, a pesar de que les están contando la historia de que todo va bien, de que todo es maravilloso, que el crecimiento económico llega a todos, y que hay que pararse a aplaudir, es un país que tiene grandes problemas irresueltos; sal dos minutos a la calle, trépate a una combi para que veas que la cosa no va tan bien, que hay mucha gente que no tiene dinero y que no tiene oportunidades para nada. La película es una invitación a darse cuenta de que el Perú tiene una herida abierta y que de repente también estos jóvenes son herencia de esa herida y que muchas cosas que no se explican de sus padres también parten de esa experiencia.  

Muchas veces he conversado con chicos que me decían: “mis papás no me dejan salir, toda el tiempo piensan que me va a pasar algo” ¿Por qué crían así a sus hijos? Quizá es un temor que viene de lejos. Muchos chicos crecen con el miedo de sus padres pero nunca les han explicado por qué tienen ese miedo. Creo que en el fondo uno puede explicar muchos de los rasgos de nuestra sociedad actual partiendo de esa realidad que ha quedado silenciada.

Por otro lado, este es solo un punto de vista sobre el tema, el de una chica de clase media, y yo creo que faltan muchos más. Siempre doy el ejemplo de Argentina: ellos vivieron una dictadura terrible y al año siguiente de que cayera empezaron a hacer una película tras otra sobre ese periodo, hasta el día de hoy. La dictadura argentina ha sido representada en el cine en sus mil y un posibilidades, desde todas las clases sociales. Acá todavía nos cuesta trabajo hablar del tema; siempre mantenemos esta mirada evasiva e irreflexiva sobre nuestro país. Yo creo que necesitamos esa multiplicidad de miradas porque gran parte de nuestros problemas son consecuencia de esa herida que no ha sanado.

Hablando de hacer cine en el Perú, me gustaría preguntarte por qué has decidido embarcarte en esta profesión a pesar de las dificultades obvias que hay en nuestro medio… 

Yo he disfrutado mucho el proceso, con todas las dificultades que hay. Tengo una fascinación por el cine, me encanta ver películas y si me quitan eso, muero. A pesar de lo complicado que es hacer cine te da muchísima satisfacción a nivel humano y artístico. Yo no he ganado ni un sol con esta película pero en el fondo me da un poco igual, porque lo más importante para mí es que la gente la vea. Y se ha construido toda una especie de familia muy bonita a partir de la experiencia del rodaje: hay chicos que han participado en la película que ahora quieren ser cineastas, han participado como actores pero quieren ser directores, escribir. La verdad es que volvería a pasar por todo el proceso; es una satisfacción personal y de grupo. Creas un mundo que es de ficción pero que tiene vida propia.

¿Cómo fue la selección del elenco y el trabajo con los actores?

Fue un casting que me tomó bastante tiempo porque quería un tipo de actuación natural, así que pensé en actores no profesionales para los roles de los niños y los jóvenes. El primer casting lo hice antes de sacar la primera ayuda, en La Punta; la mitad del elenco es de ahí; el niño protagonista es de San Juan de Lurigancho. Andrea Patriau, la chica protagonista, es la única con formación actoral, ella sí ha estudiado teatro. Jair García, quien interpreta a su mejor amigo, en su vida había actuado. Él, como muchos otros de los jóvenes que han participado en la película, ha sido mi alumno. Es decir que son chicos que yo vi que podían tener talento para la actuación, sin que ellos se hubieran planteado alguna vez en su vida actuar en una película. Básicamente lo que quería es que hicieran de ellos mismos. Si tú hablas con Jair, es exactamente igual a su personaje. Hablas con la amiga de Ana, que es la joven de pelo rojo, y habla igualito a su personaje.  

Con todos ellos hice un taller antes del rodaje. Duró 3 meses; los niños básicamente se la pasaron jugando, y después venían los ensayos. Y los chicos grandes hacían juegos para soltarse y también muchas improvisaciones según su personaje. Cuando tocaba el ensayo todos estaban más sueltos y se hizo un grupo de amigos de verdad. Yo creo que eso se trasmite en la película, los chicos se llevan bien.

Luego tenemos figuras que sí son pesos pesados como Enrique Victoria y Elide Brero; Juan Palomino, el que hizo del papá, es un muy buen actor argentino. Mónica Rossi, la madre, también es una actriz con experiencia.

¿Ya estás pensando en un próximo proyecto cinematográfico?
Tengo dos guiones más y creo que el que voy a hacer a continuación es uno que se desarrolla en el presente; es un road movie en el que dos chicas que van viajando se meten en un problema por tratar de ayudar a una persona, esa es la premisa. Y tengo otro guión que es la adaptación de Un Mundo para Julius; ese lo tengo ahí guardado porque no es para ahora, es un proyecto que exige mucho dinero para reconstruir los años 40-50 correctamente… Además pienso que necesito tener más experiencia para dirigir una película de ese tipo.
Pero nuevamente tiene que ver con la mirada de un niño. Me da curiosidad... ¿Qué es lo que te interesa en ese tipo de mirada?
Probablemente me interesa esa edad; como profesora trabajo todo el tiempo con gente muy joven. Pienso que es la etapa más frágil de tu vida, aquella en la que se decide básicamente cómo vas a ser de adulto. Nadie soporta a los adolescentes pero yo me llevo muy bien con ellos. Y también me interesan las películas con esas miradas: me gusta mucho, por ejemplo, el trabajo de Abdellatif Kechiche, un director franco-tunecino que ha hecho muchas películas con adolescentes. Me encantan las películas con chicos no profesionales, que tienen esta mirada natural. Hay otra directora, Andrea Arnold, que también ha trabajado con chicos no profesionales y que me gusta mucho. Me interesa el tema de la pérdida de la inocencia, y creo que eso es justamente lo que te cuenta Viaje a Tombuctú: la pérdida de la inocencia de un grupo de chicos. Por otro lado, mi película preferida en la historia del cine es Los 400 golpes de Truffaut, que también va un poco por ese lado, ¿no? Es la historia de un niño que tiene que crecer a la fuerza por todas las cosas que le pasan. A mí me gustan esas películas, y entonces lo que he hecho es simplemente una película que, como espectadora, me podría interesar también.

Escrito por

Alonso Almenara

Escribo en La Mula.


Publicado en

Redacción mulera

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