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Víctor Falcón regresa al teatro con "Japón"

El dramaturgo peruano conversó con La Mula a propósito del estreno este jueves 13 de febrero de su nueva obra, "Japón", dirigida por Carlos Tolentino.

Publicado: 2014-02-01

“Nunca confíes en tu familia, son los peores.” 

La frase viene de La Cisura de Silvio, ópera prima del dramaturgo peruano Víctor Falcón (Lima, 1979). Estrenada en 2006 bajo la dirección de Óscar Carrillo, la obra fue recibida con gran entusiasmo tanto por el público como por la crítica especializada, contribuyendo a inscribir de un zarpazo el nombre de Falcón en el mapa de la nueva dramaturgia peruana. 

La Cisura nos contaba la historia de Aurora, una mujer que padece la enfermedad de Pick; este extraño mal degenerativo despierta en ella, como nos lo informa Teresa, su hija reprimida y neurótica, un “incontrolable desenfreno ético, moral, sexual y de conducta”, lo que produce en torno al personaje situaciones extremas en las que, contra su voluntad, se ven envueltos Teresa, Melita -la empleada del hogar-, Rodolfo -nieto de Aurora y probable alter-ego del autor- y Felisa, el elusivo personaje que esconde un secreto de cuya aceptación depende la dolorosa reconciliación de Aurora consigo misma.

Revisitar la obra luego de casi diez años gracias a su inclusión en el N° 15 de la revista “Muestra”, editada por Tranvías Editores bajo la coordinación general de la incansable crítica Sara Joffré, fue para mí la ocasión de reencontrarme con una intensa poética personal en la que los temas de la enfermedad, la familia, el deseo inconfesable y la aceptación del pasado frente a la inminencia de la muerte se conjugaban, en el contexto de la salvaje crisis económica de los ochenta, con un humor desopilante para ofrecernos una de las más refrescantes travesías personales del teatro peruano reciente. Si tuviera que resumir el concepto de la dramaturgia en una sola frase, diría lo siguiente: Falcón nos regaló con su primera obra un drama de cámara bergmaniano tratado en clave de comedia.

escena de un montaje estudiantil de "La cisura de silvio"

“A mi familia no le hizo mucha gracia” precisa el dramaturgo armado de una amarga sonrisa. Hoy lo entrevisto a propósito del próximo estreno de su más reciente pieza, Japón, cuya temporada se inicia el 13 de febrero en el Auditorio del ICPNA de Miraflores bajo la dirección de Carlos Tolentino.

Falcón es un hombre menudo, de mirada intensa y maneras afables; su experiencia en el mundo de la escritura, aunque se ha centrado en la producción dramatúrgica, no se limita a este género: ha publicado los libros de cuentos Cómo alterar el orden de todo (Arteidea editores, 2005) y Mujeres a punto de alzar vuelo (Solar, 2006). Con La Cisura de Silvio, presentada en dos temporadas y retomada desde entonces por innumerables producciones estudiantiles, ganó el concurso de textos dramáticos de la X Muestra Regional de Teatro Peruano en 2006. Obtuvo además, muy temprano en su carrera, una mención honrosa en el III Concurso de Cuentos Crisol (Lima, 2003) y fue finalista en el XI Certamen Internacional de Poesía y Narrativa Breve de Buenos Aires en 2005. Como su ex-mentor y actual socio Eduardo Adrianzén, Falcón ha sido guionista de miniseries y telenovelas emitidas con éxito en el Perú y el extranjero.

Aunque el humor negro es uno de los elementos que más me atraparon en La Cisura (Ejemplo: “Rodolfo: ¿Qué es violar? Teresa: Es lo que le pasa a los niños desobedientes”), Falcón me da hoy la impresión de estar relativamente insatisfecho con el tono de la obra, o en todo caso de haberse distanciado del estado mental que vio nacer ese tipo de escritura un tanto gruesa y desbocada. 

Tres personajes de "Japón"

“Cuando escribí La Cisura estaba muy triste y muy molesto con muchas cosas" explica Falcón. "Con el tiempo he comprendido a mi madre en muchos aspectos; me he reconciliado con mi pasado”. Le hago notar que tanto la enfermedad de Aurora, que le hace perder progresivamente la inhibición a todo nivel, como el discurso de Rodolfo, un niño que aún no ha tenido tiempo de absorber los prejuicios de su medio, pueden ser vistos como vehículos, o como garantías, si se quiere, para poder decir en público cosas que salidas de la boca de cualquier otro personaje habrían resultado probablemente inaceptables. 

La época del terrorismo es, por ejemplo, uno de esos temas que no solemos ver tratados con este tipo de soltura. Falcón asiente: “Vengo de una familia típica limeña. Recuerdo que el día que explotó Tarata había querido ir a una fiesta infantil en Miraflores y me dijeron que no porque no era seguro. Muchas veces me acostaba y sonaban bombas a lo lejos. El sonido de las bombas era el último sonido que escuchaba antes de dormir. Era niño en esa época, y recuerdo que teníamos un cuarto en el tercer piso en el que almacenábamos los sacos de menestras que compraba mi abuela por la escasez de comida. Jugábamos al supermercado porque teníamos cajas y cajas de cosas y yo no entendía por qué había que acumularlas si podíamos ir a la bodega. Era una época bastante extraña. Mi abuelo tenía un grupo de negocios, y pensaba que la hiperinflación no era tan mala porque podía cobrar más y teníamos más plata todos. Pero claro, era un niño de 7 años, no tenía consciencia de lo que significan esas cosas. En La Cisura me acerqué a esos problemas con mucha naturalidad porque era lo que vivíamos. Pienso que de haber sido universitario en esa época, el tratamiento habría sido mucho más dramático porque empezar a ser adulto en medio de esa crisis, y además con la crisis mundial encima, la crisis del sida, hubiera sido más dramático, no hubiera sido tan gracioso. Para un niño puede ser bizarro y gracioso pero para un adulto joven, no.” 

El reparto de "japón" junto al director carlos tolentino

Este cambio en la concepción que tiene Falcón del humor es uno de los elementos que, según el dramaturgo, más claramente diferencian a La Cisura de su nueva obra. “Con Japón no quería tener este humor tan grueso y tosco. La obra tiene muchos puntos de contacto con La Cisura, pero no tiene ya ese humor que para mucha gente había podido resultar gratuito. El humor es ahora mucho más cruel. El director se ha encargado además de potenciar la crueldad del humor para que el espectador se ría pero luego se sienta incómodo, se sienta tonto de haberse reído.” ¿Más cruel que La Cisura? Vaya y pase. Otra diferencia importante es que la situación dramática se aleja en esta ocasión de la especificidad del contexto peruano; la crisis que se vive en Japón ya no está definida espacio-temporalmente de manera tan clara.

Pero veamos primero de qué va Japón: “La obra nace como el reverso de todo momento feliz. Por ejemplo, no hay nada más lindo (para mí que lo he vivido) que ir a una clínica un 25 de diciembre porque ha nacido el hijo de un amigo. Es una experiencia hermosa; pero no es tan lindo ir a una clínica cuando un familiar tuyo se va a morir, o cuando estás a la espera de que te digan que ya despertó del coma. No es tan bonito. He querido hacer una obra acerca de la infelicidad en los momentos felices, acerca de esas situaciones en las que todos estamos obligados a estar felices pero no lo logramos porque las condiciones externas nos lo impiden. Y es también una obra que nace a partir de la idea de tener que resolver tu vida en pocas horas. Sabes que estás en un conteo regresivo hasta el 25 de diciembre y a las 12 de la noche habrá una serie de sucesos y tienes que resolver tu vida en muy pocas horas. O actúas ahora o simplemente te dejas arrastrar por lo que venga.”

Veamos el teaser de la nueva obra:

Le pregunto a Víctor qué significa el título, pero se resiste a responder. Le menciono entonces que aquello me recuerda un poco la nota de misterio en torno al título de la película homónima del cineasta mexicano Carlos Reygadas. “El título no es gratuito. El país, su simbología, están presentes en la obra. Japón es un archipiélago de muchas islas; de igual forma, mis personajes están unidos, son islas dentro de un espacio físico (que es una clínica) y muchas veces están uno al lado del otro, estando a la vez completamente solos”. Le pregunto qué representa el Japón para él. “Representa el reverso de nosotros. Es el otro lado del mundo…. No necesariamente de nosotros los peruanos porque la obra transcurre en una clínica de un lugar sin nombre, de una ciudad latinoamericana. Veo a Japón como el reverso de Latinoamérica, no en el sentido económico sino en el sentido físico. Es el otro lado del mundo, al que yo he querido ir pero no he ido porque me han dicho que es muy lejos, que es muy caro, que son muchas horas de vuelo”.  

No me sorprende que trabaje en torno a la idea de las antípodas, un concepto físico de lo extremo, cuando su obras están de por sí basadas en la exploración de situaciones psicológicas extremas. “Hay un personaje que quiere irse a Ushuaia, que es el punto más austral del mundo, y otro grupo de personajes quieren irse a Japón, que es para ellos el otro extremo del mundo. Quieren irse a los extremos, a las esquinas del mundo que conocen, quieren hacer cosas extremas”.

Llegamos entonces al tema de su estética teatral. Lo piensa un rato y termina por resumirme su trabajo en una frase: “La esperanza frente a la inminencia del desastre o frente a la sensación de fin de mundo que tenemos todos.” De algún modo sus palabras me recuerdan la poética de Houellebecq, un autor que, lo descubro entonces, Falcón admira profundamente. “La sensación está ahí. Por más que el mundo no se haya acabado aún, todos tenemos ya la resignación o al menos la sensación de que se va a acabar, y solo nos queda entonces hacer dos cosas: o salvarlo o sentarnos en primera fila y divertirnos y bailar hasta que se acabe la música”. 

Por otro lado, el milenarismo dejó de ser gracioso “porque finalmente Estados Unidos está congelándose, Argentina está a 50 grados y ya tenemos evidencias físicas que escapan de nuestro control. Ya hay una realidad externa que nos golpea y nos puede aniquilar y que finalmente nosotros no podemos desafiar porque es algo ya más fuerte, es la naturaleza, no es un orden económico que el hombre puede controlar pero la naturaleza se ha vuelto cada vez más incontrolable".

Aquello me recuerda la frase de Jameson, a menudo repetida por Zizek, según la cual “Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo". Para mi sorpresa, el dramaturgo salta sobre la cita para informarme que su próxima obra, Dubái, que ya está escrita, tratará exactamente de ese tema: el capitalismo, visto a través de 7 hombres de negocios. “He cambiado el tono porque he leído mucho a Zizek. Son 7 hombres de negocios en el año 2050 y tantos; queda muy poca naturaleza pero sin embargo tenemos el desafío: o seguimos exprimiendola para maximizar nuestros ingresos o dejamos que lo poco que queda, ese residuo, se multiplique y le de oxígeno a nuestros hijos. El desafío: enriquecernos más, que es adictivo, o dejar que el siguiente sobreviva o que finalmente se las resuelva por si solo porque yo tengo que optimizar mis ingresos”.

Aunque nuevamente el tema se aleja de las experiencias dramatúrgicas previas de Falcón, tomando en cuenta que se trata esta vez de ciencia ficción, es notable el hecho de que reaparece, una vez más, una cierta  estética de la precariedad, acompañada de la noción vertebrante de la esperanza frente al desastre. “Sí, es la esperanza pero no es una esperanza edulcorada ni cursi sino una esperanza cimentada en mis propios demonios interiores, o en la propia tristeza, o en el propio trauma, o en las patologías sexuales que yo arrastre. Es una experiencia de esperanza construida sobre algo muy enfermo. Es una vida que está cimentada, que se abona con mucha muerte, con la enfermedad, el delirio”.


Escrito por

Alonso Almenara

Escribo en La Mula.


Publicado en

Redacción mulera

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