orgullosa por siempre

Watanabe, siete años después

Publicado: 2014-04-25

Los países pueden ser poetas. Pessoa es Portugal, Octavio Paz es México, Ruben Darío es Nicaragua, Chile es Neruda, Perú es Vallejo.  Entre estas torres de la poesía latinoamericana no hay espacio para los  vates cuyos nombres suenan a olvido, cuyo recuerdo atesora nadie, aunque sus versos hayan sido la más poderosas de las espadas. Perú nunca será José de Watanabe, y qué.

Un puñado de devotos lectores recuerdan que hoy 25 de abril hace siete años murió el poeta peruano José Watanabe.  A tres años antes de su muerte el diario El País de España escribió un excelente artículo sobre el paisano de Vallejo que reproducimos a continuación. 

                                        Carne devuelta a la escritura 

Desde sus inicios, que le valieron el Premio Joven Poeta de Perú, José Watanabe puso sobre sus versos aires de contemplación y toques de una realidad desmenuzada.

Escribe: ESPERANZA LÓPEZ PARADA

Fue una gripe lo que impidió al peruano José Watanabe (Laredo, 1946) desplazarse al centro de Lima el día que se firmaba el manifiesto Hora Zero. El incidente lo dejó fuera del grupo poético más importante en su generación, la de los muy políticos y reivindicativos años setenta, y lo convirtió en un marginal involuntario: es decir, un poeta difícilmente ubicable en los panoramas literarios de su tiempo y hasta en los cómputos nacionales. Pero lo curioso es que su diferencia poética, su distinción del resto, no reside en una rareza accidental o externa, que también posee por su ascendente japonés y el exotismo de sus referencias. Se trata, me atrevería a decir, de una diferencia de grado, de intención, de entidad, algo más peculiar y más intrínseco.

Cuando algunos poetas hacen esfuerzos de solemnidad o de metaliteratura, Watanabe se entrega a la simplicidad del enfoque y a la voluntad más sencilla. Él pretende poetizar el cuerpo en cada uno de sus repliegues o funciones. Otros que se encarguen de cantar a los dioses. Siguiendo un consejo de Marcial, Watanabe intenta no olvidar esta carne que nos habita ninguno de los días que vivimos. La poesía extrae de ella sus mejores metáforas, en cuanto que, a su vez, la poesía es asimismo encarnación.

Actividad celular, trabajo del estómago y la sangre, un poema es un resultado entrañado, una de las formas de la digestión. Se obtiene o se alcanza después de una insistencia que tiene algo de nutrición y de autofagia, como si en el proceso íntimo de su búsqueda el poeta estuviera masticando su propia lengua. Watanabe parece decirnos que no hay nada más natural e interior que un verso, por tanto, nada tampoco más nuestro, más orgánico. La pequeña semilla que, confundida con la menestra del almuerzo, un niño defeca sobre la tierra aplastada del patio, fructifica como una pequeña y aleccionadora parábola de la escritura misma: proceso interiorizado, labor de vísceras, palabra regresada a la naturaleza.

De aquí podríamos suponer que la originalidad de este poeta -el más singular, pienso, hoy en nuestro idioma- reside no en su sorprendente novedad, sino más bien en este viaje de sus poemas hacia el origen, en esa carne devuelta a la escritura, esa simiente de la voz devuelta al suelo, y en la perspicacia con que poetiza ese retorno. Watanabe sigue hacia atrás todo el curso de la palabra, como si la rastreara casi en su principio cuando se engarzaba en historias básicas sobre el polvo y el agua y se articulaba en un relato que era el relato popular y simple de lo nuestro.

Siempre a partir de un detalle delicado y exiguo, el poema de Watanabe cuenta una fábula, una diminuta mitología primera, concerniente al barro, al fuego, al humo, a los animales domésticos, la rusticidad de la madre, el barullo del huerto, los deberes agrícolas, las necesidades del cuerpo, los paisajes, la comida, la navegación de los ríos.

La lectura del poema no consiste en extraer de su ejercicio una cierta moraleja, pero tampoco se trata de reducirlo a una anécdota. Estamos en el territorio de una cierta casuística abstracta y misteriosa. Watanabe, por ejemplo, contempla y escribe sobre la ardilla, animal vibrátil, capaz de un letargo fetal y casi definitivo, del que despierta renovada. Su representación en el texto podría dotar a éste de un cierto concepto de resurrección. Y no de un modo literal, ni siquiera consciente, incluso contra la misma voluntad del poeta que lo había buscado casi desesperadamente, nunca como imaginaríamos, ese significado sin embargo se desgrana. Aparece el sentido, surge, igual que el valor de la perpetuidad en lo grácil de la ardilla, a través del modo que el poema lo evoca, el modo en que lo cita para la eternidad misma del poema, para el circuito eterno de la palabra. Y nace únicamente ahí, en ese misterio atemporal de la palabra cantándolo. 

Hay otro ejemplo más significativo: en una sala de disección, el poeta observa el cerebro trepanado de un cadáver. Entonces, mudo y sin boca, éste emite una burbuja que habla por él -otra hermosa metáfora de cómo trabaja un poema-, en un lenguaje que le es antiguo y propio, y que sobre todo sólo le comunica a él.

Detrás del poema hay un sentido, un efecto final o una sanción que lo cierra y lo perfecciona. Pero es un resultado que le pertenece enteramente, un modo de mirar o decir que se cumple en la mirada y el discurso: un fondo, por tanto, perfectamente incardinado en su forma, hermanado en ella, orgánico y unitario con sus maneras. El poema en Watanabe es, desde luego, un perfecto ejemplo de sentido y naturaleza encarnados.

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Escrito por

Enrique Larrea

Editor y periodista. Escribo informes, reportajes y crónicas que han aparecido en diferentes diarios. Formo parte del equipo de La Mula.


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Redacción mulera

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