orgullosa por siempre

La libreta negra de Pepe Watanabe

A propósito del estreno del documental realizado por Javier Corcuera sobre nuestro recordado José Watanabe, una crónica personal.

Publicado: 2014-04-25

Hay accesorios y objetos que por fuerza se asocian a ciertos personajes de nuestra historia y la literatura universal; un sombrero siempre nos remitirá a Pessoa, una pipa a Faulkner, un rifle a Hemingway. En Latinoamérica una guayabera blanca siempre será a García Márquez lo que un bastón a Borges; en Perú es imposible no pensar en Washington Delgado al ver unos enormes lentes de carey o recordar a Ribeyro en cuanto encendemos un cigarrillo. 

Pero existen otros elementos no tan evidentes que nos llevan a recordar a quienes nos han antecedido y de alguna manera o muchas formaron parte de nuestra educación sentimental. Por ejemplo, al pensar en José Watanabe, además de sus evidentes lentes y su prolijo peinado, recuerdo inmediatamente su vieja libreta de apuntes, una libreta en la que lo vi escribir tantas veces cuando lo visitaba en su casa de San Miguel, al final de la Avenida Universitaria. 

La primera vez que tuve contacto con él fue en la Feria del Libro de Lima, cuando aún se desarrollaba en el mítico espacio de la Feria del Hogar, en San Miguel. Acababa de salir publicada por esos días la antología El guardián del hielo, que sería la responsable de dar a conocer a nuestro poeta a nivel latinoamericano, primero, y terminaría por presentarlo en España, donde recibiría todos los elogios sin duda merecidos por su obra. El libro fue publicado por Norma (eran otros tiempos, como puede verse: Norma aún publicada literatura) bajo la selección y cuidado de la poeta colombiana Piedad Bonet.

Me acerqué al stand de la editorial colombiana, compré uno de los ejemplares y empecé a leerlo inmediatamente; mientras lo hacía, como si fuera un asunto de feliz coincidencia con el destino, vi al poeta atravesar la sala acompañado de quien era desde hacía unos años su pareja, la también poeta Micaela Chirif.

Era mi oportunidad y no iba a desperdiciarla: necesitaba que me firmara el libro. Así que lo seguí a través de los pabellones que recorría, tratando de mantener mi distancia, de no perturbarlo, de calibrar el momento oportuno en que debería abordarlo sin interrumpir el perfecto equilibrio que parecía haber alcanzado en compañía de la mujer que estaba a su lado, viendo los mismos libros que él, saludando a las mismas personas que él.

Encontré el momento al cabo y me deslicé hasta él solo extendiéndole el libro como una especie de carta de recomendación o tarjeta de presentación, pero no pareció entender lo que yo hacía: es que Watanabe aún no había visto el libro que acababa de salir y me confesó que él mismo estaba buscando el stand de Norma durante todos esos minutos en que lo seguí como una especie de sombra.

Le señalé dónde se encontraba y me ofrecí a acompañarlo y hablamos un poco. Casi llegando al stand sentí de pudor y pensé que era momento de dejarlo, no sin antes, desde luego, pedirle que me firmara el libro. Me comentó entonces que no era bueno para ese tipo de cosas, así como no era bueno para encontrar ciertos lugares que eran enormes como catedrales. Me dijo entonces que firmaría usando uno de sus versos y así lo hizo. El consejo era simple: Amar rápido, como le había dicho, casi pedido en tono de increpación, el sol. Fue un consejo, el primero que Pepe, desde entonces me pidió que lo llamara Pepe, me daría y que como otros he tratado de seguir a pie juntillas.

La historia de la libreta la explico mejor en este poema que escribí hace un tiempo recordando a Pepe y que se mantuvo inédito hasta ahora:

Ajuste de cuentas. A José Watanabe 

Una ventana aparece en la noche y es el amor, un día de lluvia o su contento ―así decía José. De él puedo decir que siempre escribía en su vieja libreta aquello que le parecía importante.

Yo, que tenía veinte años entonces, trataba de parecer tonto frente a él ―no me fuera a robar, o a tomar prestadas mis brillantes ideas.

Muy pronto representé demasiado bien ese papel y fui olvidando al poeta. Contrariamente, José hacía pausas cada vez más largas en nuestras conversaciones y con el tiempo casi no hablaba, solo se dedicaba a tomar notas con su horrible letra, casi perfecta, como dictados que llegaban del cielo o de alguna hueca montaña, erosionada por la caída de una gota perpetua.

―Ahora, a los treinta, intuyo que para hombres como José, simplemente los tontos no existen.

Un día dejó de anotar en su libreta, solo dejó de hacerlo; no existe otra forma de decirlo.

Llevé a su funeral un poema que le compuse años atrás, la reescritura de su celebrado La Mantis: «Odio ese poema» ―me dijo, cuando le confesé que era uno de mis favoritos.

Me dio mucha gracia, y a pesar de que intenté odiarlo también, no pude hacerlo. No pude odiarlo porque era verdad  

para entonces ya había dejado de ser un poema.

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El documental José Watanabe: El guardían del hielo, producido por LaMula y dirigido por Javier Corcuera, puede ser visto aquí:


Escrito por

Víctor Ruiz Velazco

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Publicado en

Redacción mulera

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