A los 23 años, uno puede decir que ya ha tenido algunos triunfos y derrotas que valen la pena recordar. Para esa edad, uno ya hizo sus primeros viajes mochileros, bebió sus primeras copas en el Queirolo del Centro de Lima y, claro, acudió, acompañado, a sus primeros hoteles. No voy a explayarme en esto último. Lo que sucede en una cama alquilada es mejor (re)vivirlo en silencio y no describirlo.
Para un aprendiz de escritor, existe otra derrota adicional. Un ‘knock out Hemingway’ y no cortazariano: que un cuento tuyo no acceda a la fase final de un certamen literario. Y más aún si ese concurso se llama Premio Copé. Aunque muchos autores nacionales lo nieguen, casi todos han soñado, por lo menos una vez en la vida, con integrar su lista de ganadores. "Aunque sea el Copé de bronce, no importa", puede ser una de las frases pensadas en ese contexto.
Antes de continuar, aclaremos un punto. Mandar un cuento a una competencia no significa que uno escriba exclusivamente para ello. Sucede tan solo que el oficio no es pasivo y responde, con acciones, a algunas preguntas: ¿cómo puedo dar a conocer mi obra? , ¿cómo puedo ganar más lectores? Participar en un concurso literario es una posible respuesta. Y si el triunfo viene acompañado por una generosa cantidad de dinero, mejor aún. Total, ¿alguna vez ha visto a una persona quejarse de tener unos billetes de más gracias a su talento? No olvidemos tampoco que hasta los ‘puristas de la literatura’ tienen que pagar la luz y el agua del departamento.

foto: Philippe Halsman
Volvamos al knock out. Decía Rocky Balboa que no hay nadie que golpeé más duro que la vida. Y tiene razón. Cuando me enteré, a finales de octubre, hace seis años, que no había pasado la ‘fase de grupos’ de la XV Bienal de Cuento Copé (2010), la primera consecuencia fue prender la computadora y abrir el archivo ‘narrativa corta’. Y ahí estaba. El cuento 1. Sí, así lo guardé (siempre espero el último momento para la tormentosa tarea de asignarle un título a un texto). Poseído por el espíritu malvado de un hacedor de pornografía de clase media, es decir, un reseñador de libros (como dice Emilio Renzi, alter-ego de Ricardo Piglia), comencé a detectar todas las deficiencias de un relato que narraba la vida de un veinteañero que vuelve hacia un balnerario para buscar a un pescador que conoció en su infancia.
"Ahora era distinto. Dejar de ser adolescente, ser joven. Dejar de ser nadie para ser un ciudadano". ¿Cómo vas a escribir eso? La primera oración parece sacada de una telenovela. La segunda es muy pomposa. Estás escribiendo ficción, no el mensaje presidencial ¿El argumento? Simple. Pudo haber tenido más potencia, faltó ‘meter’ una historia alterna.
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"Me acuerdo perfectamente de todo. Esa es mi desgracia. Una de las mayores desgracias de la humanidad: la memoria" (Ciudadano Kane) ¿Qué puede ser peor que soñar con tu propio funeral? No olvidarlo. Por esos días, no tenía un trabajo estable. Entonces me dije: No puedo pagar un psicoterapeuta, ¿cómo purgo este sueño?...Miras tus anaqueles llenos de libros. Ahí tienes tu respuesta. Durante los próximos seis meses gastarás todas las hojas de un block que encontraste en el desván de la casa.
En un principio fueron tres párrafos. Lees lo que has escrito. Parece bueno. De pronto, recuerdas el Copé. Tachas lo escrito. Necesito un personaje con un nombre original, llamativo, que combine el idealismo con la rebeldía. Piensas y (re) piensas. Vas al parque para distraerte y encuentras a seis parejas besándose apasionadamente. Quizás debas escribir un cuento romántico. Ni de vainas. Vuelves a casa, prendes la televisión y aparece Nelson Mandela bajo la piel de Morgan Freeman. Una de las películas más flojas de Eastwood. Aguanta. Eso es: Madiba. Ahora falta el apellido.

"para Manuel, con disculpas por el Juan Rulfo, y con un gran abrazo" dedicatoria de Samanta Schweblin al autor de este testimonio.
Vuelves a los anaqueles y tu mirada pone atención en el Mahabharata (el gran canto épico indio que te regaló una exenamorada). Lo coges para desaparecerlo de tu vista. Abres un cajón, pero antes te fijas en el nombre de la editorial: Vyassa. Mmmm…suena medio 'gansteril', ¿no? Recitas: Madiba Vyassa. Me gusta. Queda. Ahora solo te falta un detalle. ¿Cómo narro la muerte de este universitario revoltoso? Usar la tercera persona, como el cuento derrotado del Copé, no es una opción. Debes buscar un estilo distinto, quizás cinematográfico. Tal vez un conjunto de voces. Recuerdas a Orson Welles y su película que fue un desastre financiero. Contar la vida desde los otros, desde los amigos y los enemigos. Quizás en algún punto de ese cruce de discursos, esté nuestra verdadera biografía.
Seis meses después descubres que acertaste. Te gusta lo que has escrito. Los concursos ya no importan. Te interesa cincelar tu cuento. Encontrar las palabras adecuadas. El calendario sigue su camino. Se cierra la convocatoria de la XVII Bienal de Cuento Copé (2012). Ya fue, piensas. Unas semanas después aparece en tu Facebook el afiche de un concurso internacional de narrativa. No, dices. Debo concentrarme en escribir otros cuentos. Luego una noche de insomnio decides escuchar la voz de una de tus mejores amigas: "No seas tarado y manda el cuento". ¿Resultado? Finalista del 30ª edición del Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo con el cuento Ciudadano Vyassa. Cuatro años después entrevistarías a la ganadora: Samanta Schweblin.
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