El pasado 4 de febrero los lectores de Samanta Schweblin (Buenos Aires,1978) se sorprendieron. Ese día, los organizadores de la Segunda Bienal Mario Vargas LLosa anunciaron a los once finalistas del Premio de Novela que lleva el nombre del autor peruano. ¿Qué hacía en esa nómina una escritora que ha erigido su carrera en torno al cuento? ¿Acaso se trataba de una estrategia de la narradora argentina para generar una experiencia que derivara en el argumento de una historia de 'corta distancia'? Aunque el lector desee una respuesta fronteriza entre el sentido común y la irracionalidad, aquella no existe. O tal vez sí.

Distancia del rescate (Random House)-la novela por la que fue nominada en una primera etapa- era un cuento que ya estaba terminado pero que no convencía a su creadora. Conformen se sucedían las reescrituras, Schweblin llegó a la conclusión de que su historia necesita más páginas. Muchas más, en realidad. Si el espíritu de Jorge Luis Borges hubiera poseído a su compatriota, la novela no hubiera llegado a la imprenta. Ya es conocido por todos el temor del autor de El libro de arena por las historias que se 'extendían peligrosamente'. 

"Reescribí el texto, en forma de cuento, muchas veces. Era una sensación muy extraña porque sabía cuáles eran los personajes, sabía qué era lo que quería contar, sabía dónde iba a suceder...Es decir, lo sabía todo pero igual, en algún punto, no funcionaba. Creo que lo que pasó es que estaba muy acostumbrada a la escritura del cuento. Tan cómoda me sentía en esas diez o veinte páginas que tardé mucho en entender que era un problema de extensión. 'Distancia de rescate' es una historia muy introspectiva, donde en realidad se cuenta algo que ya se ha contado muchas veces y que, sin embargo, el personaje no alcanza a entender. La lectura de esta novela es vivir ese momento en el cual el personaje realmente entiende. Es una relación casi de psicoanalista, donde hay que preguntar y repreguntar muchas cosas y eso no se puede hacer en veinte páginas. Cuando entendí eso, el libro se escribió muy rápido".

Foto : andrea jibaja/ lamula.pe

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Son muchos los motivos para tener problemas en la escuela: jalar uno o más cursos, romperle la nariz a un compañero, insultar a un profesor, enamorarte de tu profesora, etc. Schweblin, sin embargo, quiso innovar. A los doce años decidió dejar de hablar. Su consigna generó un alboroto en el colegio donde estudiaba. Pronto, una psicóloga la socorrió con un diagnóstico sencillo pero fulminante: Samanta es una niña muy normal solo que tiene un absoluto desinterés por su entorno. ¿Cuánto de esa pequeña todavía habita en la mujer adulta?

"Queda mucho de esa niña porque, para mí, el lenguaje fue un problema. Clarice Lispector tiene una frase que me encanta: 'La palabra es mi dominio sobre el mundo'. Yo siento mucho de eso. Mientras el lenguaje es hablado es una especie de monstruo que me sonríe pero también me da coletazos. Un monstruo que me juega malas pasadas, que nunca dice lo que realmente quiero decir pero que cuando escribo esas palabras -que pueden ser tan malditas a veces- quedan absolutamente bajo mi control. Tengo el tiempo a mi favor. Puedo trabajar sobre el lenguaje el tiempo que quiera, exigirle todo lo que quiera hasta que, al fin, diga lo que yo quiero decir.  Cuando dejé de hablar lo hice porque quería esconderme del mundo. Soy una persona muy introspectiva. Tiemblo ante la exposición. Y la literatura fue un espacio donde pude esconderme de todo eso y viví muy cómoda durante mucho tiempo hasta que la misma literatura volvió a ponerme en un lugar de exposición. Y todos los miedos de la Samanta niña volvieron".

Schweblin responde con confianza. Mira fijamente y, cada cierto tiempo, mueve las manos, aunque a veces prefería apoyar la izquierda sobre un brazo del mueble del hall del Hotel Casa Andina. Con cuatro libros publicados y varios premios encima, la argentina ya es una escritora experimentada. A pesar de ello, Samanta no olvida sus inicios y recuerda el vertiginoso principio que tuvo su carrera literaria. Con su primer libro, El núcleo del disturbio (2002), ganó -en simultáneo- dos premios (Haroldo Conti y Fondo Nacional de las Artes). 

"Yo tuve mucha suerte. Mi primera publicación me dejó patas para arriba. Yo no estaba preparada. Presenté el libro a dos concursos y ganó en ambos. Eso hizo que los editores le pusieran atención al libro y pude darme el gusto de escoger editorial y tres meses después el libro estaba en las librerías y yo no sabía que había pasado. Tenía veintidós años y los periodistas me hacían preguntas como '¿en qué tradición literaria se inscribe'? o '¿cómo atraviesa la política su literatura?' Fue muy abrumador. No estaba preparada para tanto ruido. De hecho pasaron siete u ocho años para publicar un siguiente libro". 

foto: andrea jibaja/ lamula.pe

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Cuando un aspirante a escritor o escritora dilucida sobre su futuro, muchos de ellos imaginan su nombre impreso en la portada de un novela. Son pocos quienes se paran delante del espejo y dicen sin miramientos: quiero ser cuentista. Resulta curioso, además, que en un país con una larga tradición en el género, publique pocos libros de cuentos. 

"Hay muchos talleres literarios en Argentina y en ellos se leen y se escriben cuentos. Entonces es verdad- en defensa de estos editores colapsados por los libros de cuentos- que cuando un escritor nuevo se acerca a una editorial, lo hace con un libro de cuentos. Y eso genera el prejuicio fatal de que alguien que escribe cuentos es un aspirante a escritor que está aprendiendo a través de este género para escribir una novela. Eso es una sonsera y es una vergüenza que pensemos eso siendo argentinos y teniendo la tradición literaria que tenemos". 

Aunque no tiene ninguna animadversión hacia la novela, Schweblin ha desarrollado una método propio para la escritura de sus relatos. Si el lector, hasta este párrafo, aún considera que la disciplina literaria solo es propia de los seguidores de Miguel de Cervantes o Fedor Dostoyevski, despójese de su ingenuidad de una buena vez. 

"Para mí es muy importante la tensión cuando leo y escribo. No se trata solo de la administración de la información. A mí me parece que parte de la información que va formando una historia la debe poner el escritor pero otra parte el lector. Y para que esto último suceda, el lector necesita espacio. Una historia es un recorrido. Poco a poco van avanzado juntos pero nunca pueden pisar el mismo espacio al mismo tiempo. Como un juego. Creo que cuando uno escribe también lo hace en la cabeza del lector. Y ahí es donde el cuento se puede volver veloz. Hay cuentos que tienen pocas páginas pero tienen todo un mundo debajo. Hay una cantidad de cosas que no están escritas pero también son parte del cuento". 


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"Me parece arbitrario cuando me preguntan por la narrativa escrita por mujeres. Es como si me preguntaran por la literatura escrita por, no sé, los abogados. Bueno... habría que ver cuáles son las tendencias de los abogados [ríe]. Habrá algunos que escriban bien. Cuando listo a mis autores o personajes preferidos nunca pienso si son hombres y mujeres". 

 Lo dice con firmeza, pero al mismo tiempo relajada. No es un secreto que el círculo literario privilegie más a los autores varones. Y ese trato especial no solo se traduce en libros editados. Existe una asociación de ciertos temas con la literatura escrita por mujeres. Temas que algunos consideran menores. La narradora, con la misma soltura con la cual acomoda su cabello, manda, muy lejos, aquellas consideraciones. 

Con esa misma confianza expresa su postura sobre la creación del Premio de Novela de la Bienal Mario Vargas Llosa. Poco después de terminada la primera edición, el crítico español Ignacio Echevarría llamó la atención sobre los trasfondos ideológicos del certamen novelístico creado en contraposición al Rómulo Gallegos. Ella rechaza, con inteligencia, elegir entre la derecha o la izquierda y opta, tal como hace en sus relatos, por ahondar en el lado sinuoso de la realidad. Abrir la puerta hacia otra atmósfera, más relacionada con el sistema en el cual estamos inmersos.

"Me siento absolutamente afuera de toda esa situación. Para mí sería una gran noticia, saber que, como escritora, pudiera tener una vida monetaria normal. Y esta significa recibir un sueldo por lo que uno hace. Eso es muy sano porque uno entiende que lo que hace es un trabajo y debes hacerlo bien y a consciencia. Esto no existe en nuestra profesión. Lo que existe en compensación son estos premios multimillonarios que, cuando te lo ganas vos, estás muy contento pero eso significa que no se lo ganaron los otros miles que también escriben. Y con ese premio multimillonario se podría haber pagado los sueldos de toda esa gente. Ellos hubieran sido verdaderos trabajadores. De por sí la idea de premio lleva, para mí, algo de injusticia, no por los premios en sí, porque estos siempre se agradecen. Mi crítica va dirigida al sistema". 

foto: andrea jibaja/ lamula.pe

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Schweblin no solo vino a Lima para compartir sus reflexiones sobre la literatura con los lectores peruanos. Su estancia en nuestro país sirvió para la presentación de dos libros suyos: El núcleo del disturbio (Editorial Santuario) y Siete casas vacías (Páginas de Espuma). Un hecho poco usual, ya que se tratan de la primera y última publicación (en lo que se refiere a cuentística) de la autora argentina, respectivamente. Las lecturas de ambos libros brindarán al lector la posibilidad de acercarse a su evolución profesional. 

"Me demoré en escribir 'Siete casas vacías' aproximadamente tres años. Quizás un poco más porque 'Distancia de rescate' interrumpió. Yo tenía una cantidad de cuentos que ya había trabajado...Para mí, cada cuento es un mundo único que se agota en sí mismo pero puestos sobre la mesa noté que la mitad de estos relatos estaban muy conectados. En ellos habían mudanzas,cajas, ropas, desnudos (que tenían que ver con la exposición, no con lo erótico). Entonces cuando encontré esos puntos en común, dejé los otros afuera y quedó claro qué cuentos faltaban, una especie de intuición. El resto de ellos se escribieron teniendo una consciencia de libro".

Antes de terminar la conversación, nuestra entrevistada nos comenta sobre su trabajo como profesora de talleres literarios en Alemania, país donde vive desde hace cuatro años. Una actividad que le permite asegurar un tiempo propio, una reserva para su escritura. Visto desde afuera, uno podría pensar que guiar a otros a desarrollar sus historias es un oficio idóneo para un escritor. No hay que confiarse de esta presunción. Como en los relatos de Schweblin, hay aristas escondidas. 

"Con mis alumnos aprendo mucho porque hay decisiones en la escritura que uno toma de manera intuitiva sin saber el por qué. El taller te obliga a explicar esas decisiones. Te obliga a mirarte al espejo y pensar en tus herramientas y en como funcionan las maquinarias narrativas. Me enriquece muchísimo. En contraparte, siento que es una profesión un poco peligrosa para el escritor. Por ejemplo, yo tengo tres grupos de siete personas cada uno. Eso significa a que lo largo de la semana he leído y pensado activamente veinte cuentos. Realmente me he comprometido con ellos. Esa cantidad es mucha y demanda tiempo. Entonces sucede que cuando uno está distraído, el espacio de ocio -que es quizás el momento creativo más importante porque las ideas se mezclan de una manera casual-  lo dedico a otros. Uno está lavando los platos y dice: ¡Ah... ya sé lo que debe leer está persona para solucionar su cuento! Eso significa que uno ha estaba pensando toda la tarde en eso, cuando debió utilizar ese tiempo para su propia escritura. Hay tener cuidado con eso".

[Foto de portada: Andrea Jibaja/LaMula.pe]

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