Violeta Rodríguez Ríos: «La maternidad es solitaria incluso estando en pareja»
Por Diana Hidalgo Delgado
En Donde nacen las sombras, la cineasta y fotógrafa peruana Violeta Rodríguez vuelve la cámara hacia sí misma para interrogar la maternidad lejos de sus representaciones idealizadas: la violencia obstétrica, la soledad de los cuidados, la relación entre madres e hijas y las heridas que se transmiten de una generación a otra. El documental formó parte de la Competencia Peruana del 30 Festival Internacional de Cine de Lima PUCP. Construida a partir de su propia experiencia, conversaciones con otras mujeres, archivos familiares y un delicado diario visual, la película convierte lo íntimo en una pregunta política: ¿qué ocurre cuando empezamos a nombrar las violencias que la maternidad ha aprendido a asumir como naturales? En el marco del 30 Festival Internacional de Cine de Lima, conversamos con Rodríguez sobre la realización de la película, la decisión de exponer su propia historia y la de su familia, y las posibilidades del arte para hacer visible aquello que durante mucho tiempo permaneció dentro del terreno doméstico.

foto: Lima en escena
Al presentar la película durante el festival mencionaste a artistas como Natalia Iguiñiz y Belén Gómez de la Torre como referentes importantes para pensar la maternidad. ¿Cómo influyeron sus trabajos en Donde nacen las sombras y en la relación que estableces entre maternidad y creación?
Ellas no aparecen en mi película, pero sí han sido referentes para cuestionarme la maternidad. Yo tenía un año de haber tenido a mi primera hija cuando hubo una muestra de Natalia Iguiñiz sobre maternidades y encontré ahí palabras y conceptos para cosas que yo estaba sintiendo. Luego, durante la pandemia, Belén Gómez de la Torre hizo una muestra virtual que hablaba sobre el cuidado y tenía una biblioteca audiovisual y un glosario de términos de género. Hablaban, por ejemplo, de violencia económica o violencia obstétrica. Tener esas palabras permite decodificar lo que una está sintiendo y cuestionarlo. Después de esa muestra mi documental cambió. Yo venía haciendo una investigación más enfocada en casos de violencia obstétrica y ahí conocí otros trabajos, como el de Maria Abaddon que aparece en el documental. Empecé a pensar mi conexión personal con la maternidad no solamente desde el hecho de maternar, sino desde las personas que crían y crean, desde mujeres que cuestionan la maternidad a partir de su propia creación. Por eso el documental está tan conectado con el arte: con mi hacer fotográfico y con el hacer de María desde la escultura. También he conocido colectivas y grupos de arte y maternidad, incluso uno al que he pertenecido, donde mujeres que maternan se reúnen a conversar sobre sus procesos de maternidad y de obra. Hay muchísimas mujeres trabajando desde ahí.
Uno de los momentos más potentes de la película aparece cuando intentas hablar con tu mamá sobre su experiencia y ella se resiste a responder algunas preguntas. En algún momento incluso pregunta por qué quieres hablar de cosas tristes. ¿Cómo fue filmar esa conversación y qué ocurrió entre ustedes después?
Desde que la grabamos fue fuerte, pero también hubo complicidad. Esa es una parte de la película en la que solamente pongo la cámara. Yo intuía que mi mamá no me iba a contestar porque ya le había hecho esas preguntas muchísimas veces. Además, llevo muchos años trabajando sobre la familia y la memoria como fotógrafa; mis papás están acostumbrados y han entendido, con mucho amor, que esa es también una forma de acercarnos. La conversación fue difícil, pero después terminamos tomando lonche y matándonos de risa. Ella me habló de su mamá, de lo difícil que había sido esa relación y de esa sensación de tener que ser perfecta, pero las preguntas que estaban dirigidas más directamente hacia ella no podía responderlas. Después entendí que mis preguntas no buscaban necesariamente una respuesta: eran una manera de que ella conociera cómo me sentía. Y creo que, después del documental, nuestra relación se ha ido transformando. Comprendí que su propia experiencia materna y la manera en que había sido conmigo tenían muchísimo que ver con el patriarcado, aunque ella no pudiera nombrarlo así. Entendí que tenía que verla también como mujer, como una mujer de su tiempo. No había necesariamente algo que resolver. Que ella se prestara a hacer esto conmigo, que estuviera ahí y lo sostuviera a su manera, era también un acto de amor increíble. Antes de mostrar la película, por supuesto, les enseñé el corte a mis papás para tener su consentimiento. Mi mamá me dijo: «Todo bien». Creo que ellos saben quién soy y entienden que no hago esto para hacerles daño, sino para comprender lo que está pasando, para entenderme y entendernos.
En la película dices también que irte de casa salvó la relación con tu mamá. ¿Qué has descubierto sobre esa relación entre madres e hijas ahora que tú misma eres madre de una hija?
Creo que la relación entre madres e hijas muchas veces es tensa. Las madres tienden —tendemos también—, por educación, por el patriarcado, por lo que sea, a ser mucho más duras con nuestras hijas que con nuestros hijos. Mi mamá me decía que las mujeres sufrimos más y es como si las madres sintieran que tienen que preparar a sus hijas para un mundo que ya de por sí va a ser violento. Hay cierta dureza en esa relación que creo que ha ido cambiando justamente porque el feminismo permite cuestionar todas esas estructuras. Yo, en particular, tuve mucho miedo cuando supe que iba a tener una hija. Literalmente empecé terapia. Pensaba: yo tuve una relación tensa con mi mamá, mi hija me va a odiar. Hice también todo este proceso para sanar y para tratar de que esa relación no se repitiera. Creo que muchas madres hacen sus propios procesos para sanar relaciones que son generacionales, que vienen desde muy atrás y que tienen que ver con estructuras sociales.
La película cuestiona la representación idealizada de la maternidad, pero sin pretender hablar en nombre de todas las madres. ¿Cómo pensaste ese equilibrio entre una experiencia profundamente personal y las condiciones sociales que atraviesan la maternidad?
Algo que me sorprendió de algunas críticas, sobre todo escritas por hombres, fue que se enfocaran mucho en que soy madre soltera, como si mi experiencia materna tuviera que ver particularmente con eso. Yo creo que la maternidad es solitaria incluso estando en pareja. No necesariamente hay un mayor sufrimiento por ser madre soltera; dependiendo de la clase social, haberse separado puede incluso hacer que una tenga más tiempo para sí misma, mientras que estar en pareja puede hacer que el rol recaiga completamente sobre quien está maternando. Antes existían estructuras en las que la familia apoyaba más: estaba la abuela, la tía, alguien que cuidaba. Mientras la sociedad se vuelve más capitalista e individualista, las mujeres crían solas o pagan a otra mujer para que las ayude a criar. Seguimos siendo cuidadoras y, muchas veces, cuidadoras mal pagadas. Pero las experiencias maternas son muy distintas. Yo tengo ciertos privilegios y mi intención nunca fue representar todas las maternidades porque sería imposible y me parecería deshonesto. Quería hablar solamente de la mía. He conversado con muchas otras mujeres y, claro, encontramos cosas en común, pero nunca voy a poder representar a todas y tampoco fue esa la intención.

FOTOGRAMA DE LA PELÍCULA DONDE NACEN LAS SOMBRAS
El proyecto nació a partir de tu propia experiencia de violencia obstétrica, pero en la película decides no reconstruir explícitamente lo que te ocurrió. ¿Por qué preferiste concentrarte en sus huellas y en otras violencias más cotidianas alrededor de la maternidad?
La idea del documental comenzó justamente con la violencia obstétrica. Yo había atravesado eso en carne propia, pero desde el inicio decidí que no quería hablar específicamente de la violencia ni quedarme únicamente en lo hospitalario. Por supuesto que es importantísimo hablar de violencia obstétrica y estar informadas sobre lo que significa, pero yo quería hablar de las huellas: cómo me había atravesado, cómo podía haber afectado la manera en que después una materna, si había producido alguna desconexión. No quería entrar en una línea testimonial de «me cortaron aquí, me cosieron allá» ni ir hacia lo más violento o morboso. Me interesaban también otras violencias, porque la violencia obstétrica es terrible, pero existen un montón de violencias pequeñas y estructurales alrededor de la maternidad que son mucho más invisibles y ocurren todos los días. Criar sola, por ejemplo, todo lo que eso implica económicamente, las oportunidades que te quita, no tener apoyo: todo eso también es una herida, pero una herida constante. Está tan normalizado que casi no se conversa. Y estamos hablando de un trabajo que sostiene al resto de la economía mundial. A veces siento que hablar de eso desde un discurso directamente político puede alejar; yo elijo hablar desde lo personal. Lo personal también es político, pero acerca: te hace empatizar con una persona.
La película, entonces, comenzó centrada en la violencia obstétrica y terminó abriéndose hacia la maternidad, el arte, los cuidados y tu propia historia. ¿Cómo ocurrió esa transformación durante un proceso de realización que duró varios años?
Esta película empecé a pensarla estando echada con doce mujeres más en un hospital público, todas llorando. Pensé: esto no puede ser representado por una serie fotográfica, que es lo que normalmente habría hecho; necesita otro tipo de voz. Empecé a investigar casos de violencia obstétrica mientras, al mismo tiempo, iba maternando y compartiendo experiencias con otras mujeres. Postulé dos o tres veces al Ministerio de Cultura y en ese proceso conocí a Berenice (Berenice Adrianzén Zegarra), la productora, que ha sido muy importante. Finalmente ganamos el financiamiento de DAFO y la historia se fue transformando: dejó de tratar solamente sobre violencia obstétrica y empezó a hablar también sobre maternidad y arte, sobre cómo las mujeres atraviesan esos procesos consigo mismas y encuentran caminos para resolver aquello que la sociedad tampoco nos ayuda a resolver. El rodaje también fue distinto porque las dos maternábamos. Grabábamos cinco días, descansábamos, la editora veía el material, conversábamos y volvíamos a grabar. Fue un proceso de tejido: grabar, editar, mirar qué caminos aparecían y volver a filmar. También utilizamos mucho material de archivo que yo había registrado a lo largo de mis años como madre y construimos una especie de diario visual. Todo eso ocurrió mientras yo atravesaba también un proceso de sanación. Por eso la estructura de la película tiene mucho que ver con mi propio proceso: empieza en un momento de mayor vulnerabilidad, después de mi separación, y termina no exactamente en una aceptación, pero sí en un lugar en el que estoy un poco más tranquila y he podido entender algunas cosas.

FOTOGRAMA DE LA PELÍCULA DONDE NACEN LAS SOMBRAS
Eres fotógrafa y la película tiene una construcción visual muy íntima: el archivo familiar, las proyecciones, el diario visual, las puestas en escena. ¿Cómo encontraste una forma cinematográfica para representar ese mundo interior?
Fue un proceso delicado y muy de la mano de Sofía (Sofía Velázquez Núñez, editora de la película) y Carlos (Carlos Sánchez Giraldo, director de fotografía de la película).Inicialmente la película iba a ser más coral: había más personajes y pensábamos trabajar con tres historias. Pero después de la primera grabación, sobre todo al ver en edición toda la parte con mi mamá, apareció una decisión: mi historia tenía que ser la que contara esto. Y yo decía: «No, ¿por qué?». No quería. Emocionalmente era muy fuerte asumirlo y me tomó un tiempo darme cuenta de que, para la película, era mejor que fuera yo quien llevara la historia. A partir de esa decisión, la fotografía también empezó a relacionarse mucho más con mi mundo interno. Aparecieron distintas formas: el diario visual, algunas puestas en escena que hablan de mi pasado, las proyecciones relacionadas con mi familia. Y está toda la fotografía de Carlos, que tuvo que conocerme mucho para poder representar ese mundo interno. Creo que ahí hay un gran logro de un fotógrafo: poder representar el mundo interior de otra persona. La fotografía no se siente como una parte de él y otra parte mía, sino como un solo proceso.
Convertirte en el centro de la película implicó también mostrar a tu mamá y a tus hijos. ¿En algún momento dudaste de cuánto de tu vida familiar tenías derecho a exponer?
Sí, lo pensé muchísimo. Todo fue consentido y mis hijos siempre supieron lo que estábamos haciendo; en ese sentido, todo el proceso fue ético. Pero tuve muchas dudas. También por eso hubo tantas pausas durante la grabación: necesitaba pensar y aceptar si realmente no había otra forma de contar esto. Tuve que hacer una separación entre mi propio mundo y el mundo de la película. Entender que eso que aparece ahí no es mi familia entera ni soy enteramente yo: es un pedacito de mí. Porque sentir que estás poniendo todo ahí o que aquello te representa totalmente da muchísimo miedo. Todas las personas involucradas, incluso el papá de mis hijos, estuvieron informadas y de alguna manera entusiasmadas con participar porque entendían que era importante hablar de esto. Alguna vez mi hija me ha preguntado: «¿Por qué no eres como una madre normal?». Pero en casa conversamos muchísimo. Creo que algo que aprendí de mi mamá es que, precisamente porque ella no conversaba estas cosas, yo tenía que hacerlo con mis hijos. Cuando ellos vieron la película entera yo estaba preocupada por cómo la recibirían, pero después los vi felices. Yo siempre les he dicho que amo ser mamá, absolutamente, que amo ser su mamá. Lo difícil de la maternidad no tiene nada que ver con ellos, sino con todo el entorno. Y creo que eso queda claro. Si algún día mis hijos vienen y me reclaman, los escucharé. Y si mi hija hace una película sobre esta película, estaré ahí para responder sus preguntas como estuvo mi mamá para responder las mías. Eso también es un acto de amor y entendimiento.

Después de una película tan íntima, ¿qué quieres explorar ahora?
Definitivamente ya no quiero hacer nada tan personal. También hay una especie de duelo cuando se acaban los proyectos y a veces lo bueno es activar otra cosa, porque crear también es sanador. Estoy empezando a investigar un proyecto sobre el pueblo de Arequipa de donde viene mi familia, Alata. Espero hacerlo desde un lugar ya no tan personal, sino de otra manera. Siempre estuve muy unida a mis abuelos paternos y a mis tías, así que recién estoy empezando a investigar por ahí.