La tarde del sábado, el Centro de Lima volvió a llenarse de banderas, carteles y cánticos. La llamada Generación Z —jóvenes que crecieron con Internet, pero que hoy asumen las calles— protagonizó una nueva jornada de protesta que terminó con represión, heridos y detenciones.
Según la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, la movilización dejó 18 heridos, entre ellos un periodista y un brigadista. Además, la PNP detuvo a al menos siete jóvenes, según denunció la organización Anitra. A estos hechos se suman las imágenes de un adulto mayor golpeado por un policía, lo que obligó a la Inspectoría de la institución a abrir una investigación.
La movilización avanzó desde los exteriores del Congreso hacia la Plaza San Martín. El ambiente inicial de entusiasmo juvenil pronto se transformó en enfrentamiento: hubo lanzamiento de bombas incendiarias por parte de algunos manifestantes y respuesta policial con gases lacrimógenos y perdigones.
Pero la tensión escaló a horas de la tarde: lanzamiento de objetos incendiarios por parte de algunos manifestantes, uso de gases lacrimógenos y perdigones por parte de la Policía, bloqueo de vías y daños al ornato urbano (macetas, mobiliario, calaminas). El saldo fue evidente: heridos, detenidos y el testimonio de que la represión sigue siendo la respuesta del Estado a la protesta social.
La historia no terminó el sábado. Los colectivos juveniles ya han anunciado una nueva convocatoria para este domingo 28 de septiembre en la Plaza San Martín, consolidando una movilización que crece semana a semana.
¿Qué reclama La Generación Z?
El primer motor de la protesta ha sido la cuestionada ley de pensiones que obliga a los mayores de 18 años a afiliarse a un sistema previsional. Para muchos jóvenes, se trata de un “impuesto adelantado” a un futuro que el Estado no garantiza.
Pero la agenda va más allá: denuncian corrupción, impunidad en las muertes ocurridas en protestas desde 2022 y precariedad en derechos ciudadanos. Este sábado, a los jóvenes se sumaron transportistas, que reclaman por la inseguridad y la ola de extorsiones que afecta a su sector.
Un símbolo que marcó la jornada fue la bandera negra con el cráneo de One Piece, convertida en estandarte de resistencia.
Más allá de los números, la marcha deja una señal: una nueva generación está reclamando espacio en la política peruana. Jóvenes que, lejos de la apatía con la que se les suele encasillar, han convertido la calle en escenario para exigir cambios.
La pregunta es si el movimiento podrá sostenerse, articularse y traducir su energía en resultados concretos. Y, sobre todo, si un gobierno con escasa legitimidad está dispuesto a escuchar antes que reprimir.
(FOTO: REUTERS/Sebastian Castañeda)