La siembra y cosecha de agua se ha convertido en la principal actividad con la que los pueblos de las zonas altoandinas del Perú enfrentan la escasez de agua. Arequipa y Cusco son dos de las regiones que recuperan sus pastos mediante el cultivo de lluvias y de esa manera se adaptan al cambio climático.   

La lluvia no llega a las personas en las laderas, los manantiales tienden a desaparecer y los ríos experimentan una disminución del flujo. El cambio climático afecta el ciclo del agua de manera considerable en las zonas altoandinas ubicadas por encima de los 4,000 msnm. La temporada de lluvias ha disminuido a tres meses, y los nueve restantes son un constante desafío para quienes viven allí. Entre diciembre y marzo llueve, y los cerros y las praderas se visten de verde, los suelos se humedecen y las lagunas se nutren con las precipitaciones. Los camélidos tienen alimento. Sin embargo, entre mayo y agosto las heladas arrecian durante las noches y madrugadas con temperaturas que pueden llegar a -28 °C y los pastos se tornan amarillos y se secan. Hasta finales de noviembre estos pasan a ser grises, y solo los pastos más duros (menos nutritivos) resisten.

En la puna (una de las ocho regiones naturales del Perú, ubicada entre los 4,000 y 4,800 msnm) la vegetación es escasa. El ichu –alimento de auquénidos, vacunos y ovinos–, las cactáceas y las bromeliáceas conforman la flora y entre la escasa fauna existente destacan los camélidos. Las alpacas son criadas, alimentadas y cuidadas con devoción, pues son el sustento de quienes viven en las alturas. La mayoría de quienes viven en las alturas, son pequeños ganaderos.

Flor Mamani (32) y Tomás Cayllahua (40) son esposos y viven en Chalhuanca, centro poblado del distrito de Yanque, provincia de Caylloma, departamento de Arequipa. A 4,300 msnm muestran sus pastos, sus camélidos y la qocha (represa rústica) que les ha cambiado la vida. Ambos son conscientes de que su futuro depende del agua, por ello están orgullosos de lo que han conseguido con mucho esfuerzo propio y con el apoyo de sus vecinos.

Tomás y Flor. Jóvenes chalhuanquinos que disfrutan de vivir en su lugar de origen. Se dedican a su estancia, a su qocha y a sus alpacas. Foto: Alberto Ñiquen

Su qocha hace parte de esa costumbre tradicional de siembra y cosecha de agua, que consiste en la construcción de un reservorio para almacenar agua de las lluvias, reducir la escorrentía (agua que se vierte al rebasar su cauce natural o artificial) que produce la erosión y la pérdida de la fertilidad del suelo, y aumentar la infiltración (que permite recargar permanentemente las aguas subterráneas, conservando los bofedales y manantiales aguas abajo, y que también son usadas directamente en las actividades humanas y agrícolas). Además, regenera el paisaje, ayuda a la mejora de la seguridad alimentaria y asegura el alimento de los animales menores y del ganado en temporada de estiaje.

Según el Censo Nacional de 2017, en este centro poblado habitan 220 personas, pero hay muchos más, sin considerar a quienes han migrado hacia la capital de Arequipa y a otras regiones y que solo regresan para las fiestas patronales. En Chalhuanca cada quien tiene sus estancias, camélidos y viviendas. Allí no se pueden cultivar frutas, lo que sí brotan algunos vegetales, los demás deben adquirirlos en establecimientos comerciales del mismo centro poblado o de poblados vecinos.

Fernando Ucsa (49), exvicepresidente de Huacapunco, centro poblado del distrito de Colquepata, provincia de Paucartambo, departamento de Cusco, es un entusiasta difusor de la importancia de las qochas para enfrentar los períodos de escasez de agua en los Andes. Él cría ganado vacuno de calidad y su sustento económico se basa en la venta de la leche de sus animales, así como en sus animales reproductores. En las alturas, nos muestra una de las ocho qochas que él y sus vecinos han construido y se emociona cuando nos percatamos del agua que surge de los ojos de agua.

Fernando Ucsa ha sido dirigente de su pueblo y es uno de los más experimentados para construir y mantener las qochas. Foto: Alberto Ñiquen

Huacapunco, como Chalhuanca, es también zona ganadera. Las viviendas están construidas a 3,328 msnm (región suni) pero sus pastos llegan hasta la región puna. Es una zona fría, con temperaturas mínimas de hasta -16 °C. Los campos alrededor del pueblo sí son cultivados, por lo que su flora y fauna son variadas. Cifras oficiales del Censo de 2017 indican que aquí viven menos de 80 personas, pero Ucsa afirma que son más de 300 personas, sin considerar a quienes migran.

Manejo ancestral del agua en los Andes

En 2018, el Perú promulgó la Ley Marco de Cambio Climático con el propósito de implementar medidas de mitigación y adaptación ante el calentamiento climático, a la vez de poner en práctica sus compromisos en el Acuerdo de París. En su artículo 3, la norma resalta la mitigación y adaptación basada en conocimientos tradicionales. De esta manera “recupera, valoriza y utiliza los conocimientos tradicionales de los pueblos indígenas u originarios y su visión de desarrollo armónico con la naturaleza, en el diseño de las medidas de mitigación y adaptación al cambio climático. Asimismo, propone una mitigación y adaptación basada en cuencas hidrográficas. Protege, restaura y gestiona sosteniblemente el ciclo hidrológico y los sistemas hídricos existentes en las cuencas hidrográficas del Pacífico, Atlántico y Titicaca, a través de una gestión y ordenamiento del territorio que prevea su vulnerabilidad ante los efectos del cambio climático, y que garantice el derecho al agua”.

¿La norma considera a las sociedades originarias? Sí, pero los conocimientos para reservar el agua de quienes viven en las alturas vienen de épocas prehispánicas. Entonces no había crisis climática, pero los lugareños igual debían enfrentar los retos de vivir en un lugar con escasez de agua. Las sociedades preíncas e incas tuvieron un excelente manejo de la variedad de pisos ecológicos existentes y hay vestigios de su ingeniería hidráulica que benefició a su agricultura y a sus camélidos. Utilizaron qochas o reservorios pequeños que les permitieron almacenar el agua procedente de los manantiales para usarla de una manera más eficiente en el riego.

La ingeniería hidráulica inca es famosa por su destreza y alto grado de conocimiento. La cultura Inca supo relacionarse con la naturaleza, sobre todo con el agua. Infografía: Ronald Ancajima

Precisamente, en la actualidad, entre las diferentes actividades de adaptación al cambio climático –algunas incentivadas por el Estado peruano y otras aprendidas por las comunidades originarias íntimamente vinculadas con la naturaleza– destaca la siembra y cosecha de agua. Esta actividad ancestral –que se realiza en Chalhuanca y Huacapunco– también incrementa la seguridad hídrica agraria en estas zonas, y contribuye con la productividad y la mejora económica de los pequeños agricultores y ganaderos; además de estar a la vanguardia de la lucha contra los efectos del cambio climático, al mantener el ecosistema de las cuencas altoandinas. “No hemos inventado la pólvora. Es un conocimiento ancestral. Lo hacían nuestros antepasados, pero creo que por mucho tiempo fue abandonado, probablemente porque no tenían problemas de agua como ahora”, dice Fernando Ucsa mientras se asegura que su qocha está en estado óptimo.

Tomás y Flor sonríen en medio del frío de la puna. Vuelven a mirar su qocha y cuentan que el paisaje que rodea su estancia es distinto, luego de haber sido una simple pampa. Hacen hincapié en sus alpacas y en las aves que se posan en sus aguas y afirman que ellas atestiguan que el ecosistema está en buenas condiciones.  


En la cosmovisión andina, el agua, la tierra y otros componentes de la naturaleza son considerados 'personas' que tienen vida (kawsaqmi). En algunas comunidades, llaman, almacenan y trasladan agua a través de cantos ceremoniales.

La siembra y cosecha de agua es un término coloquial, recién se empezó a utilizar en los años noventa. Por ello, cuando a los altoandinos se les hablaba de la necesidad de llevar a cabo esta actividad su primera reacción era de sorpresa: “¿Cómo que vamos a cosechar agua? ¿Sembrarla? No sonaba lógico cuando los técnicos nos lo decían. Cuando lo entendí, me preguntaba cómo convencer a mis vecinos. ¿Cómo explicarles que si bien tenemos el agua arriba, por la filtración, una parte del agua acaba más abajo, lejos de nuestras tierras y así se benefician otras personas. Había que enseñar bien. Ahora todos están entusiastas, pues todos queremos agua”, detalla Tomás. 

Eso también ocurre en Huacapunco, afirma Wilber Castillo, vocal de la junta directiva de Huacapunco: “Estamos entusiastas por hacer más represas, porque con agua hacemos todo: nuestros pastos, la siembra de nuestros productos. Sin agua no existimos”. Asegura que “los vecinos se han dado cuenta de cuántos nos sirven las qochas. Antes no teníamos esta agua, ahorita hubiera estado seca esta zona”.

Por su parte, Fernando Ucsa resalta que gracias a las qochas, el agua ha aumentado entre 10% y 15%. “Sin la qocha, el caudal del manantial se perdía y nos quedábamos sin agua y discutíamos entre nosotros porque cada quien buscaba cómo abastecerse. Ahora estamos mucho más animados y con ganas de trabajar más”, agrega.  

En algunas regiones se hacen zanjas de infiltración (canales en terrenos de ladera), clausura de praderas (cercado de áreas de pradera en zonas de cabecera de cuenca), manejo de pastos naturales (pastoreo rotativo, rotación de dormideros, etc.), forestación y reforestación, y amunas (captación de agua de lluvia para luego infiltrarlas en rocas fracturadas ubicadas encima de los manantes).

“Lo que hacemos es construir diques rústicos en la salida de depresiones naturales secas o sobre lagunillas temporales existentes, que permiten elevar el nivel del espejo de agua incrementando la capacidad y volumen de almacenamiento”, dice Joel Cayllahua, de Chalhuanca. “Es una práctica sencilla y económica. Para su construcción se utilizan materiales rústicos disponibles en la zona como piedras, terrones de tierra con pasto (champas) y tierra compactada. Para construir el dique se usan piedras grandes, medianas y pequeñas; tierras arcillosas, estiércol. Con pico y pala recta, carretilla, barreta, huincha, cordel, chakitaclla, yeso”, añade Wilber Castillo. 

Faena comunal para construir una qocha. FOto: Flavio Valer

Los beneficios de esta actividad andina se evidencian a corto plazo (ha habido casos de seis meses) y mediano plazo (un año o poco más), y con el paso del tiempo muchas de estas qochas temporales se convierten en permanentes, aunque también algunas se estropean. "Nuestras tierras se ponen verdes gracias al agua, quisiéramos que estuviera así todo el año. Con mejores pastos, nuestros animales se ponen fuertes, no se enferman, no se mueren y gracias a ellos tenemos recursos. Pero queremos que esto sea sostenible, que el Estado nos ayude para que así nuestros hijos tengan oportunidades que nosotros no hemos tenido y puedan ser profesionales”, señala Fernando Ucsa.


Ingeniería con sabiduría ancestral  

En ambas regiones, organizaciones civiles no gubernamentales se han acercado a las comunidades para sumar sinergias y evaluar de qué manera se puede atender exitosamente la disponibilidad del agua en tiempos de sequía. El saber ancestral del manejo hídrico en los Andes de la mano de la ingeniería contemporánea. Desco Sur, en Chalhuanca, y Helvetas Perú, mediante el Programa de Adaptación al Cambio Climático (PACC Perú), una iniciativa impulsada por la Cooperación Suiza Cosude, en Huacapunco, han participado en la capacitación para la construcción y manejo de las microrrepresas rústicas.

“Naciones Unidas reconoce el valor que tienen los valores ancestrales y promueve el acercamiento a este tipo de saberes y examina el nivel que tienen actualmente para, sobre esa base, apoyar los esfuerzos. A pesar del deterioro cultural, aún hay pueblos que preservan estas acciones y hay que saber articularlos a los saberes actuales, sin pensar que esos son suficientes; también tienen que ser esclarecidos con los saberes de la ciencia. Es fundamental aprender de los agricultores y ganaderos, y a la vez capacitarlos para promover el desarrollo sostenible rural”, indica Lenkiza Angulo, especialista en cambio climático y recursos naturales de Helvetas.

Por su parte, la ministra de Ambiente Fabiola Muñoz* resalta que “las ancestrales intervenciones e infraestructuras de siembra y cosecha de agua contribuyen a la eficiencia y sostenibilidad de la gestión de los recursos hídricos, la adaptación proactiva y planificada de los recursos hídricos a los impactos del cambio climático y se complementan sinérgicamente con el conocimiento tecnológico occidental de los recursos hídricos que incorporan asertivamente los saberes ancestrales andinos a los sistemas estatales de gestión de los recursos hídricos de uso agrario”. *[Declaración registrada cuando ejercía como ministra de Agricultura] 

El almacenamiento de agua de lluvia se realiza con profundo respeto a las deidades del lugar donde se va a construir la qocha. La siembra de agua permite que esta se infiltre a través del suelo y subsuelo, y alimente a los acuíferos que dan origen a manantes ('ojos de agua' o puquios), y a los bofedales o humedales de puna. 


Donde antes era una pampa seca, ahora  hay agua y vida a sus alrededores. FOTO: ALBERTO ÑIQUEN

la construcción de sencillas qochas o lagunas, para fomentar la recarga de los acuíferos (siembra) y el almacenamiento de agua (cosecha). Foto: Alberto Ñiquen

Qochas benditas

El tipo de qochas que se construye depende del tipo de suelo. Para la siembra es mejor el suelo poroso y con rocas fisuradas, así el agua se infiltrará más rápido. Para cosecha es mejor el suelo arcilloso, que retiene agua por más tiempo. “Para construir qochas hay que buscar terrenos en las cabeceras de cuencas con depresiones naturales en forma de batea y sin mucha pendiente. El área tributaria, ubicada encima de la microrrepresa, es donde se colecta el agua de las lluvias. El área de influencia, ubicada debajo de la qocha, es donde se evidencian los beneficios de las recargas. Ambas deben ser proporcionales al tamaño de la qocha. Nunca se deben hacer qochas en zonas de deslizamiento o en quebradas, debido al peligro que pueden representar en temporada de lluvias”, explica Flavio Valer, ingeniero zootecnista, apurimeño y experto en siembra y cosecha de agua, y que como consultor del PACC Perú ha ayudado a construir cientos de qochas en distintas regiones del país y conoce perfectamente la realidad de Huacapunco.

El especialista señala que se puede tener 7,000 m3 de agua en una qocha, pero debajo de la tierra, dependiendo del tipo de suelo, puede haber 10 o 50 veces más. “Una qocha de 3,000 m2 puede llegar a infiltrar 5,000 m3 de agua en temporada de lluvia. Con una tasa de infiltración de 0.01 m/día”, subraya. 

En algunos casos el agua que se infiltra al interior de la montaña puede demorar entre cuatro y seis meses en volver a salir a la luz, a través de los manantiales, a más de 500 metros. Sin embargo, como en Huacapunco, los resultados en los manantiales y bofedales (humedales altoandinos que se caracterizan por su vegetación semejante a un cojín y por su estructura, que podría compararse con la de una esponja, puesto que son colectores de agua) no siempre son inmediatos, sino que se aprecian al cabo de un tiempo que puede ser de un año o más. Valer recuerda que cuando comenzaron a usar la técnica no fueron tan bien recibidos: “En las primeras qochas que hicimos se secó el agua después de unos tres o cuatro meses. Entonces la gente pensaba que había perdido tiempo, cuestionaba su utilidad. En el corto plazo, ellos preferían retener el agua en la qocha para usarla de abrevadero, por ejemplo, pero la finalidad de las qochas es otra: captar agua para alimentar los manantes que están en la parte baja”.

Una vez que logran buenos resultados, las represas se vuelven fundamentales para la vida de cada familia. “Esta represa nos beneficia bastante para acumular nuestra agüita. La utilizamos como almacén de agua cuando hay sequía, esto nos mantiene y no solo a nosotros, sino también a varios vecinos, alrededor de nueve familias”, dice Tomás Cayllahua. Su esposa, Flor Mamani, una mujer fuerte que trata con mucho respeto y docilidad a la naturaleza, quiere a sus alpacas y atesora el agua. Cuida el hogar, a su pequeño hijo, pero está pendiente de su qocha.  

“Las qochas nos ayudan mucho a nosotros. Antes nuestros pastos estaban secos, ahora están con agua, con humedad, con bofedales bonitos y nuestras alpacas están a salvo. Nos beneficia mucho, queremos que nos abastezca más agua. Queremos almacenar más agua así”, enfatiza Juana de Dios Hinojosa, habitante de Chalhuanca y que además de participar en el pastoreo de alpacas y mantenimiento de los manantiales se dedica al tejido para lograr ingresos económicos.

Juan Carlos Lizárraga, ingeniero especializado en infraestructura natural de Desco Sur, ONG que asesora a Chalhuanca (y otras zonas del sur andino) desde hace más de 20 años, anota que el agua almacenada permite regar ciertos sectores de pastos naturales de setiembre a diciembre, con una frecuencia de riego de cada 20 días que proporciona humedad anticipada a los pastos naturales que al ser complementada con las lluvias logra incrementar la producción forrajera en más del 125%.  

Él acompaña a Tomás y a Flor, y nos comenta: “Ellos abren las válvulas de su qocha en septiembre, octubre, noviembre, diciembre, para mejorar los pastos y poder alcanzar la siguiente campaña de lluvia. Por donde discurre el agua es un canal que va a transportar el agua a la parte más baja, donde la familia ha empezado a hacer sus actividades, principalmente de mantenimiento y manejo de los pastizales naturales. Aquí esperan casi un año para poder esquilar las alpacas y vender la fibra, y se mantienen con la venta de carne, que benefician de animales cada dos meses, para poder tener sustento de la familia, en el tema de la alimentación y vestido para sus hijos. Esto gracias a la cosecha del agua”.

Pero ¿qué reciben estos peruanos de las montañas a cambio del cuidado del agua? El Perú es uno de los países latinoamericanos en donde el cuidado de las fuentes de agua es una política pública. En 2014, el gobierno promulgó la Ley de Mecanismos de Retribución por Servicios Ecosistémicos (Merese), que ha permitido que la Superintendencia Nacional de Servicios de Saneamiento (Sunass) impulse, entre los años 2013 y 2018, que 34 empresas prestadoras de servicios de saneamiento implementen este mecanismo para conservar sus fuentes de agua. El papel del regulador es promover e incorporar en las tarifas de los servicios de saneamiento un porcentaje destinado a la conservación de las fuentes de agua, en tanto que el ciudadano tiene la oportunidad de colaborar y proteger el medio ambiente a través del pago mensual en sus recibos de agua.   

El potencial de los mecanismos de retribución por servicios ecosistémicos es enorme, pero nuestros entrevistados aún no ven esa reciprocidad. Ellos no quieren dinero para sus bolsillos, sino para hacer más qochas.

“Aquí vivimos y cuidamos el agua. Abajo, la ciudad de Arequipa no sabe de dónde procede el agua que consumen. Esta llega a la represa Chalhuanca y de ahí hasta la minera Cerro Verde y también a la planta de generación eléctrica. Las empresas beneficiarias deberían retribuirnos. Ellas crecen y nosotros seguimos siendo pobres a pesar de que cuidamos el agua. La retribución debe ser para nuevos proyectos, para sembrar nuevos espejos de agua, para mantener y proteger a nuestras alpacas”, señala Joel Cayllahua, expresidente de regantes de Chalhuanca.

En Cusco, también piden esta atención. “Queremos un incentivo o apoyo del gobierno regional o del gobierno del presidente Martín Vizcarra. Ojalá que nos atienda. La retribución la esperamos en cualquier forma, que valoren nuestro trabajo con el agua porque no solo es beneficio para nosotros sino para muchas personas que viven fuera de nuestras tierras”, remarca Wilber Castillo.   

Respecto de las fuentes de financiamiento para invertir en seguridad hídrica, Isabel Calle, directora del Programa de Política y Gobernanza Ambiental de la Sociedad Peruana de Derecho Ambiental (SPDA), resalta que los mecanismos de retribución por servicios ecosistémicos pueden ser un punto de partida importante para que sean aprovechados a nivel de cuenca, beneficiando a todos los usuarios, desde la agricultura, ganadería, usuarios poblacionales y en distintas actividades productivas.

El Estado peruano entra en acción

El éxito de esta práctica ancestral ha generado la atención del Ministerio de Agricultura y Riego (Minagri), que desde el 2017 desarrolla esta estrategia a través de la Unidad Ejecutora Fondo Sierra Azul (UEFSA) y construye qochas, zanjas de infiltración, campañas de forestación, habilitación de praderas y amunas en coordinación con los gobiernos regionales y locales, así como con las comunidades organizadas.

En julio pasado anunció una inversión de 34 millones de soles (US$10,3 millones) para construir 360 qochas durante el 2019, que aportarían un volumen de embalse de 5 millones de metros cúbicos de agua para mantener irrigadas 22,023 hectáreas de cultivos que beneficiarían a aproximadamente 5,000 familias de pequeños agricultores. La primera etapa inició con la construcción de 160 qochas en las regiones Ancash, Apurímac, Ayacucho, Cusco y Huancavelica. Al 2021 se proyectan 1,250 qochas.

A más de 4,000 msnm, una de las ocho qochas en tierras de Huacapunco.

“El agua de las qochas, además de alimentar los acuíferos, puede ser usada para el riego específico de algunos cultivos de acuerdo a los que los productores decidan. Eso es agricultura familiar”, dice Muñoz.

Es más, este año el gobierno promulgó la Ley que declara de interés nacional y necesidad pública la implementación de la siembra y cosecha de agua, así como la difusión de las técnicas ancestrales de siembra y cosecha de agua en la población. Para Valer, esta norma contribuirá a la productividad, la mejora económica y al ecosistema. “Por fin, los gobiernos locales, regionales y nacionales deberán tomar en cuenta la importancia que tiene la implementación de esta actividad para la recarga de los acuíferos; ojalá consideren en la planificación el presupuesto adecuado para esta actividad”.

En la construcción de qochas trabajan mujeres y varones. Foto: Flavio Valer

La cosecha de agua –subraya el Minagri– se enmarca dentro de los lineamientos y políticas de estado que promueve en sus diferentes niveles de gobierno (Ley de Recursos Hídricos). Además, la política y la estrategia nacional de recursos hídricos en la gestión de cantidad del agua como parte de una estrategia de conservación de la oferta hídrica considera promover mecanismos de protección, conservación y restauración de los ecosistemas vinculados a la regulación de la oferta hídrica por cuencas.

“Con las 160 qochas, el Minagri busca honrar la promesa del Gobierno en dotar de agua a las comunidades altoandinas, asegurar sus cultivos, preparar pastos para alimentar a sus animales, desarrollar cadenas productivas y comercializar productos que mejorarán sus condiciones de vida”, señala Max Sáenz Carrillo, director ejecutivo de Sierra Azul.

Para el 2020 se proyecta ejecutar oficialmente otras 360 qochas (aunque pueden ser más), con similar inversión a la de este año. De tal manera que en el periodo 2019-2020 se almacenarían 21.627,442 millones de metros cúbicos para mejorar las condiciones de riego en una superficie de 62,677 hectáreas, en beneficio de 21,252 familias.  

Fuente UEFSA


Yakuykiwan Kawsanchis (Gracias a tu agua vivimos) 

De cara a los siguientes años, los escenarios en las partes altoandinas serán complicados, muy críticos. De acuerdo con los recientes informes científicos globales, la temperatura del planeta aumentarán y las lluvias disminuirán, por lo que en estas regiones el agua será escasa. En Arequipa y Cusco, nuestros entrevistados confían en que la construcción de qochas de siembra y cosecha de agua atenuará los efectos de un futuro con sequía, pero no quieren estar solos, demandan la presencia y participación del Estado y de todos quienes no viven en las alturas pero se benefician con el agua que ellos almacenan.

Los éxitos logrados en Chalhuanca y Huacapunco han contagiado a otros centros poblados, en Arequipa, Cusco y otras regiones, que solicitan ser capacitados para construir sus qochas. Esa necesidad y ganas de los altoandinos debe ir de la mano con el Programa Nacional de Siembra y Cosecha de Agua que el Minagri impulsa, y en la cual deben participar las organizaciones civiles que han cooperado técnicamente con las comunidades.

La siembra de agua satisface las expectativas de los productores agrarios en zonas de extrema pobreza y escasez estacional y cubre las brechas de infraestructura que contribuyan a mejorar la oferta hídrica. También asegura la sostenibilidad del recurso hídrico y ayuda a dinamizar la economía local.

Con agua, mejores pastos, y con ellos las alpacas tienen alimento seguro. Foto: Alberto Ñiquen

Puna arequpeña. a lo lejos  cientos de camélidos se alimentan mientras los chalhuaquinos hacen pago a la tierra. FOTO: ALBERTO ÑIQUEN

Nos despedimos de nuestros entrevistados y nos quedamos con la reflexión de Fernando Ucsa. Él y sus vecinos confían en llegar a salvo el próximo noviembre, el mes más crítico para los altoandinos. “Mis ancestros siempre han dicho eso: ‘mes de noviembre es cuando los animales han muerto, cuando las crías no se salvan porque no hay agua y ni pasto verde’. Pero con nuestro trabajo confiamos en que llegaremos bien y no perderemos animales. Hemos aprendido y podemos enseñar a nuestros compatriotas”.


Este reportaje fue realizado en alianza con CONNECTAS con el apoyo del Programa Regional de Seguridad Energética y Cambio Climático en América Latina de la Fundación Konrad Adenauer (EKLA-KAS).  


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