Invitado mulero: Alex Huerta-Mercado, investigador CISEPA-PUCP

No ha habido una concepción cultural del espacio donde una cantidad tan grande de cuerpos interactúan al mismo tiempo en espacios abiertos como lo es la ciudad moderna. Aquella ciudad moderna fruto de la revolución industrial que prometió bienestar al individuo y que ha devuelto estratificación dramática, condiciones precarias de salud y una colección de enfermedades mentales gatilladas por las condiciones de hacinamiento, falta de higiene y estrés competitivo.  

Pero tal vez un aspecto particularmente grave es la marginación de más de la mitad de la población, es decir las mujeres, que no pueden recorrer el espacio público con el miedo de ser agredidas física o verbalmente. Como si fuera poco, generalmente han sido culpadas de incentivar estas actitudes ya sea por vestirse de tal o cual manera o de exponerse en tal o cual lugar lo que hace de esta situación no solo absurda sino injusta.

Cambiemos la perspectiva y centrémonos en la construcción del género masculino. ¿Qué hay de los hombres? ¿Por qué esta identidad es vista permanentemente como “potencial violador”? ¿Por qué se justifica tanta agresividad? Esa famosa categoría de “hombre” es una invención cultural, es decir fruto de una serie de qué es y qué no es ser hombre en cada sociedad. Algunos muy dolorosos como en Nueva Guinea que implica incisiones sobre la piel y golpes, y otros progresivos como en nuestra sociedad que exige al hombre no llorar y jugar fútbol de manera agresiva y resistiendo golpes. La psicoanalista Nancy Chodorow plantea que es necesario de alguna forma arrancarlo de la figura materna para que no la imite totalmente a fabricarlo socialmente en un proceso. ¿Cuándo termina este proceso de construir a un “macho” en la especie humana? En realidad, esta búsqueda de autoconvicción dura toda la vida y se da permanentemente, convirtiendo a los hombres en niños inseguros mostrando una máscara de machos completos. Inseguridad que se traduce en un constante teatro que busca demostrar fortaleza, superioridad y que deviene en violencia y amargura.

La antropóloga peruana Norma Fuller sostiene que en el Perú hay más de un tipo de masculinidad, es decir, convivimos a lo largo de nuestra historia de vida con distintos tipos de masculinidades. Así por ejemplo un joven peruano, llamémoslo Javier, cuando está en sus últimos años de colegio será exigido por sus amigos a mostrar su virilidad, es decir su capacidad física para probar, lo que supuestamente, lo hace hombre. De ahí las primeras borracheras (donde la cama da vueltas), las peleas (“te espero a la salida”) o las primeras experiencias sexuales. Todas estas actividades serían clandestinas al menos para los padres y los profesores, y serían promovidos por un rebelde grupo de pares. Javier tendrá que cuidarse de no sobrepasar los límites de este proceso de obtención de la virilidad porque así como es vigilado por sus amigos, de exagerar también será juzgado como “enfermo”, “mañoso” o “pervertido”.

Luego, ya cuando Javier es un adulto, la misma sociedad le exigirá que muestre “hombría”, es decir que sea padre y a la vez proveedor y protector de una familia a la que la sociedad le asigna mandar. Esto como ideal que no necesariamente corresponde con la realidad, donde muchas mujeres son jefas de hogar. Así, por ejemplo, la publicidad y la denominación que se usó en el último censo parecían tomar por sentado que el varón era el “jefe del hogar”. Sin embargo de Javier se esperará que salga a confrontar cualquier peligro ya sea salir a investigar ruidos en6 la casa durante la noche o estar preparado para enfrentarse a cualquier agresor que amenace a su familia. Parece mentira, pero como en el caso anterior, Javier será juzgado en nuestra sociedad machista si se dedica mucho al hogar como “sacolargo”, “pisado”, “cosito” o “arrastrado”. Como ven, no hay tregua.

Por último, a nuestro amigo Javier se le demandará ser un hombre exitoso en el plano público. Estará vigilado por los ojos de una sociedad que condena la vagancia y aunque sea difícil conseguir trabajo se le exigirá hacerlo y ascender. Incluso la sociedad lo mirará con sospecha si su pareja gana más que él, se llamará “mantenido” o incluso “convenido” y la farándula local nos ha dejado suficientes casos de juicio social. Peor aún si Javier se dedica a estar en el trabajo todo el tiempo, será catalogado como irresponsable y ausente.

El espacio público desde la colonia ha sido visto como un espacio de los hombres recluyendo a las mujeres al hogar y generando la opresión del espacio doméstico para ellas. No es de extrañar que en muchas partes de Hispanoamérica los hombres se sientan más cómodos tomando con sus amigos que en la casa. A su vez no se puede negar que la conquista del espacio público por parte de las mujeres ha sido un proceso lento y difícil pero posible y logrado.

Norma Fuller observa que las masculinidades esperadas son de por sí contradictorias y vulnerables y, en los últimos tiempos, desafiadas. “Ser hombre” es una categoría que puede perderse. Es común oír expresiones como “no eres lo suficientemente hombre”, “compórtate como hombre”, “los hombres no lloran”, donde se sugiere que se puede perder esta condición. Junto con ello, las mentalidades sociales han ido cambiando de forma mucho más rápida que la identidad tradicional del varón. El discurso democrático exige ahora un mundo mucho más amplio donde conviven, se aceptan y valoran identidades como las lesbianas, gays, transexuales, bisexuales e intersexuales. En este mundo que está en proceso de construcción (con mucha lucha de por medio) el “macho alfa” clásico ya no puede definirse por oposición a la mujer, o sentirse seguro de su propia masculinidad. El macho alfa tampoco puede ser viable en un mundo donde las mujeres han adquirido mayor poder político, económico y simbólico y recursos mucho más consuetudinarios para defenderse.

“Sé que entiendes al niño que yace dentro del hombre” es una frase que revela la esperanza de ser entendido, cantada por John Lennon en la canción Woman al interior de una etapa de su vida en la que quería reivindicarse como pareja y como padre, etapa interrumpida por su terrible asesinato. La frase es un legado acerca de aquella inseguridad que priva al hombre de poder vivir plenamente su ternura y su vulnerabilidad y esa absurda necesidad de obedecer al qué dirán social, promovido por un machismo omnipresente que lo conduce a buscar ser un macho alfa con resultados desastrosos.