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Juan Villoro: “Trato de salvarme cobrando distancia de la arrogancia intelectual”

El escritor mexicano, uno de los principales invitados de la Feria Internacional de Libro de Lima, explica por qué ni la madurez hace que uno entienda el mundo mejor que los demás. 

Publicado: 2017-07-25

"No en balde Villoro lo sabe todo, lo ha visto todo y oído todo, y ha leído todos los libros y más”, escribió el escritor mexicano Hugo Hiriart (Premio Nacional de Ciencias y Artes 2009) en 'Materia dispuesta' (Candaya, 2011), un libro de casi quinientas páginas en el que 41 especialistas analizan -sin poder evitar la fascinación, la mayoría de la veces- la obra de Juan Villoro (Ciudad de México, 1956).  

Villoro ríe. “Lo que pasa es que soy una persona muy metiche y siempre ando buscando cosas diferentes. En eso yo creo que tengo una condición psicológica más bien infantil. Yo veo jugar a los niños, cómo se concentran enormemente en una tarea y de pronto ya están en otra”, se explica. “Me han interesado mucha cosas pero también hay cosas que me repugnan. El golf, por ejemplo. Me parece absurdo como concepto, ecológicamente espantoso y un deporte para ricos ociosos. Hay también muchas molestias de la vida diaria que no comprendo, entre ellas todo lo que se relaciona con el dinero, la economía, los precios, el consumo, las marcas. Si alguien me pregunta de situaciones en África, debo confesar que no sé nada”.

Después de seis novelas (incluida 'El Testigo', Premio Herralde 2004), seis libros de cuentos, ocho libros de literatura infantil, seis de ensayos, diez de crónicas y tres obras de teatro, hay que seguir sumando: el artículo 'La alfombra roja del terror narco' que le valió el Premio de Periodismo Rey de España en 2010, sus constantes conferencias sobre todo lo habido y por haber, canciones escritas para bandas como Café Tacuba y sus últimas incursiones en el escenario para llevar a cabo lecturas acompañado de la banda Caifanes. A los 60 años, Villoro, el hombre que parece saberlo todo, lo repite una y otra vez: “Una de las cosas más extraordinaria que le puede pasar a una persona es ser principiante”.


Esta percepción que hay de ti te ha llevado a ser un líder de opinión. Hace poco en la columna que titulaste ‘El crepúsculo de los medios’ señalaste que hoy, en un mundo de Facebook y Whatsapp, los grandes debates y análisis no llegan a la gente. Ponías como ejemplo la elección de Donald Trump que se dio a pesar de todo el debate que hubo sobre él. ¿Cuál crees que es el lugar de un intelectual, un pensador, un líder de opinión en un contexto así?
De acuerdo con el diccionario de Oxford, la palabra más importante del 2016 fue "postverdad", esta distorsión de la verdad, que no es lo mismo que la mentira pero que es algo que se acerca a la verdad sin serlo. Eso nos habla de cómo estamos recibiendo hoy en día la información y las noticias, sobre todo a través de las redes sociales. Hemos perdido ciertos espacios de verificación de la verdad y creo que uno de los grandes desafíos contemporáneos es tratar de buscar la verdad y hacerla prevalecer. Por supuesto que la verdad es una categoría subjetiva, pero podemos considerar como verdadero algo que no tiene pruebas en contra, que no ha sido puesto en cuestionamiento por otro tipo de discurso o argumentación. Justamente porque hoy en día la verdad es más esquiva, el papel del periodismo y de la reflexión intelectual debe tratar establecer con certeza qué es verdadero y qué no lo es.
Tú te has preocupado mucho en tu obra por darle una estética particular a las ideas o a las conclusiones a las que llegas. Se ha dicho que eres un aforista metido de narrador. ¿Cuál crees que es la importancia o el lugar de la estética de los discursos en un momento en el que tienen asidero discursos vacíos como los de Trump, Maduro o incluso el del mismo Peña Nieto?
El periodismo, sobre todo el periodismo escrito, tiene que reconocer que su principal herramienta es el lenguaje. Esto suena a una tremenda obviedad, pero realmente debemos asumir que la realidad del periodismo escrito no está en el mundo de los hechos, está en las palabras. El lector no va a ver los hechos de los que tú estás hablando, va a ver las palabras que convocan esos hechos. Y si tu lo haces de manera sugerente, atractiva, inolvidable, él se va a sentir comprometido con lo que tú estás diciendo. Y cuando el lector tiene esta empatía, siente necesidad de hacer algo. A mí me gusta mucho el final de la película Spotlight donde, después que se empiezan a publicar los reportajes en el Boston Globe, la gente reacciona llamando por teléfono a la redacción para dar testimonios parecidos a lo que ya se publicaron. Esa es la empatía que puede generar el buen periodismo.
Otra de las características que tienes es que puedes hacer convivir el fútbol, el rock, la filosofía, la ciencia política para explicar un país. Esa fue una las principales razones por las que ganaste el Premio de Periodismo Rey de España. ¿Qué no llegamos a entender o qué nos estamos perdiendo por tratar de darle una especie de orden a la vida con periódicos que ponen la política en la política, la cultura en la cultura, que separan lo nacional de lo internacional?

La realidad siempre se presenta de manera compleja. En México padecemos el tema narcotráfico desde hace mucho y en el 2006 el presidente Felipe Calderón lanzó la llamada guerra contra el narcotráfico, pero su concepción del problema fue meramente militar y consistió en sacar al ejército a las calles, con lo cual solo demostró que toda bala es, al fín de cuentas, una bala perdida porque las cosas no se cambian de ese modo. El narcotráfico es un problema social, está incrustado dentro de nosotros, tiene que ver con una distorsión de los valores, con situaciones económicas, políticas, religiosas, con falta de empleo para la juventud. Solo se puede entender el problema si todo ello se toma en cuenta.  

Todas las formas del conocimiento se benefician conociendo otras cosas. Yo traduje a un escritor alemán del siglo XVIII, Lichtenberg. Él era un experto en la electricidad, pero tenía una curiosidad dispersa como tantos hombres por muchísimas cosas. Se interesó en la sexualidad, en los sueños, en la relación entre la matemática y la poesía, en la moda femenina, en muchísimos temas. Fue precursor de muchos de ellos. Colaboró a que se creara la pila, fue maestro de Alessandro Volta. Todas estas sabidurías de Lichtenberg lo llevaron a decir, en un aforismo, lo siguiente: el que conoce solamente a sus hijos, ni siquiera a sus hijos los conoce bien. ¿Qué quiere decir esto? Si tu solamente conoces una parte del conocimiento, ni siquiera eso lo conoces. El conocimiento realmente tiene que ser centrífugo, tiene que abarcar muchas cosas. Nadie puede ser experto en todo, pero ayuda mucho conocer otras zonas del conocimiento. Uno se beneficia mucho escuchando como hablan los astrónomos, los economistas, los sacerdotes, incluso los líderes políticos.

Más allá de la cantidad de referencias que manejas y las características literarias de tu obra que, juntas, dan cuenta de un nivel intelectual particular, el poeta mexicano Luis Ignacio Helguera, ha dicho que, a pesar de eso, tu secreto es más bien otro: la preservación de la infancia y la imaginación del niño. Justamente la venta de tus libros para niños supera en creces el resto de tu obra y has declarado que una de las cosas que no dejarías sería la literatura para niños. ¿Cuánta distancia existe realmente entre la madurez intelectual y la infancia?
La infancia es un periodo de madurez. Durante mucho tiempo se pensó que ser niño era una preparación para ser adulto, que se trataba de alguien que estaba en trámite y, a partir de la Ilustración, el siglo XVIII y de libros como ‘Emilio’ de Jean-Jacques Rousseau, se empezó a ver al niño como un fin en sí mismo. Es una etapa ya lograda, una etapa consumada. El niño tiene muchas maneras de ser maduro, lo que pasa es que son diferentes a las que tiene el adulto. La literatura infantil tiene que ver con eso, con estimular ese momento que ya es un momento de llegada de la mente infantil. Para lograrlo, el escritor tiene que retrotraerse a ese momento. Me gusta mucho la dedicatoria del principito: “todos los adultos han sido niños, pero algunos lo han olvidado”. Él le dedica el libro a su mejor amigo, pero no al que es en ese momento sino al que fue cuando niño. Ese poder regresar a la infancia es algo que logramos a través del juego, del deporte, del arte. Cuando nosotros vemos un dibujo de Miró, de Picasso o de Matisse, vemos que hay algo de grandeza infantil. Baudelaire decía que tenemos de genios lo que conservamos de niños. Poder establecer contacto con esa infancia que sigue dentro de nosotros, si sabemos descubrirla, es uno de los grandes misterios y de las grandes habilidades de la vida adulta. Me gustaría pensar que cuando escribo para niños, no solamente estoy escribiendo como el adulto que soy, sino como el niño que fui.
¿Cómo hiciste en tu caso para no perder esa mirada de niño?

No tengo la menor idea. Creo que tiene que ver con haber llevado una infancia no muy satisfactoria. No viví la guerra, no viví el hambre, no viví la enfermedad ni la pobreza extrema, pero fue una infancia triste, desubicada, insegura, insatisfactoria. Es la etapa que menos me gustaría vivir, pero es la etapa que más me gusta vivir imaginariamente. Quizá hay un afán de compensación de mi parte. Quizá he querido asignarme una segunda infancia.

Foto: Stefany Aquise / lamula.pe

Hay un rasgo particular en tu biografía sobre esto que señalas. Luego de esa etapa te empiezas a desarrollar como académico y esto suele aumentar la distancia con la realidad y muchas veces termina en una amargura o disconformidad mayor. En tu caso no es así. Una de las principales características de tu obra es el humor para hablar de los problemas. ¿Cómo hiciste para no llegar a la amargura?
Soy hijo de un filósofo y todos sus amigos también lo eran. Los adultos que yo conocí de niño eran bastante inteligentes y sumamente neuróticos. Hay maneras específicamente absurdas de comportarse de gente que es muy inteligente, que puede tener un gran razonamiento abstracto, pero que no es capaz de descifrar cuestiones emocionales o sentimentales. Probablemente yo mismo he padecido esta tara, pero he tratado de salvarme de alguna manera, cobrando distancia de la arrogancia intelectual que te hace pensar que entiendes el mundo mejor que los demás. Cualquier persona te descifra cosas de la realidad si sabes escucharla. Quizá por haber crecido en un caldo de cultivo tan intelectual me puse muy alerta respecto a los excesos de interpretar el mundo en clave racional y de alejarte de las emociones porque finalmente lo mejor que uno puede tener en la vida son emociones. Me parece mucho más importante ser un buen padre, que escribir un buen libro.
Has llegado a decir en algún momento que la tolerancia, hoy en día, es casi un atrevimiento y ahora mencionas la importancia de no sentirse superior. Así como tu padre, tú has continuado en diálogo con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional que para muchos puede ser un enemigo. Más allá de cuál sea el opositor en determinado momento ¿qué consideras que se está perdiendo en mundo que, por momentos, pareciera que cada vez se inclina más por rechazar al otro?
Las redes sociales son un muy buen ejemplo de la irritación, el odio y la capacidad de condena. Es muy raro que tu veas, por ejemplo en Twitter, que alguien mande un tuit para recapacitar, para enmendar algo que dijo, para pedir perdón, para aceptar que el otro tenía razón. Sin embargo, esto sigue ocurriendo porque el ser humano no ha dejado de recapacitar y reconsiderar, pero la tolerancia es cada vez menos visible y vivimos en una sociedad muy crispada en donde la gente intercambia autoritarismos. Obviamente eso se favorece con discursos de 140 caracteres en lo que no hay mucha opción para el matiz. Creo que precisamente por eso, la tolerancia hoy en día es un gran atrevimiento. Y sí, el EZLN ha sido una de las grandes lecciones que hemos recibido en México. Las comunidades más precarias en lo económico nos han dado una lección de que se puede vivir de otra manera, se puede impartir otro tipo de justicia, puede haber una solidaridad diferente en los municipios controlados por los zapatistas y, sobre todo, puede ver un mundo donde que quepan muchos mundos, como ellos mismo han dicho. Curiosamente alguno de los mejores interlocutores del zapatismo han sido personas que piensan distinto a ellos, y lo han comentado públicamente: han dicho que ellos encuentran más solidaridad en quien se opone inteligentemente.
Tiene relación un poco con lo que has dicho en varias ocasiones sobre la crisis actual de confianza de las sociedades en la política y las instituciones: que más te preocupa la pérdida de las expectativas. ¿Cómo retomar esas expectativas?
A veces yo pienso que estábamos mejor contra el PRI. Cuando había un partido oficial que siempre ganaba las elecciones y que durante 71 años estuvo en el poder, este sistema permitía al menos saber donde estaba el bien. En la medida en que te oponías al PRI, pensabas que había algo diferente, superior. Pero en el año 2000 pasamos por la alternancia democrática y ganó un partido peor que el PRI que es el PAN. Durante 12 años tuvimos gobiernos que hicieron extrañar al antihéroe de la política mexicana, a tal grado que el PRI regresó por sus fueros y gobierna hoy México. Parece una gran contradicción pero es que sencillamente la alternativa resultó peor. Y hoy estamos ante una doble crisis: la de la realidad y la de las expectativas. No hay por quién votar.
Más allá de las opciones electorales, en algún momento has mencionado que el rock, por ejemplo, para ti fue muy importante justamente porque demostraba que había otras formas de vivir. ¿Qué otro fenómeno consideras que ha vuelto tener un impacto así de importante en la sociedad?

Cuando yo era niño, el maltrato a los animales era perfectamente normal. Yo mismo, y ahora me sorprende, iba de cacería con un tío que era cazador profesional y yo mataba por deporte diversos animales. Me parecía que era algo, no solo entretenido, sino casi épico, heroico. Hoy en día, por fortuna, esto resulta aberrante para muchísimas personas. Creo que esto lo hemos ido ganando culturalmente, a través del periodismo, de las universidades, de discusiones, del arte. Si tu empiezas a ver en México dónde surge el respeto a las diferencias sexuales, surge básicamente en expresiones artísticas que poco a poco empiezan a entrar en la sociedad y fomentan una participación ciudadana que termina organizando marchas, comunidades, colectivos, grupos de discusión y, poco a poco, esto empieza a entrar en la agenda nacional sin que haya sido una iniciativa original de los partidos o de los políticos. Este tipo de realidades son muy importantes.  

En 1994, el ejército zapatista se levantó en armas. En aquel momento México entraba al tratado libre comercio con Estados Unidos y Canadá, con una ilusión de formar parte del primer mundo, pero olvidando a los más rezagados del país, que eran más de 10 millones de indígenas que vivían en condiciones cercanas al neolítico. Los zapatistas pusieron el tema de los indígenas en la agenda de la modernidad y dijeron "nunca más un México sin nosotros". Hoy en día las condiciones de vida de las comunidades indígenas no han cambiado del todo, pero ya el tema está en la agenda nacional y ese ha sido un triunfo contracultural del zapatismo. Difícilmente se puede, hoy en día, ignorar que los indígenas no son aquellos que engrandecen nuestros museos y que dejaron las pirámides, sino que pertenecen al presente. Estos cambios que son lentos, que son sutiles, a larga son más importantes que los cambios políticos que suelen decepcionarnos.

Tu padre, Luis Villoro, fue uno de los filósofos más importantes de México. Has contado que en el colegio te era muy difícil explicar a qué se dedicada porque él te decía que "buscaba el sentido de la vida", mientras los papás de tus amigos eran comerciantes o pilotos. Hoy que tienes 60 años, ¿ya sabes a qué se refería?
Lo aprendí muy pronto. La filosofía, efectivamente, es muy útil. No es otra cosa que la búsqueda de instrucciones para vivir. La vida tiene reglas, secretos, instrucciones de uso, y el filósofo trata de averiguarlas. Así nació en Grecia y quizá después se volvió excesivamente compleja, pero realmente la filosofía sirve para eso. Es el amor al conocimiento para vivir mejor. Desde luego que ya en el bachillerato pude saber que a lo que se dedicaba mi papá no era algo ocioso, sino que tenía, no solamente un sentido profundo, sino una gran utilidad. Necesitamos filósofos tanto como necesitamos bomberos.

Escrito por

Raúl Lescano Méndez

Periodista. Editor de la revista Poder. @rlescanomendez


Publicado en

Redacción mulera

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