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Joe Sacco: por qué un reportero de guerra debe volver a reír

Una entrevista con el dibujante más destacado del periodismo contemporáneo. 

Publicado: 2017-05-09

"El periodismo es un proceso con grietas e imperfecciones en el que se ve implicado un ser humano, no una fría ciencia llevada a cabo por un robot”, escribió Joe Sacco (Malta, 1960) en la introducción de Reportajes (2012).

En este libro, Sacco compiló sus reportajes ilustrados, crónicas gráficas -llámelos como desee- sobre las guerras en Palestina, Irak, Kushinagar, Chechenia, la migración africana y lo primeros procesos internacionales por crímenes de guerra que destaparon las guerras en Yugoslavia. Cada uno de ellos publicado en medios como Times Magazine, New York Times Magazine, The Guardian Weekend, Harper's Magazine, Virginia Quartely Review, entre otros. Esta es una pequeña muestra de una obra gráfica que -después de un inicio dedicado a retratar el mundo del 'rock and roll'- lleva hasta hoy casi 25 años y 13 libros, la mayoría de ellos dedicados a retratar los grandes conflictos humanos del siglo XX y XXI.  

Con las grietas e imperfecciones propias de la subjetividad de los dibujos, Sacco, como otros, ha hecho que la tan mentada objetividad del periodismo quede desactivada, como ha señalado el crítico español Jorge Carrión. O, como diría el mismo Sacco, “que muchos arruguen la nariz ante la legitimidad del cómic como forma efectiva de ejercer el periodismo”. Es justamente la capacidad que tiene Sacco para sintetizar en una nariz arrugada un debate teórico, lo que le permite mostrar con claridad -muchas veces cruda- la complejidad de las desgracias alrededor del mundo.

Si bien la crónica periodística y el arte gráfico cada vez encuentran más razones para convivir, en los últimos años Sacco ha refrescado su narrativa en 2013 con un fresco sin palabras de siete metros sobre el capítulo más sangriento del ejército británico en la Primera Guerra Mundial y en 2014 con un webcómic sobre la Masacre de Srebrenica (Bosnia). Con BUMF, su último libro, deja atrás los gritos y las lagrimas del desastre humano para adentrarse en una sátira política con tintes de ciencia ficción. “Necesitaba volver a reír”, ha declarado en varias entrevistas.

Foto: Hans Rivadeneira / lamula.pe


Si bien se te considera el pionero en retratar las guerras de manera ilustrada, has aclarado varias veces que ya medios como el London Ilustrated News o el mismo Goya lo habían hecho antes. ¿Por qué crees que, a pesar de ello, se te sigue considerando el pionero en este campo?
Creo que el trabajo de Goya tuvo mayor repercusión, por lo menos conmigo. Es algo que ha existido antes, sí, pero creo que ahora impacta más porque la tendencia fotográfica hace que esta sea inusual. Ahora, en vez de ilustradores, se envía a fotógrafos y gente como yo, como aquí Jesús Cossío, hemos buscando otras maneras de contar esas historias. Es como ir un poco contra la tendencia. La verdad es que trato de no pensar en esas etiquetas. 
Una de tus premisas es una frase del periodista inglés Robert Fisk que dice que los periodistas deben estar del lado de los que sufren. Sin embargo, como demostraste con el retrato de Irak en 2005, que lo contabas también desde el lado de los soldados, muchas veces el sufrimiento está de ambos lados. ¿Realmente el sufrimiento tiene un bando?
El primer nivel del sufrimiento es el de quienes son atacados y que no tienen nada que ver con las discusiones políticas que están detrás y la mayoría de las veces son personas inocentes. Y desde el lado de los perpetradores también hay gente sufriendo y muriendo. Se sufre en ambos lados, pero yo trato de enfocarme en los civiles involucrados en la guerra.
¿Por qué?

Mi padres, que crecieron en Malta durante la Segunda Guerra Mundial, me hablaron mucho acerca de la guerra, de las bombas, los refugios, de la gente que moría a su alrededor. Todo eso me dejó un interés particular en cómo un civil puede quedar atrapado en un evento histórico así. Aunque la guerra, a estas alturas, ya no es ajena para mí, sí lo es para muchos norteamericanos a pesar de que pudieron experimentar un poco esa sensación con los atentados del 11 de septiembre. De la nada mucha gente murió, todos se preguntaban de qué trataba todo eso y no se sabía cuál era la relación de esos actos con los eventos globales. Creo que es por mis padres que siempre he pensado en estos términos y que es por eso que se me hacen más fáciles estas historias para mí. Hice esa historia sobre Irak y pasé un día y una noche con los soldados israelíes también porque estaba interesado, pero no era mi enfoque primordial.

foto: Hans Rivadeneira / lamula.pe

¿Cuáles son las diferencias que encuentras entre los relatos de guerra que tus padres te contaron y las guerras que hoy cubres?
La esencia es parecida. Muchas de las historias que ellos me contaban eran pequeñas historias que pertenecían a otras historias más grandes. Por ejemplo, la vez que mi madre fue atacada por un avión alemán. Esa es la historia grande, pero eran las pequeñas cosas las que me interesaban: qué comían y cómo se comportaban entre ellos con tan pocos recursos. Mi madre me contó una historia en la que había una señora mayor que le pedía a mi abuela algo para comer y mi abuela le daba algo de su propia ración, pero luego mi mamá, que era una niña, le empezó a pedir a la señora que se fuera cada vez que la veía acercarse nuevamente porque mi abuela seguiría dándole de su propia comida. Esas reacciones humanas son las que resaltan para mí. No se trata de explosiones y edificios que se caen. Eso es una parte, pero sobre todo se trata de pequeñas indignaciones: tener que pasar por un punto de control todos los días, no poder ir al colegio porque las vías están bloqueadas. Se trata de cómo las personas siguen con sus vidas en medio de esas condiciones.
Has afirmado en alguna ocasión que te es más difícil el momento en que tienes que dibujar lo que has escuchado, que el mismo momento en que has escuchado las historia en el trabajo de campo. ¿Por qué el dibujo puede ser más duro que la realidad para un dibujante?
Usualmente cuando voy a dibujar todo lo que me han contado recién me doy cuenta de todo el sufrimiento que hay detrás. Pasa que las personas se distraen mucho cuando están siendo entrevistadas y tengo que estar pendiente de eso para reposicionarlos en la historia que me interesa a mí. Es un trabajo muy frío en ese momento porque esas personas te están hablando de sus sufrimientos y uno debe lograr su cometido con formas que los hagan sentirse cómodos. En el terreno estoy concentrado en eso. Dibujar es lo opuesto a estar desconectado, es un acto muy íntimo. A lo único que lo puedo comparar -y probablemente esté siendo injusto- es al trabajo del actor. Cuando un actor hace su trabajo debe habitar a otra persona. Al dibujar es igual. Cuando estoy hablando de una persona que ha sido golpeada con una barra de hierro mientras trataba de ingresar a una escuela, debo pensar cómo es que se disloca un hombro y me tengo que mirar al espejo y ver cómo es un cuerpo con un hombro más arriba que el otro y luego imaginar cómo era la expresión de su rostro en ese momento. Eso es difícil. Dibujar cuerpos se tornó muy difícil porque es como revivir el sufrimiento de otros.
Si bien has ahondado en gran cantidad de tragedias, has confesado que, por ejemplo, no te sientes capaz de dibujar una violación. ¿Cómo uno traza límites con las desgracias cuando está tan sumergido en estas?

Depende. Dibujar algo tan horrible es una decisión personal. He estado haciendo una historia sobre indígenas en Canadá, donde hasta hace 20 años los raptaban, los alejaban de sus familias y los ponían en instituciones dirigidas por grupos religiosos donde habían muchos abusos sexuales. Ahora tengo que hablar de las violaciones que ocurrieron ahí. ¿Cómo lo voy a hacer? No lo voy a mostrar físicamente porque simplemente no quiero hacerlo. No puedo visualizar una situación así. Puedo sugerirlo, puedo mostrar los efectos que eso ha tenido después, pero el momento en concreto me es muy difícil para mí. Puede ser una limitación como dibujante, pero estoy bien con esa limitación.

Sobre tu último libro, BUMF, haz dicho que necesitabas un cambio, que echabas de menos reirte. Pero cuando uno lee tus trabajos es muy fácil estar pensando que siempre te hace falta reirte. ¿Cómo haces para no olvidarte de la necesidad de reír?
Me hacía falta, sí. Tiene que ser así. Al final tienes que ser efectivo como reportero y para serlo tienes que ser consciente que la vida consta de otras cosas: de tu novia, de tus amigos, de una agradable copa de vino. Cosas que son un privilegio, quizá, pero es importante recordar que hay belleza en el mundo. Yo no quiero perderme completamente en las peores cosas del mundo Si lo hiciera no sería efectivo y probablemente terminaría hablando sobre mí y mis problemas. Si eso llega a pasar, deberías de parar. Tienes que tener mucho cuidado en recordar que estás aquí para contar sus historias y no la tuya. Una vez que te quiebras, a menudo ya estás en un mal momento.
¿Qué le dice a uno en la guerra que ya es suficiente?

Lo sabes por dentro. Para mí fue casi una sorpresa. Por años la gente me preguntaba cómo hacía esas cosas y yo decía que estaba bien. Pero luego llega un momento en el que te das cuenta que has terminado. Lo supe al final de Notas al pie de Gaza. hay una imagen a página completa, a blanco y negro, sin palabras, donde muestro a personas recogiendo silenciosamente a sus muertos y envolviéndolos en mantas. He dibujado muchas cosas así, pero de alguna manera sentí que esa imagen era la culminación de todo ello.



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Escrito por

Raúl Lescano Méndez

Periodista. Editor de la revista Poder. @rlescanomendez


Publicado en

Redacción mulera

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