el fango está en todos lados

Enrique Fernández-Maldonado: antes, durante y después de la rebelión de los pulpines

El sociólogo y especialista en temas laborales publica un libro que sintetiza y explica el movimiento que acabó con la ley del régimen laboral juvenil. Las cinco marchas multitudinarias realizadas en un rango de 45 días las considera uno de los fenómenos sociales más importante de las últimas décadas en el país.

Publicado: 2015-12-14

“Lo que ningún partido político, movimiento social u organización sindical había logrado en varias décadas: derogar una ley diseñada en el Ejecutivo con asesoría de el Gran Capital, aprobada por el Congreso y santificada por los medios de comunicación de la concentración mediática”. Así define Enrique Fernández-Maldonado al movimiento juvenil que con cinco marchas entre diciembre y enero enterró la ley del régimen laboral juvenil que, amparada en el discurso de la formalización del empleo, reducía los derechos laborales de las personas entre 18 y 24 años (nada de CTS, gratificaciones, asignación familiar, seguro de vida, ni utilidades).  

En el libro La Rebelión de los Pulpines: Jóvenes, Trabajo y Política (Otra Mirada),  el sociólogo -ex director de Conflictos Laborales en el Ministerio de Trabajo y ex asesor parlamentario- desmenuza y contextualiza los 45 días de tensión política y social, y la larga historia de flexibilización laboral que ha sufrido el país desde décadas atrás. Para hacerlo se ha alejado de lo que llama el “lenguaje formal, rígido y académico” propio de su profesión, y ha apostado por un estilo más cercano a la crónica. El resultado es un híbrido entre la narrativa periodística, el análisis político y la investigación sociológica que, por momentos rozando el suspenso de un novela, condensa todo lo dicho sobre el fenómeno.

“En una movilización hay motivaciones y costos, eso era lo que me interesaba explorar: lo que había detrás de esas marchas. Como siempre me he enfocado en temas laborales era consciente que el trabajo no había sido el centro de la agenda política del país en unas cuantas décadas. De pronto esta ley lo hizo”, explica Fernández-Maldonado.


¿En qué momento te percatas de que esta movilización era distinta a otras?
Desde que tengo 19 años he participado en la movilizaciones que me han llamado la atención por distintas razones. No había visto una movilización tan grande desde las luchas contra (Alberto) Fujimori. No veía esa masividad desde entonces. Estuve fuera del país durante el 2008 y 2010 y sé que hubo una marcha fuerte a raíz de lo ocurrido en Bagua, pero salvo esa no se había alcanzado una contundencia así. Cuando estuve en la segunda y tercera marcha contra la ley pulpín, que fueron brutales, era claro que estaba pasando algo.
El recuento que haces del día a día en uno de los capítulos termina siendo una radiografía de cómo los distintos actores políticos, económicos y mediáticos se confabulan contra un mismo objetivo. ¿Ha habido otro momento donde se dé una confabulación tan descarada?

Los últimos treinta años han sido de una relación muy cercana de algunos sectores empresariales con los sucesivos gobiernos y eso les ha permitido mantener la arquitectura institucional del fujimorismo. Está probado que hay una presión fuerte sobre los políticos que han frenado la aprobación de la Ley General de Trabajo. Yo he sido funcionario público y he visto esas presiones. No es literatura o comentarios, las he sufrido en carne propia.  

La gente habla de la clase política en general, pero en ese capítulo quiero que quede constatación de cómo fue el movimiento de determinados actores políticos concretos.

Foto: Raúl García / lamula.pe

Cuando se ve expuesto el papel que habían tenido los empresarios, que no se conocía desde un inicio, las marchas se dirigen a las oficinas de la Confiep. ¿Crees que ese sector empresarial entienda algo del mensaje de esas marchas?
Esa es una de las novedades. Fue como desnudar su participación en todo el proceso de aprobación de la ley. Hay sectores empresariales que van a entender que para hacer una reforma laboral no se puede hacer inconsultamente con los beneficiados o afectados. Una de las razones por las que los jóvenes salieron a protestar fue porque se dieron cuenta que detrás de ese procesos legislativo se habían dado unas alianzas contranatura entre el fujimorismo y el nacionalismo y que, a diferencia de otras iniciativas legales, esta se aprobó en un día. Hoy en día cualquier reforma laboral va a requerir un nivel de discusión previa. Si la ley se hubiera planteado de otra manera podría haber terminado aprobada. Más allá del contenido, fue la forma como se la trató lo que alertó a la gente.
Más allá de la edad de los participantes, el tema generacional en este caso también abarca una coyuntura histórica particular: una generación que creció después de la inflación del primer gobierno de Alan García, de Sendero Luminoso, de la dictadura. Es una generación que no ha vivido ningún trauma social, político o económico. ¿Cómo afecta eso a esta generación que se movilizó frente a la ley pulpín?
Efectivamente, no vivieron de manera consciente y racional a Sendero o el fujimorismo, pero sí se han empapado de las secuelas de estos procesos que no se acabaron con la captura de Abimael (Guzmán) ni con la transición democrática. Pero al mismo tiempo son jóvenes que han vivido la bonanza económica del 2003. Sus expectativas personales, sociales, de consumo, de identidad en base a un nivel social, se topan contra un mercado laboral donde encuentran trabajos sin derechos, con salarios muy cercanos al mínimo, con una competencia muy dura si no tienes contactos en el sector público o en las empresas privadas. Ahí hay una brecha que para amplios sectores no se termina de cerrar y que genera frustración. Y además, de pronto, tienes una ley que reduce tu nivel de ciudadanía, en un contexto en donde ya tienes muchas limitaciones. Este no es un ambiente del color de Mistura o del milagro peruano como nos quieren vender. Todo eso, creo, animó a que estos sectores salgan a marchar. Pero no se genera un gran movimiento político porque están los costos de la acción colectiva y un tema cultural e ideológico que ha significado en nuestro país la primacía de lo individual. Esa es una de las críticas que yo le hago a mi generación con la que salimos a movilizarnos contra Fujimori, pero que luego se fue a su maestría, a su doctorado y de eso no quedó nada.
Esa poca trascendencia después de la derogación de la ley es algo que se critica mucho al movimiento de las bases y las zonas de ese momento. ¿No cumplieron su objetivo inmediato por el cual se formaron?
Sí, pero ellos decían “primero es la ley y luego el sistema”, decían que luego venía la Ley General del Trabajo y la derogación de los paquetazos ambientales y que iban a profundizar la lucha contra la corrupción y renovar la política. Sí, el objetivo era derogar la ley. ¿Y lo demás? ¿Puro floro?
¿Entusiasmo del momento?

Sí, es adrenalina y entusiasmo y hay que leer esas declaraciones en el contexto. Pero no son frases que aparecen en el momento, son frases que han estado cocinándose mucho tiempo y se expresaron en esa coyuntura. Si tu preguntas a los chicos, todos te van a decir que sí hay que cambiar todas esas cosas ¿Y qué se está haciendo al respecto? La gente de mi generación también tuvo ese entusiasmo y luego no quedó nada de eso.

¿No habría que esperar más tiempo para ver los efectos? En España mucho se criticó al movimiento de Los Indignados por lo mismo y años después tenemos una consecuencia entre directa e indirecta que es la aparición de un partido como Podemos.
A la fecha que terminé de escribir el último párrafo, yo puse que no se había constituido el sujeto político que muchos esperaban, pero sí creo que ahí hay un movimiento social en potencia en el sentido que estas movilizaciones son una acción más dentro de un ciclo de acciones que se inician desde el 2008, a raíz del Baguazo, y que tienen varios ciclos como “la repartija”, la marcha contra el aporte obligatorio contra las AFP, el servicio militar obligatorio, la revocatoria municipal, la ley pulpín y luego el by pass de 28 julio. En todas esas protestas hay actores que se repiten, chicos y chicas que van apareciendo, que asumen roles protagónicos, tareas y responsabilidades. Son núcleos que están ahí pero que hasta ahora no han logrado posicionarse como un sujeto político que remezca las estructuras.
En el libro también contextualizas el otro lado de la moneda: la serie de flexibilizaciones laborales. La ley pulpín, dices, era como la cereza de un proceso de muchas décadas. ¿Cómo entra a tallar esto en las marchas si en ese momento, como señalaban muchas entrevistas y reportajes, si algo sabían los participantes de la ley era lo más básico y concreto y no mucho más?
A mí me interesaba contextualizar la iniciativa legislativa. Por un lado formaba parte de los paquetes reactivadores del gobierno frente a la recesión económica. Los empresarios han flexibilizado los derechos por partes porque no podían hacer una reforma global después del del Acuerdo Nacional que proponía aprobar una Ley General de Trabajo que restituya los derechos que había eliminado el fujimorismo. Era importante que los jóvenes que se movilizaran tuvieran en claro de dónde vienen estas iniciativas legales: era una ofensiva contra los trabajadores desde hace casi 30 años y que tiene como meta eliminar los derechos laborales. Al final del fujimorismo incluso se propuso eliminar el Ministerio de Trabajo y convertirlo en una oficina de asuntos laborales dentro del Poder Judicial. A ese nivel de ambición se había apuntado a reducir la institucionalidad laboral.
Dentro de todos los colectivos ciudadanos que participaron, por lo que cuentas en el libro, destaca la participación del bloque hip-hop. ¿Por qué un colectivo de carácter más artístico y cultural destaca frente a otros más políticos?

Destaca en el sentido que adquieren una mayor visibilidad. A diferencia de otros colectivos, este está bien organizado, tiene una identidad muy definida que tiene que ver con la cultura hip hop, que es una identidad que no genera anticuerpos como la de los partidos políticos. A la vez fueron los que, a la hora de la pelea, se pusieron al frente. Además tienen un discurso muy radical, claramente antisistema y con una fuerte crítica a los partidos políticos, pero en ese contexto entendieron que el adversario era otro y no los partidos.

Foto: Raúl garcía / lamula.pe 

Mencionas en el libro la frustración que traen las contradicciones entre el hedonismo que se fomenta y las condiciones reales. A la vez, en el libro mencionas que uno de los grandes problemas ahí son las universidades empresas. Sin embargo, tenemos entre los principales candidatos a César Acuña que encarna o sintetiza todos estos problemas con el lema "plata como cancha" y "tengo mi universidad". ¿Significa que no aprendemos nada?
Él ha encontrado una oportunidad de negocio a partir de la liberalización del sistema educativo que se dio en los noventa. Son universidades jóvenes que no tienen una historia de investigación detrás ni grandes docentes y que están enfocadas en generar especializaciones muy puntuales que no te dan una visión global de lo que es una sociedad. Pero las universidades de Acuña y otras que se crearon en el mismo contexto tienen una particularidad: están generando una primera generación que accede a la universidad y que les da a un número importante de familias un miembro universitario por primera vez. Eso explica, en parte, su incremento. Ha sido la oportunidad para muchas familias de clase media emergente de acceder a un estatus que antes les era negado por las exclusiones económicas.
Incluso en el libro te adelantas al argumento que planteó Acuña en el Cade de que él ha democratizado la educación.

Hay un estudio de la Universidad Pacífico, de Gustavo Yamada, que da un dato clave: el retorno económico de las personas que estudian en esas universidades sería mayor si ese monto lo pusieran en las cajas municipales. Yo, como papá, pondría la plata en una caja municipal y que mi hijo viva de los intereses, porque en esas universidades vas a perder cinco años gastando plata que difícilmente vas a recuperar.

foto:  omar lucas

El gobierno terminó defendiendo con mucha fuerza la ley pulpín que afectaba directamente a los jóvenes, pero por otro lado una de sus banderas es la reforma de la educación. ¿Cómo interpretas esa especie de contradicción?
Simple, este es un gobierno contradictorio. No me extraña. Tienes en el ejecutivo a un presidente que carece de los conocimientos técnicos para encarar temas de mayor complejidad como el manejo económico, la política de desarrollo y todas estas las ha delegado. Yo participé en la elaboración del plan de La Gran Transformación y lo tuvimos al frente para exponer el plan y no hacía preguntas. Si entraba al debate, decía generalidades. Luego tienes a un ministro como (Jaime) Saavedra que es un tecnócrata y le cae bien al sector privado. El sector privado es consciente que necesita una ciudadanía más informada y educada porque eso puede generar una mayor productividad cuando estos sectores ingresen al mercado laboral. Lo que le cuesta al sector privado, por puro sesgo ideológico, es aceptar que el Estado gaste en una inversión social. El trabajo en el sector de educación que ha hecho el gobierno podría ir mucho mejor si el Ministerio de Economía le diera más recursos, pero ellos están pensando en la mayor rentabilidad de las empresas.
Al inicio del libro mencionas el choque se da en los jóvenes cuando todo el entusiasmo universitario y rebelde se enfrenta a la vida real al salir de la universidad. ¿Cómo fue ese tránsito para ti?

Yo soy de los sectores privilegiados de este país. Todo lo que ves acá me lo he ganado a pulso, pero yo fui a una universidad privada como la PUCP. Nunca me faltó un plato de comida en la casa, mi viejo fue empleado público y fue despedido en el gobierno de Fujimori y antes su sueldo se devaluaba día a día con la inflación aprista. Pero, mal que bien, tuvimos lo necesario para crecer de la mejor manera que es clave en los tres primeros años de vida. Yo soy parte de la excepción de este país y trabajo desde la época de la universidad. Obviamente no tienes que estar en la situación contraria para salir a marchar. Tiene que haber un mínimo de empatía con tu país, de solidaridad y conciencia de las desigualdades para saber que lo que se estaba haciendo en ese momento era un pendejada que se podía evitar.


Puedes revisar toda la información sobre los días de la ley pulpín aquí. 

Presentación del libro: 

Día: Miércoles 16 de diciembre
Hora: 7:00 PM
Lugar: Centro Cultural PUCP, Av. Camino Real 1075, San Isidro

(Foto de portada: Omar Lucas)


Escrito por

Raúl Lescano Méndez

Periodista. Editor de la revista Poder. @rlescanomendez


Publicado en

Redacción mulera

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