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Daniel Mordzinski: el tiempo necesario para retratar escritores

El fotógrafo argentino, invitado a la Feria de Libro Ricardo Palma y al Hay Festival, explica por qué es necesario saber escuchar para fotografiar, recuerda sus años más duros bajo la dictadura y la guerra, y anuncia un nuevo giro en su carrera enmarcada por escritores. 

Publicado: 2015-12-03

La primera vez que Daniel Mordzinski (Buenos Aires, 1960) escuchó la etiqueta que lo calificaba como “el fotógrafo de los escritores” le pareció tan feo que juró no repetirla jamás, pero no ha podido hacer nada al respecto. En todo caso prefiere la descripción que le hizo el escritor español Enrique Vila-Matas: “fotógrafo entre escritores”. Porque eso es lo que en realidad hace: no trabaja para ellos, se mueve entre ellos. Y los retrata cada vez que encuentra la confianza y el momento adecuado, lo que le puede tomar incluso años. 

En el universo que Mordzinski hace de los grandes escritores e intelectuales no hay solemnidad. Fuera de las bibliotecas y alejados de los libros, los dota, por el contrario, de cierta picardía. Mario Vargas Llosa leyendo bajo las sábanas como lo hacía de niño, Umberto Eco mostrando la elasticidad de sus tirantes, José Saramago a través un pequeño espejo, Leila Guerriero sumergida entre hojas escritas, Guadalupe Nettel brincando descalza sobre bloques de cemento. La lista es interminable y se bifurca por todos los continentes.

Esta vez llegó a Lima invitado a la Feria de Libro Ricardo Palma, pero su destino final será el Hay Festival que se realizará en Arequipa. Mordzinski es el fotógrafo oficial del festival en todas sus ediciones que tiene a nivel mundial y esta vez presentará una selección de las imágenes capturadas en todos esos eventos. Además dedicará una sección especialmente a las fotos que le ha hecho a Vargas Llosa durante más de 25 años, incluidas algunas de su estadía en Estocolmo, cuando recibió el Premio Nobel de Literatura.

uMBERTO ECO, CÉSAR AIRA Y mARIO VARGAS LLOSA


El epíteto que cae sobre ti por tu trabajo es el de "fotógrafo especialista en escritores". Después de casi 39 años de haber tomado tu primera fotografía, a Jorge Luis Borges, ¿cuál crees que es la especialidad que se requiere para fotografiar un escritor? ¿Por qué se necesita algo especial para retratarlos?
No es como en la medicina que hay médicos generales o pediatras y que yo me haya especializado en una malformación. Los fotografío porque me gusta leer, porque la literatura ocupa un lugar muy importante en mi vida. Al principio me angustiaba un poco porque, como todo coleccionador de mariposas, intentaba tener la colección más colorida y perfecta. Pero me di cuenta que lo singular de mi trabajo es que no sea perfecto. Por eso las hago sin que nadie me las encargue y nadie me pregunte para qué ni por qué. La mayor satisfacción después de tantos años es pedirle a una foto a un escritor y que no me pregunte para qué se la pido.
¿Cuánto te sirvieron tus estudios en literatura para dedicarte a esto?
Eso conlleva a la pregunta de si leer nos ayuda. No estudié letras para fotografiar mejor a los escritores. Es evidente que los estudios me dieron ciertas claves del mapa del tesoro, pero las instrucciones para llegar vinieron después y en solitario. No estoy en contra, pero no sé si la academia sea la mejor manera de acercarse a la literatura. En todo caso me hizo descubrir profesores que me hicieron leer de otra manera, a ser más confiado. Tampoco creo que se sea mejor fotógrafo porque se ha leído más. Incluso te diría que las fotos que más me cuestan son la de los escritores que más me han gustado.
¿Por qué?
Porque no los quieres defraudar. Es como cuando vas a un concierto de un músico que te gusta y durante el concierto gritas, lloras, te emocionas, haces dos horas para pedir un autógrafo y cuando finalmente lo tienes al frente no puedes decirle nada. Eso me pasa a mí frente a un escritor con que me he sonrojado. Tengo más ganas de escucharlo que de fotografiarlo.
Un punto clave en tu carrera es cuando dejas Argentina después de unos años de dictadura militar. ¿Qué es lo que finalmente te lleva a dejar tu país?
Llegó un momento en que si no salía, me mataban. Me movía en un círculo de jóvenes que queríamos cambiar las cosas. Algunos lo hacían de una manera más militante y otros a través de amistades. Y lamentablemente eso era ya un delito.
¿Cuál fue el punto de quiebre?

Mataron a un amiga muy querida y cercana que tenía quince años.

FOTO: ADRIÁN PORTUGAL / LAMULA.PE

¿Qué tipo de fotografía hacías entonces?
En la adolescencia luchaba entre ser fotógrafo, cineasta o escritor. Iba a un cineclub donde se hacían película en Super 8 y éramos casi militantes del Super 8. Hacíamos cortos con actores, montaje y sonido. En París, adonde llegué después, también aposté por el cine. Pero lo bueno de la cámara fotográfica es la docilidad, así que empecé a hacer sociales como casamientos y, aparte, algunos ensayos sobre los latinoamericanos en París, los músicos de los metros o la figura de los mendigos.
Luego fuiste a Israel como corresponsal de guerra. Imaginarte ahora en ese rol es extraño. ¿Qué aprendiste fotografiando en ese ambiente tan opuesto a lo que haces ahora?
Yo me siento deudor del periodismo en general. Me pasa mucho que ahora tratan de separar mi faceta expresiva del lado de periodista, pero yo reivindico y defiendo al periodismo porque me enseñó mucho y la mayoría de esas cosas las aprendí en Israel. Los medios y las agencias mandan a sus mejores fotógrafos y cuando tienes 20 años y estás rodeado de los grandes maestros, aprendes de todas maneras. Hay algo fundamental en el contacto humano y es concentrarte en la persona, saber escucharlo, saber respetar sus palabras y silencios y, al mismo tiempo, ser extremadamente rápido. La mejor gimnasia para ello te la da el periodismo. El periodismo también me enseñó a no dejarme intimidar, eso es indispensable para sacar el potencial más fuerte de un lugar.
¿Por qué no apostaste por el periodismo de guerra entonces?
Era bueno en una sola cosa: era un buen conseguidor. Es decir, hacer que la foto llegue a tiempo sin importar quien la haya tomado. Hoy en día yo no podría sobrevivir ahí. En esa época las reglas eran distintas y yo propuse rápidamente a la agencia francesa formar a fotógrafos palestinos. Ellos iban a ser los últimos sospechosos e iban a ser los primeros en llegar a los hechos y eso era fundamental. Ante la inmediatez de un chico con piedras en la mano y un soldado que le va tirar un bala, yo prefería ir a la casa del chico y conocer cómo dormía toda la familia.
Volvamos a los escritores. Es conocido tu método de trabajo de dedicar mucho tiempo y tratar de entender a quién vas a fotografiar, más allá del mundo literario que sale de su obra. ¿Cuánta diferencia dirías que hay entre ese escritor que uno se imagina por su obra y el escritor que llegas a conocer?

Si una cosa aprendí en todos estos años es que una cosa es el autor y otra lo que escribe. Yo no hago fotografía para pasaportes ni soy un traductor visual de las páginas de un libro. Convengamos que hay una suma de elementos, donde en partes iguales está el universo del autor, pero también mi propio universo. Más allá del método, soy muy intuitivo. Cuando hice la foto a Vila-Matas con varias fotos de él mismo dentro de su saco, no pensé que era un retrato de su literatura. Pero al final eso de la foto dentro de la foto en la foto y la historia dentro de la historia es exactamente su método literario. Yo había pensado en la serie Colombo y sabía que no me diría no a nada. Pasa que a veces el humor es revelador de cosas muy serias.

ALMUDENA GRANDES, ENRIQUE VILA-MATAS Y ERNESTO SABATO

¿Cuándo tomaste conciencia de la necesidad de tomarte todo el tiempo necesario antes del trabajo? Hoy en día se exige, por el contrario, instantaneidad, y más aun en el trabajo fotográfico.

Creo que lo aprendí de mi abuelo. Era un inmigrante que apenas aprendió español, era una mezcla de analfabeto con sabio. Me transmitió valores fundamentales en la vida, no solo para la fotografía. Siempre defendió mi vena artística cuando mis padres insistían en que sea psicoanalista o comerciante. Me decía que un rasgo fundamental del artista es la serenidad y ahora interpreto que esa serenidad en el siglo XXI es saber escuchar.  

Acabo de venir de Argentina, por ejemplo, y me he quedado sorprendido con el grado de polaridad que hay más allá de todo lo que está pasando. Cómo los jóvenes se cortan la palabra, cómo no les importa escuchar lo que no saben y creen tener la verdad. ¿Qué es la tolerancia si no pensar que lo que uno defiende puede que no sea la verdad absoluta?

Hace poco mencionaste en una entrevista que la fotografía ya no te da todo lo que necesitas. ¿En qué momento has empezado a sentir eso?

Es un poco frustrante llegar a la conclusión que, después de tantos años, de golpe, ese lenguaje que ha sido el tuyo para traducir sueños, ilusiones, ya no te alcanza. No es un problema con el lenguaje en sí, sino conmigo mismo. Me sucedió esto hace quince o diecisiete años y busqué una solución y cambié de formato al cuadrado. Lo hice durante un año y medio. Fue como cambiar la gramática, como pasar a escribir en tercera persona. A Bolaño, por ejemplo, lo fotografié así. Es un periodo nefasto porque pensé que cambiando lo formal lo solucionaría y no fue así. Para no ser tacaño, diré que estoy intentando escribir sobre las conversaciones que he tenido durante todos estos años con los escritores.


(Foto de portada: Adrián Portugal)


Escrito por

Raúl Lescano Méndez

Periodista. Editor de la revista Poder. @rlescanomendez


Publicado en

Redacción mulera

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