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Rafael Barajas: la serena descarga de agresividad política

El caricaturista mexicano estuvo en Lima como invitado en los primeros días de la Feria del Libro Ricardo Palma. En esta entrevista explica algunas de las conclusiones a las que ha llegado después de más de cuarenta años sintetizando en viñetas la compleja política de su país.

Publicado: 2015-11-24

El caricaturista mexicano Rafael Barajas, para explicar las condiciones del Acuerdo Transpacífico, reinterpretó hace unas semanas la famosa foto de los soldados americanos alzando la bandera norteamericana en la isla de Iwo Jima en 1945. En su versión, el asta de la bandera está a punto de ser clavada en el ano de un mexicano puesto en cuatro patas con los pantalones abajo.  

“Todos los caricaturistas son gente muy tranquila porque descargan toda su agresividad a través de su trabajo”, se ríe Barajas en la cafetería de la librería del Fondo de Cultura Económica, en Miraflores. A diferencia de la crudeza y frustración que suelen presentar sus imágenes que ha publicado desde los años ochenta en diversos medios mexicanos, principalmente en la revista El Chamuco, de la que es editor, y el diario La Jornada, Barajas es un hombre que habla calmado, que tiene una voz un tanto aguda y que incluso cuando se refiere a los temas que más le enervan -la corrupción política, la intervención de Estados Unidos en su país- lo hace con parsimonia.

Más allá de la imagen que uno pueda hacerse de él por su trabajo gráfico, Barajas es, como lo ha presentado la Cámara Peruana de Libro, que lo ha traído para la Feria Ricardo Palma, “un investigador incansable” de la realidad mexicana y de la historia de la caricatura. En 1999 se hizo del Premio Nacional de Periodismo de México. Sus caricaturas, como él mismo dice, son solo una síntesis visual de un análisis más complejo en el que juega un papel importante la teoría política y la realidad internacional para comprender los hechos más allá de lo que dicen los discursos oficiales. De ahí que su primer seudónimo fuera Cuentagotas, en alusión al tiempo que le tomaba y aún le toma realizar cada imagen -hoy es conocido como El Fisgón-, y que haya ilustrado incluso un libro como Sansimonsi, un libro para niños en homenaje al escritor Carlos Monsiváis, escrito por Elena Poniatowska, Premio Cervantes 2013. Sobre la correspondencia gráfica entre Monsiváis y el artista Vicente Rojo, presentó en Lima Aforismos & Grafismos.

Con más de veinte obras publicadas, entre recopilaciones de su obra, investigaciones históricas, libros ilustrados para niños, y nueve años dirigiendo círculos de reflexión crítica, Barajas conversó con LaMula.pe sobre cómo un niño de diez años sí puede leer sobre política, la satisfacción que hay detrás de un crítico ácido, la importancia de ser conscientes de la historia cada día, la amenaza que representan presidentes que no leen y unas cuantas lecciones que ha dejado la realidad mexicana para un Perú a puertas de un nuevo proceso electoral.


Una de tus primeras lecturas fueron los cómics de Marvel. Imaginarte leyendo cómics tan americanos y pro sistema ahora se hace raro ¿no?
Mi generación no tuvo la suerte de las nuevas que ya pueden tener libros para niños hechos por escritores nacionales y que hablan de su vida cotidiana. Cuando yo era niño solo podías leer los cuentos de los Hermanos Grimm o los cómics de Marvel de DC Cómics. Pero cuando era chico empezó a publicarse en México, desde 1966, una historieta que era Los Supermachos, de Rius. Es una historieta abiertamente izquierdista. Hablaba de la Unión Soviética, de China, de la historia de México. Me volví adicto a ellos, vivía solo para leerlos. Ahí me formé políticamente. Tenía diez años.
¿A esa edad eras consciente de los mundos tan distintos que presentaban un cómic y el otro?

Sí, claro. Pero no creas que porque yo era muy astuto, sino porque era muy evidente. La gran diferencia era que las historietas de Rius te hablaban de México y sus problemas y te podías identificar más fácilmente con ellos. Lo que él había hecho era inventarse un poblado que era San Garabato de las Tunas en el que había colocado un pequeño microcosmos de lo que era la política mexicana. El presidente municipal era una metáfora del presidente de la nación, los tres policías eran una metáfora de los diversos cuerpos policíacos que había, y así. Además trataba todos lo problemas del país con mucho sentido del humor. Y eso para mí era el paraíso.

foto: adrián portugal / lamula.pe

Has contado que el trabajo como caricaturista no iba con los cánones de tu familia. ¿Cómo terminaste imponiéndote?
Mi padre era médico y psicoanalista y quería que yo siguiera su profesión. De hecho yo estudié arquitectura pero tampoco era lo que quería. Luego me corrieron de la casa y ya pude ser independiente.
¿Qué te enseñó la arquitectura?
Estuve en una escuela de arquitectura de la UNAM que estaba muy vinculada a los movimientos sociales de la época y me permitió vincularme a trabajos sociales. Obtuve un conocimiento más fino de lo que era mi país.
¿Es en ese momento donde empiezas a tomar esa conciencia política que te caracteriza hasta ahora?

Vengo de una generación que vio de cerca el movimiento del 68. Yo tenía dcoe años y en mi casa se hablaba del tema y todos estábamos preocupados. Vengo también de una familia un poco atípica porque mi madre fue refugiada española y llegó a México siendo una niña que huía de la victoria franquista. Mi padre era un niño que se formó en la lógica de la educación cardenista, un proceso educativo de los treinta en México que buscaba infundir el programa social de la revolución mexicana. Eso tuvo que ver mucho con mi formación política. Ahora, entrando a la UNAM entendí lo que era realmente México. Fue un baño de país.  

¿Cuándo decides dedicarte de una manera más profunda a la caricatura, más allá del goce?
A los diecisiete años ya estaba publicando en una revista trotskista que se llamaba Bandera Socialista. La profesión de caricaturista es la profesión ideal porque te la pasas haciendo puras cosas que son divertidas y agradables: te la pasas dibujando, haciendo chistes, te la pasas en los chismes y hablando mal de la gente que te cae mal. Eso es muy sano. Todos los caricaturistas son gente muy tranquila porque descargan toda su agresividad a través de su trabajo.
¿Basta la caricatura para canalizar toda esa frustración?
No, ni para analizar ni para catalizar todo el coraje, la rabia o frustración. Creo que es un género muy noble y que permite decir cosas que otros géneros no permiten. Si revisas la historia del periodismo, te das cuenta de que en muchos lugares la caricatura ha sido la punta de lanza de la libertad de expresión. Lo que no lo puede decir un caricaturista no lo puede decir nadie.
En el 2000 publicaste el libro La Historia de un país en caricatura. ¿Qué diferencias hay en esa historia de la historia oficial que se cuenta en los libros de historia?

Me permitió seguir el debate diario a nivel político. Hay una parte muy importante del debate de las naciones que se da primero en los foros públicos y eso te permite hacer una especie de historia de las ideas más fino y detallado. Sin lugar a dudas, no hay que creer en las historias oficiales porque estas omiten pasajes enteros.

¿Fue una iniciativa personal o un encargo?
Empecé a investigar porque en la revista Unomásuno sentíamos que éramos la vanguardia, que éramos la punta de lanza de la libertad de expresión en México. Pero cuando revisé las caricaturas mexicanas del siglo XIX me di cuenta que éramos todos unas señoritas. Los márgenes de libertad de expresión que se habían conquistado entonces eran mayores que el que teníamos en el siglo XX. Eso te obliga a la reflexión e implicaba que lo podiamos volver a conquistar. Entonces publicamos El Chahuistle, donde saldría todo aquello que no nos permitieran publicar en otros lados. Nos atrevimos a publicar cosas muy fuertes y nos fuimos a casa apensando que nos iban a meter a la cárcel, pero no lo hicieron. Así que seguimos alzando el volumen. 
¿Sienten que recuperaron el espacio?
Mucho. El margen de libertad que ahora tenemos es muy grande. En 1980 en México había tres personajes que no podías tocar: la Virgen de Guadalupe porque era sagrada, el ejército porque era peligroso y el presidente porque era sagrado y peligroso. Hoy en día tocamos a todos con mucha libertad.
¿Qué pasa con el narcotráfico entonces?

También lo tocamos con libertad, pero con mucho cuidado. El narcotráfico se ha convertido en la principal fuente de preocupación para los periodistas, pero contrariamente a lo que la gente cree, la mayor parte de las agresiones a los periodistas no vienen del narcotráfico, vienen de autoridades que, claro, con mucha frecuencia están ligadas al narcotráfico. No podemos decir que fulano es un narcotraficante, pero sí retomar toda la información que se publica, que está confirmada, y retocarla y cruzarla con información académica y la coyuntura internacional para sacar datos nuevos.

foto: adrián portugal / lamula.pe

Naciste en 1956 y has vivido unos diez gobiernos. ¿Cuál dirías que ha sido el gobierno que más ha alimentado tu trabajo crítico?

Siempre es el último. Siempre es peor. Yo quiero dejar la profesión entre otras cosas porque me urge que mi país tenga un gobierno decente, pero no se ha dado el caso. Cada vez son más brutales, más estúpidos, más aliados al narcotráfico. Creíamos que el regreso del PRI iba a significar el regreso a una política que conoce el país y sus entrañas. Recordabamos que José Lopez Portillo (presidente de México entre 1976 y 1982), incluso Carlos Salinas, eran tipos que leían mucho y tenían una formación política importante. En el 2011 en la Feria de Libro en Guadalajara, Enrique Peña Nieto iba a presentar un libro y nosotros bromeábamos con que era un libro que, no solo no había escrito, sino que no lo había leído. Fue peor. En la feria un periodista le preguntó cuáles eran los tres libros que habían marcado su vida ¡y no supo qué contestar! ¡No se le ocurrió decir ni siquiera Harry Potter uno dos y tres! Dijo La silla del águila, de Enrique Krauze, con el ligero detalle de que Krauze no la escribió, y no pudo decir tampoco un tercer título. No podíamos creer que estábamos en la mano de una clase política tan ignorante.

Nosotros tenemos en este momento a César Acuña, un candidato presidencial, con cada vez más intención de voto, que se vanagloria de haber hecho su riqueza sin leer un libro.
Tengan cuidado. Eso es un barbaridad.
Mencionabas lo que esperaban con el regreso del PRI y que al final no se dio. ¿Qué crees que nos puede enseñar la experiencia mexicana a los peruanos que ahora nos enfrentamos a una supuesta reformación del fujimorismo?
La experiencia mexicana nos dice que estos grupos políticos no aprenden para bien. Generalmente, cuando regresan, regresan con ánimos de venganza, con muchas más mañas que las que tenían cuando se fueron. La lección es simple: no hay que olvidar.
¿Cuales son las conclusiones que sacas de esta última época en la que Latinoamérica se inclinó hacia gobiernos progresistas?
 Lo que pasó en Latinoamérica ahora último fue una pequeña reacción contra la propuesta neoliberal. Ha sido un breve ciclo revolucionario de muy corto alcance, que no pudo vencer las políticas de dominación, pero que sí buscó cierta independencia a nivel local. Ahora se buscará echar para atrás este pequeño brote. Y lo van a hacer.

Escrito por

Raúl Lescano Méndez

Periodista. Editor de la revista Poder. @rlescanomendez


Publicado en

Redacción mulera

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