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foto: Carlo Allegri / Reuters

Cambio climático: el problema es el sistema

Esta semana, el tema del cambio climático estuvo de nuevo en las primeras planas. La lección que se debe aprender: la gente organizada, y no los gobiernos, deben llevar la agenda.

Publicado: 2014-09-27

Durante la primera mitad de la semana que va terminando, el tema del cambio climático estuvo una vez más presente en las primera planas y las pantallas en todo el mundo, incluyendo el Perú: la Cumbre del Clima convenida para el martes 23 por Ban Ki Moon, el Secretario General de las Naciones Unidas, concitó la atención y causó revuelo. Esa quizá fue, al menos en parte, la intención de sus organizadores, interesados en mantener las luces encendidas en la ruta hacia la reunión COP20 (en Lima, este diciembre) y, más importante, la Cumbre de París en 2015.  

Ahí, en París (la reunión de Lima es preparatoria), los estados del mundo deberán negociar un nuevo tratado que les permita luchar con eficacia contra el cambio climático mundial, un terreno en el cual, a despecho de todas las negociaciones y acuerdos anteriores, están perdiendo la batalla.

La pequeña Cumbre de Ban Ki Moon (que no fue parte del proceso formal de conversaciones y preparativos para la COP20 y para París 2015) podría ser desestimada, sin pena ni gloria, como una piedra más en el camino de las buenas intenciones que viene llevando a las burocracias mundiales hacia el fracaso en el terreno del cambio climático -y al mundo como lo conocemos a una catástrofe de proporciones inimaginables- de no ser por un hecho quizás inesperado. Alrededor de ella se produjo la que es, quizá, la mayor manifestación civil de protesta contra la inacción de los gobiernos del mundo en el terreno medioambiental, con un estimado de hasta 400,000 personas marchando en las calles de Nueva York (y marchas simultáneas, más pequeñas, en muchas otras ciudades del mundo).

Es decir, la verdadera importancia del evento de esta semana no es lo que dijeron los jefes de estado y funcionarios, o las celebridades presentes, nada de lo cual tiene mayor trascendencia, sino la claridad de la movilización en su contra. Cosa que tampoco es nueva pero revela de manera contundente que, en camino a las negociaciones de 2014 y 2015, la conciencia sobre la magnitud del problema y la urgente necesidad de acciones eficaces, incluso radicales, está en una curva ascendente. Y que a los reunidos en la ONU, en Lima o en París les será difícil ignorarla.

FOTO: craig ruttle / ap

El problema, por supuesto, es que las marchas masivas, aunque espectaculares y esperanzadoras, tienen poco poder real en el terreno en el que se juega el futuro climático del planeta, que es el de la toma de decisiones políticas (que son, en el fondo y no tan en el fondo, decisiones económicas). Y ahí, la verdad es que vamos en retroceso.

El catastrofismo, una forma de realismo

La realidad es esta: la ruta hacia la reunión de París, vía Lima, es una ruta de fracasos sostenidos. Desde 1997, cuando se firmó el Protocolo de Kioto -el primer acuerdo mundial para la lucha contra el cambio climático-, las emisiones globales de CO2 y otros gases de efecto invernadero que el tratado debía contener no han disminuido, sino todo lo contrario. Cada año ha sido peor que el anterior, incluyendo (ya está confirmado) el 2013. Los signatarios del acuerdo tenían muy poco que celebrar esta semana, y no tendrán mejores motivos de alegrarse en Lima este noviembre.  

Este fracaso, expresado así, puede parecer abstracto, pero no lo es. Sus consecuencias son reales y verificables. El nivel del mar, por ejemplo, ha subido en promedio en unas 8 pulgadas (20 centímetros) en todo el planeta desde finales del siglo XIX, en un proceso que se está acelerando. Y los océanos se han vuelto más ácidos y más cálidos, lo cual tiene, entre otros, el efecto de acelerar el deshielo de las regiones polares, que de completarse (algo que algunos expertos ya consideran inevitable) aumentará el nivel del mar hasta en 61 metros, haciendo la vida humana en muchas regiones costeras absolutamente imposible. Para no hablar de las emisiones de gas metano (un enemigo quizá peor que el CO2) que este deshielo ya está produciendo, acelerando una vez más el proceso y multiplicando sus efectos.

Y así sucesivamente: adónde quiera uno mirar en el campo del cambio climático, la situación es hoy peor que en 1997, y la catástrofe está cada vez más cerca. Y esta no es una exageración. La realidad es que el proceso del cambio climático y la absoluta incapacidad de las Naciones Unidas y de los gobiernos del mundo para diseñar mecanismos efectivos de solución, o siquiera apegarse a los objetivos en los que sí consiguen ponerse de acuerdo (como en el caso de Kioto y las emisiones de CO2), ha hecho desde hace algún tiempo que el catastrofismo sea la postura más sensible y realista.

Y las voces que anuncian esta catástrofe son múltiples y variopintas, y cubren todo el espectro: desde Noam Chomsky quien comenta en esos términos (“el fin de la historia humana”) el más reciente reporte del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, hasta la mismísima NASA, que nos advierte en un informe de este año sobre el inevitable colapso de la civilización industrial.

El problema es el sistema (y la tecnología no nos salvará)

Lo que todas estas voces tienen en común, a despecho de sus enormes diferencias ideológicas y políticas, es su identificación de lo que está en la raíz del problema: esa “civilización industrial” a la que acabamos de referirnos. Es decir, la forma moderna del capitalismo, un sistema económico cuya lógica conduce necesariamente al deterioro del medio ambiente y el colapso ecológico del planeta, con el cuál sólo puede relacionarse en términos objetuales, como una fuente de recursos y como una mercancía. Y este es también, por cierto, el mensaje de marchas como la de Nueva York y otras ciudades esta semana. 

Pero, obviamente, no es el mensaje que escuchan quienes toman decisiones políticas y económicas. No lo escucha Barak Obama -quien llegó a la Casa Blanca con la explícita promesa de convertirse en el “presidente ambiental” y ha sido todo lo contrario, a pesar de sus tardíos intentos de rectificar el camino seguido hasta ahora- y tampoco lo escucha Ollanta Humala, quien repitió en Nueva York generalidades que son ampliamente desmentidas por las acciones de su gobierno en el terreno ambiental. Ambos gobernantes, como muchos de sus pares, se adhieren a la idea de (en palabras de Obama) “no hay contradicción” entre un sostenido crecimiento económico según lo demanda la lógica expansiva del capitalismo, y un medio ambiente sano y seguro.

En términos generales, la esperanza detrás de esta idea es que el proceso de “resolver” el problema del cambio climático se de en los términos establecidos por el sistema tal cual existe, con respuestas “de mercado” que promuevan (con los incentivos adecuados) el desarrollo de tecnologías alternativas cuya expansión no altere las dinámicas productivas, además de distintos patrones de consumo. En otras palabras, que la lógica de la acumulación del capital y la expansión de la tasa de ganancia que está en el corazón de capitalismo sean las que encuentren la salida a la crisis actual.

Los problemas con esta idea, expresada por ejemplo en un reporte de alto nivel presentado poco antes de la cumbre de esta semana, son múltiples. En primer lugar, no está sucediendo: como admiten los propios autores de este optimista reporte, estos “arreglos tecnológicos” no están, ni con mucho, en condiciones de tener un impacto significativo; la realidad es que los patrones de alto consumo de combustibles fósiles y alta emisión de gases de efecto invernadero no sólo se están manteniendo como un legado histórico que será remontado paulatinamente, sino que se está garantizando su continuidad para el futuro, pues la infraestructura básica del capitalismo (ciudades, rutas, vehículos, plantas energéticas y demás) se continúa construyendo sobre esa base. Como ha dicho también esta semana Robert Scolow, profesor de física de la Universidad de Princeton y coautor de otro estudio reciente sobre el tema: “Nos hemos ocultado la realidad a nosotros mismos: las inversiones de capital que se hacen en el mundo entero garantizan un futuro de alto consumo de carbono”.

"fracking"

Más allá de eso, lo cierto es que las “soluciones” tecnológicas realmente significativas en la generación de energía y el consumo de combustibles se han dado en el campo de los combustibles fósiles, no en sus alternativas. Principalmente, la explotación horizontal y la fracturación hidráulica (o “fracking”), que no reducen nuestro consumo de hidrocarburos o las emisiones de carbono o metano a la atmósfera, sino que los aumentan. Están destinadas no a cambiar los hábitos de consumo o la dependencia de la economía mundial en los combustibles fósiles, sino a permitir que estos continúen a los niveles actuales, por lo menos. Pero lo hacen, claro, incrementando la productividad y la rentabilidad de la industria y promoviendo la acumulación de capital, sin importar los costos y los peligros para el medio ambiente.

Y, significativamente, estos desarrollos no se han hecho “al margen” o “a pesar de” los gobiernos del mundo, signatarios del Protocolo de Kioto, reunidos esta semana en Nueva York y próximos a reunirse en la COP20. Por el contrario, esto ha sucedido con su anuencia y su participación directa: lo que posibilita la emergencia y expansión del “fracking” es la acción de los estados a su favor, en detrimento de esas mismas energías renovables que, supuestamente, “solucionarán” el cambio climático. Y esto es tan cierto en los Estados Unidos como lo es en el Perú.

Lo anterior, que a una mirada inocente podría parecer absurdo, en realidad tiene mucho sentido como parte de un sistema más amplio: aunque con frecuencia nos lo parece, la tecnología no es neutral, ni en términos políticos ni en términos económicos. Su desarrollo y aplicación a esta escala está asociado (de hecho, depende de ellas) a las expectativas de su impacto sobre la tasa de ganancia y su potencial en el proceso de acumulación de capital. Y estas, a su vez, están directamente conectadas con el status quo sistémico, no con su transformación.

Y ahora, ¿quién podrá defendernos?

Es claro, así, que sin una acción efectiva (y masiva) de los estados, el mercado no va a generar una solución global al problema, porque hacerlo no produce valor, o produce menos valor que no hacerlo. Y los estados, digan lo que digan sus dirigentes en reuniones como las de Nueva York, se han venido moviendo generalmente en la dirección contraria, desconociendo todos los compromisos adquiridos y dando dos pasos hacia atrás cada vez que dan uno hacia adelante.

Y es que -seamos obvios- los estados tampoco son neutrales en este terreno. Y lo son mucho menos en el contexto del capitalismo contemporáneo, que se parece más a la forma salvaje de sus orígenes que a la versión contenida, modulada, de su “edad de oro” en la segunda mitad del siglo XX (que fue, por lo demás, la era de su mayor crecimiento económico, con todo y sus estados intervencionistas y keynesianos, sus fuertes sindicatos y sus propensiones socialdemócratas, o quizás precisamente por ellos).

En otras palabras, en el triunfante neoliberalismo de nuestros días, con su voraz vocación por expandir la tasa de ganancia y el control prácticamente absoluto de los procesos democráticos y las decisiones de gobierno por parte del capital, el sistema no tiene los recursos para contener y revertir el desastre que ha causado en el planeta. Hacerlo requeriría algo que es, simplemente, imposible: el capitalismo tendría que negarse a sí mismo, abandonando su deseo de rentabilidad en aras de una solución colectiva y radical al problema del cambio climático y la destrucción ambiental que amenazan no solo al sistema económico o la civilización como la conocemos, sino incluso la continuidad de la especie humana (y de muchas otras). Es decir, el capitalismo tendría que dejar de ser capitalista. Y eso, me parece, no va a suceder.

Porque la verdad es esta: la dinámica que enfrenta a este sistema productivo con el medio ambiente y con el planeta entero no es una aberración o un desvío que pueda ser resuelto con una “vuelta al cauce”, sino un aspecto fundacional, fundamental, del sistema mismo. Es, para usar un lenguaje que cada vez está en menos desuso, una de sus contradicciones esenciales. Quizás es cierto que el sistema puede encontrar, basado en su propia lógica, modos de adaptarse a las nuevas realidades ambientales y sus consecuencias (políticas, sociales, demográficas). Pero no puede “solucionar” el problema.

A menos que emerja en medio de este contexto una agencia colectiva capaz de sustentar y promover políticas radicales de transformación, capturando la agenda de las decisiones políticas y haciéndoles imposible a las burocracias del mundo y a los poderes económicos el continuar con sus dilaciones, sus reuniones inútiles y sus programados fracasos, y poniendo sobre el tapete ya no los pequeños parches que hemos visto fracasar hasta ahora, sino las soluciones de horizonte utópico, verdaderamente transformadoras, que parecemos necesitar.

No serán los estados, al menos no en las condiciones actuales, pero -para volver al tema con el que iniciamos esta nota- quizá sí lo sean los movimientos de masas como los que se vieron esta semana en Nueva York y otras ciudades, lanzados en seria oposición al quietismo suicida de sus gobernantes y al oportunismo egoísta de las élites financieras y económicas, que se benefician de la situación presente y esperan, ciegas, continuar beneficiándose de un futuro que aparece cada vez más desolador.

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Escrito por

Jorge Frisancho

Escrito al margen


Publicado en

Redacción mulera

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