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Juegos por el trono

Mirko Lauer reflexiona sobre las posibilidades opositoras –ante la discordia en el nacionalismo– para tentar la presidencia del Congreso.

Publicado: 2014-07-18

Mientras en el nacionalismo ahora se busca una tercera opción para tener un oficialista en la presidencia del parlamento, luego de que ayer se decidiera que así como Marisol Espinoza tampoco planteará la candidatura de Ana María Solórzano, la oposición también tiene pretensiones de ocupar el sillón principal. Sobre esto último el analista Mirko Lauer reflexiona en su columna publicada hoy en La República. Aquí va.

Algunas esperanzas opositoras están jugando con la posibilidad de aprovechar la discordia en el nacionalismo para tentar la presidencia del Congreso. ¿Qué ganarían con llenar ese vacío político, aparte de ponerle un ojo morado al oficialismo? Habría una ganancia de prestigio en lo inmediato, pero luego eso podría resultarle una bendición a medias.

Es poco probable que una mayoría obtenida para presidir el Congreso luego pueda ser mantenida para el día a día del hemiciclo. El primer efecto de la pérdida de esa mesa directiva sería un restablecimiento del espíritu de cuerpo de la mayoría oficialista, la cual entonces podría conducirse como una suerte de oposición parlamentaria.

Manejar la agenda y el debate del Congreso tiene sus ventajas. Pero siempre el número de votos termina por imponerse. El efecto más importante de una directiva opositora sería demorar la marcha de los proyectos legislativos del gobierno, pero no bloquearlos. Sin mayoría permanente, una directiva opositora siempre tendría algo de prestado.

En estos tres años la oposición en el Congreso, con mínimas excepciones, no ha dado pruebas de ser una alternativa ideológica al gobierno, con un proyecto propio que la englobe y justifique un deseo de ganar terreno institucional. Más que un gobierno rival en las sombras, ha venido siendo más que nada un tábano de la marcha administrativa del humalismo.

Cuando en el 2004 Ántero Flores Aráoz pasó a presidir el Congreso en su condición de opositor, lo primero que declaró fue que sería un presidente de consenso. Un motivo de su triunfo fue la difundida percepción de una peligrosa fragilidad de Alejandro Toledo en la Presidencia de la República. Flores Aráoz llegó como un contrapeso equilibrador para evitar males mayores.

No está claro para qué llegaría hoy un opositor a la cabeza del Congreso. A diferencia del 2004, podría producirse un debilitamiento de la estabilidad del Ejecutivo y conatos de desbandes parciales en el Legislativo. Pues no toda la oposición va a quedar satisfecha con su nuevo Presidente, y la lucha por reemplazarlo empezará al día siguiente de su elección.

Si nos atenemos a las encuestas, los opositores no la han pasado mal en la oposición. Sus candidatos presidenciales al 2016 han mantenido sus buenos puestos, entre otras cosas gracias a que no han tenido que demostrar ni realizar realmente nada. Con la excepción de un aprismo bajo fuego, ha sido una real y gananciosa oposición.

Llegar a la presidencia significaría comprometerse con un perfil opositor mucho más alto. Crear expectativas populares sobre una solución opositora a los problemas de esta hora. Exponerse a una acusación de estar impidiendo la buena marcha del oficialismo. Un presente griego, si los hay.


Escrito por

ALBERTO ÑIQUEN G.

Editor en La Mula. Antropólogo, periodista, melómano, viajero, culturoso, lector, curioso ... @tinkueditores


Publicado en

Redacción mulera

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