la furia naranja de Chávarry

Cuando Marx lee a Piketty

Una lectura de El Capital en el Siglo XXI de Thomas Piketty desde la escuela filosófica y económica de Karl Marx.

Publicado: 2014-07-12

Casi de inmediato, en el momento en que el libro fue lanzado en los Estados Unidos el pasado mes de mayo (Harvard Press, 2014), saltaron voces que vincularon las propuestas del economista galo y profesor de la Escuela de Economía de París con enfoques del pensamiento marxiano.

Localmente, también surgió el tema del pretendido enlace 'ideológico' entre Piketty y Marx. Otro sector -también local- criticó el enfoque de Piketty.

Tal vez, el ala conservadora de los economistas financieros se asustaron con la tapa del libro de Piketty en su edición estadounidense, donde la palabra "Capital" aparece en grandes letras rojas y bajo de ellas, un tímido "...en el siglo XXI" todo rodeado con vivos color bermejo. 


¿recordando al "das kapital" de marx en la tapa del libro de thomas piketty?. foto: lamula.pe

Sin embargo, Rolando Astarita, economista y docente de la Universidad de Quilmes y de la Universidad de Buenos Aires es un teórico del marxismo que ha detectado tramos desde lo técnico -de esta corriente-  que no necesariamente 'dialogan' con el libro y enfoque del economista francés.

"...mi posición es que, si bien Piketty pone el foco en una cuestión real y candente (la desigualdad en términos de riqueza), que la economía del mainstream ha tratado de disimular en base a formulismos matemáticos y supuestos irrealistas, su planteo tiene poco que ver con la teoría de Marx", dice el economista argentino.

No obstante a eso y para aclarar, Piketty no ha aceptado la influencia del marxismo en su trabajo, ni como insumo filosófico, histórico, ideológico y mucho menos input econométrico-estadístico. Astarita asume lo anterior, que no hay relación y lo demuestra a través de aristas que no vinculan las hipótesis del francés con el enfoque económico de Marx. 

A continuación, la interpretación del profesor argentino -desde su blog- respecto a la divergencia Marx-Piketty. 


REFLEXIONES DESDE EL MARXISMO SOBRE EL LIBRO DE PIKETTY (1)

Por Rolando Astarita (*)

El libro de Thomas Piketty, Capital in the Twenty First Century, ha impactado a nivel mundial. Su planteo central es que la desigualdad de los ingresos y de la riqueza ha estado aumentando en los países capitalistas desde los años 1970, y hoy alcanza niveles similares a los que había a comienzos del siglo XX. Esto significa que no se verifica la hipótesis de Kuznets (formulada en los años 1950), según la cual la desigualdad aumentaba primero con el desarrollo del capitalismo, y luego disminuía. De hecho, ya antes de la publicación del libro de Piketty se ha estado documentando que la desigualdad ha seguido una forma de U. Pero el libro de Piketty, utilizando datos fiscales más que encuestas sobre la situación de los hogares, amplía el análisis y confirma el dramático incremento de la desigualdad en las últimas décadas en los países desarrollados. Por caso, en EEUU, desde 1980 a los 2000, la participación en los ingresos del decil más alto de la población pasó del 30-35 por ciento al 45-50 por ciento; y el uno por ciento más rico pasó de tener el 9 por ciento del ingreso en los 1970 a aproximadamente el 20 por ciento en los años 2000 – 2010. Entre 1977 y 2007 el 10 por ciento más rico se apropió las tres cuartas partes del total del incremento del ingreso en EEUU, y el uno por ciento más rico el 60 por ciento del mismo. 

A la luz de estos datos, es comprensible que la vieja tesis de Marx, que dice que en el modo de producción capitalista hay una tendencia a la polarización, cobre nueva actualidad. En este respecto, Piketty sostiene que si bien no se cumplieron las previsiones catastrofistas de Marx (en su interpretación, Marx habría pronosticado el derrumbe del capitalismo por causas puramente económicas), sí se habría verificado su tesis de la creciente polarización de ingresos y riqueza.

Esta proximidad con una de las tesis de Marx ha suscitado interrogantes acerca de cuál es la relación que puede establecerse entre el libro de Piketty y El Capital; de hecho, varias personas me preguntaron qué valoración del Capital in the Twenty First Century podría hacerse desde el punto de vista marxista. En esa nota presento algunas reflexiones, referidas al aspecto teórico del asunto. Adelantando lo que desarrollo más abajo, mi posición es que, si bien Piketty pone el foco en una cuestión real y candente, que la economía del mainstream ha tratado de disimular en base a formulismos matemáticos y supuestos irrealistas, su planteo tiene poco que ver con la teoría de Marx. En particular, porque la idea marxiana de explotación –el trabajo es la única fuente de las ganancias del capital, y las ganancias del capital son fruto de la explotación del trabajo asalariado- desaparece por completo de su explicación. En su lugar, Piketty propone una explicación neoclásica ortodoxa, que pasa por lo “técnico” (productividad marginal, precios de factores, tecnología y similares). La idea del marxismo es que el fenómeno de la distribución no es “técnico”, ni se resuelve en “los precios de los factores”, ya que tiene por base las participaciones relativas del capital y el trabajo en el ingreso nacional, que es generado por el trabajo. Por eso, la teoría de la plusvalía de Marx llama a cuestionar subversivamente la sociedad. Su mensaje central es que la sociedad moderna se basa en la explotación del trabajo, y esto permanece al margen de que aumente, o no, la desigualdad del ingreso. Su eje es la teoría de la explotación; la tendencia al aumento de la brecha en las desigualdades es un efecto de esa explotación. Pero este aspecto de la cuestión está por completo ausente del trabajo de Piketty; como veremos en seguida, las categorías que utiliza son propias de las formas fetichistas bajo las que se disimulan las relaciones esenciales, incluso en su versión más ortodoxamente neoclásica.

El modelo teórico de Piketty

Aunque la mayor parte del libro de Piketty está dedicada a los resultados de sus investigaciones empíricas, la explicación del porqué de la evolución de la distribución del ingreso a lo largo de los últimos tres siglos está contenida en las relaciones entre unas pocas variables que considera fundamentales. Para eso, comienza vinculando el capital, K, con el flujo de beneficios, B, que va a la clase capitalista. El stock de capital incluye todas las formas de activos que rinden un retorno: viviendas, tierra, maquinaria, capital financiero (bonos, acciones, dinero), propiedad intelectual e incluso personas en la época de la esclavitud. Los ingresos del capital, que agrupa bajo el rubro beneficios, incluyen entonces ganancias de empresas, dividendos, interés, renta del suelo y toda otra forma de rendimientos producidos por K.

Piketty define entonces las relaciones básicas: la participación de los beneficios en el ingreso nacional, B/Y, relación que llama α; la tasa de rentabilidad, r, que podemos definir como beneficio sobre capital, esto es, B/K; y la relación capital producto, o capital ingreso, K/Y, que llama β. Con estos elementos, postula la “primera ley fundamental del capitalismo”, que dice que la participación de los beneficios en el ingreso depende del producto de β por r. O sea, α = r × β (también: B/Y = B/K × K/Y). Piketty admite que se trata de una simple unidad contable, pero agrega que puede ser aplicada a todos los períodos históricos. Precisa también que la ecuación no nos dice nada de cómo están determinadas las variables. En particular, no nos dice cómo se determina K/Y, que en cierto sentido es una medida de cuán intensiva en capital es una sociedad.

De ahí que postule la “segunda ley fundamental”: dice que β, esto es, la relación K/Y, es igual a la tasa de ahorro dividido la tasa de crecimiento del producto. O sea, β = s/g (la tasa de ahorro que se tiene en cuenta es neta de depreciación). Puede observarse, como lo señala el mismo Piketty, que se trata en última instancia de la ecuación del modelo de crecimiento de Solow. Según Piketty, la segunda ley representa un estado de equilibrio hacia el que tenderá la economía si la tasa de ahorro es s y la tasa de crecimiento es g.

En cualquier caso, la fórmula muestra que un país que ahorra mucho y crece poco acumula una enorme masa de capital en relación al ingreso, lo que a su vez puede tener un efecto significativo sobre la participación del beneficio en la estructura social y la distribución de la riqueza. Es que si aumenta K/Y significa que los propietarios del capital potencialmente controlan una parte más grande de los recursos, y esto es lo que habría ocurrido en los últimos 40 años. Los factores que explicarían el aumento de la relación β en las últimas décadas serían la alta tasa de ahorro, combinada con el crecimiento lento; las privatizaciones de grandes porciones de capital público (o estatal); y el aumento de los precios de las acciones y activos inmobiliarios desde sus niveles extremadamente bajos en 1950.

Piketty sostiene entonces que la evolución de la relación K/Y tiene forma de U en el largo plazo. Habría bajado durante las dos grandes guerras y la crisis del 30 -destrucción física y desvalorizaciones de los capitales- pero luego habría comenzado a aumentar nuevamente. Así, y siempre según los datos que proporciona Piketty, en Norteamérica y los países más desarrollados de Europa, y también en Japón, en el período 1910-1930, la β subió hasta el 600-700 por ciento, luego bajó hasta 200-300 en los 1950 y 1960 para volver a crecer hasta niveles cercanos a los 600-700 en los 1990 y 2000, y con la proyección de alcanzar los 700 por ciento en los próximos años.

Si volvemos ahora a la primera ecuación, α = r ×β, se trata de explicar cómo interactúan los crecimientos de r y β para dar como resultado final la tendencia al aumento de α. Es que en el largo plazo Piketty encuentra que la evolución de α tiene una forma de U similar a la de β, aunque menos pronunciada. Esto indicaría que r parece haber atenuado la evolución de β. La explicación del fenómeno discurre por los carriles de la ortodoxia neoclásica (solo de pasada hace una alusión “al poder de negociación de las partes involucradas”, p.153 de la versión online). Efectivamente, Piketty explica la tasa de ganancia por el principio de la productividad marginal decreciente: en lo esencial, está determinada por la tecnología y la cantidad de capital. Por lo tanto, demasiado capital deprime la tasa de rentabilidad r. Sin embargo, continúa el razonamiento, la caída de r a medida que aumenta la relación K/Y no alcanza a anular el efecto alcista sobre α, esto es, sobre la participación de los beneficios en el ingreso. La causa de esto reside en la elasticidad de sustitución de los “factores” capital y trabajo. Recordemos que esta elasticidad dice en qué medida varía la relación capital trabajo (K/L) a medida que se modifica la relación entre los precios del capital y el trabajo, esto es, r/w (w es salario; en esta parte altero un poco el argumento de Piketty para adaptarlo a las presentaciones más habituales de los cursos de Microeconomía mainstream).

El hecho es que si la elasticidad de sustitución es mayor a uno, significa que una caída de la relación r/w provoca una suba más que proporcional de la relación K/L. Si tenemos en cuenta que las participaciones relativas del capital y el trabajo (siempre en el esquema neoclásico) es rK/wL, una elasticidad de sustitución superior a uno provocará que un aumento de la intensidad capitalista del proceso (esto es, aumento de K/L) dará lugar a una disminución proporcionalmente menor de r, de manera que aumentará la relación B/W (esto es, rK/wL); en otras palabras, aumentará B/Y (teniendo en cuenta que Y = W + B). Dado que Piketty sostiene que la elasticidad sustitución tiende a ser mayor que uno, el aumento de β habría provocado el aumento de α, aunque atenuado por la caída de r.

En un sentido más general e histórico, Piketty parece reducir la causa del aumento de la desigualdad a que r > g. Sostiene que se trata de un hecho histórico comprobado, que explicaría el crecimiento de la desigualdad en las sociedades agrarias tradicionales. La idea es que si r > g, la riqueza acumulada es recapitalizada mucho más rápido de lo que crece la economía. Por ejemplo, si g = 1% y r = 5%, el ahorro de un quinto del ingreso proveniente del capital ya asegura que el capital heredado de las generaciones previas crece a la misma tasa que lo hace la economía. La tasa de rentabilidad del capital la atribuye a un factor psicológico; r refleja la impaciencia promedio de las personas y su actitud ante el futuro (el argumento sería válido para las sociedades agrarias, precapitalistas o capitalistas). Que por otra parte coincide con la productividad marginal del capital.

El capital como “cosa que rinde ganancia”

Tal vez el primer aspecto, y central, en el que los enfoques de Marx y Piketty son opuestos, es la noción misma de capital. Es que Piketty escribe todo un libro sobre “el capital en el siglo XXI” a partir de una concepción del capital ahistórica y asocial. En su visión -como en toda la economía neoclásica- capital son “cosas” tales como máquinas, tierra, activos financieros, dinero, yacimientos mineros, y similares. “Cosas”, agrupadas bajo “K”, que rinden ganancias, rentas, intereses, dividendos e ingresos en las más diversas formas. En este enfoque, los ingresos derivados de “K” son abstraídos de toda relación con el trabajo y su explotación. El capital tiene rendimientos porque es productivo, y su tasa de rentabilidad viene a coincidir con su productividad marginal (que a su vez coincide con las preferencias intertemporales de los consumidores). Desde este punto de vista, el hacha de piedra del hombre primitivo ya era “capital” con rendimientos iguales a su productividad marginal. Incluso Piketty no distingue entre tierra y capital (distinción que encontramos en los clásicos y en Marx, entre otros); la tierra es parte de “K”, y rinde bajo el mismo principio que cualquier otro activo. Por eso “K” es concebido por Piketty como una fuente autónoma de plusvalías; es “algo” que genera valor y ganancia al margen del trabajo y con independencia de este. Una idea muy alejada de la de Marx, que concebía el capital como relación social, de explotación del trabajo (para este concepto, ver aquí). Y como también señalaba Marx, el capital alcanza su forma más enajenada y fetichista en el dinero que devenga interés, forma que Piketty amontona sin distinción conceptual con otras formas de capital, o con la tierra. Tengamos presente que en el caso del capital productivo hay por lo menos una referencia al proceso de trabajo, lugar último de generación del valor y el plusvalor. Pero en el capital a interés se pierde cualquier vestigio de relación social. Aquí estamos ante un fetiche automático, dinero que da dinero, donde “la relación social se halla consumada como relación de una cosa, del dinero, consigo misma” (Marx, t. 3 p. 500, El Capital).

Naturalmente, el agrupamiento bajo el nombre de capital de estas diversas formas, contribuye a quitarle todo contenido histórico, y acarrea consecuencias para el análisis del largo plazo. En particular, al considerar “K” como un conjunto de “cosas que rinden ingresos”, como hace Piketty, es imposible comprender las especificidades asociadas a las relaciones históricas y sociales concretas, que han evolucionado desde el Antiguo Régimen a la moderna sociedad capitalista. Por ejemplo, cuesta encontrar la continuidad explicativa entre lo que podía ocurrir con la renta agraria y los ingresos campesinos en la Francia del siglo XVIII, y los ingresos del capital y los asalariados en la Francia del siglo XX; o entre el usurero precapitalista y el moderno capital dinerario. La misma idea de Piketty de que su primera “ley fundamental del capitalismo” se aplica a toda época histórica encierra una llamativa naturalización del capitalismo. Y si se pierden de vista las diferencias entre las formas histórico-sociales, el análisis se hace abstracto. De ahí que el punto más interesante del análisis empírico de Piketty sea la evolución de las diferencias de ingresos y riquezas desde fines del siglo XIX a la actualidad, cuando podemos hablar de un modo de producción capitalista predominante.

Pero cuando entramos en el análisis de la dinámica capitalista, las razones de por qué crecen las desigualdades sociales se oscurecen debido a la endeblez de los fundamentos teóricos. Es que los problemas derivados de la falta de concepto histórico y social del capital se manifiestan en el agrupamiento de Piketty del stock de los medios de producción, concebidos en términos físicos (porque la productividad marginal se asocia al capital como stock físico), del “valor” de la tierra (que en sentido marxista tiene precio, pero no valor) y del capital financiero, que es más amplio que el capital productivo o mercantil realmente invertido. Es por esto que en relaciones que Piketty concibe “de causa a efecto” -en especial, K rinde B, y por lo tanto r depende de esa relación causal- de hecho se esconden relaciones circulares. Por ejemplo, si el precio de la tierra depende de la renta, como sucede en la realidad, entonces es imposible considerar la parte de K correspondiente a la tierra como una fuente autónoma de la renta, ya que el “valor” (precio) de la primera depende también de la segunda.

De la misma manera, si se habla de capital en sentido físico, su agregación como “cantidad de capital” solo puede realizarse a través de los precios de los medios de producción involucrados, que dependen -como lo demostró la crítica de Cambridge- de la tasa de interés. Pero entonces la misma cantidad física de capital tendrá distintos valores (esto es, variará “K”) según varíe la tasa de interés, que en principio debía explicarse por la cantidad del capital. Por lo tanto, no tiene sentido afirmar que la rentabilidad del capital depende de la cantidad del capital. Como también pierde sentido toda la problemática de la elasticidad de sustitución una vez que se acepta la realidad del “retorno de las técnicas” (esto es, que a una tasa alta de interés una técnica menos intensiva de capital es rentable, a una tasa menor es más rentable una técnica más intensiva, pero a una tasa más baja vuelve a ser rentable la primera técnica). Tengamos presente que la explicación de Piketty del porqué de la evolución de la distribución del ingreso y la riqueza en el siglo XX y hasta el presente, depende de la hipótesis de elasticidad de sustitución. Por eso era de esperar alguna discusión en profundidad del principio, pero la misma brilla por su ausencia. Piketty se limita a adoptar teoría mainstream, eludiendo las dificultades planteadas, ya hace más de un siglo, por los críticos de Cambridge (su única referencia al asunto se refiere al modelo de Harrod-Domar, al que opone el de Solow).

Sin embargo, los problemas no se solucionan ignorándolos. En las dificultades para medir el capital haciendo abstracción de las variables distributivas (interés y salarios) subyace la abstracción de considerar al capital como “un factor de producción”. Y desde ese supuesto carente de contenido social, no es posible elaborar una teoría correcta de la distribución. De hecho, la economía mainstream que sigue Piketty disuelve la cuestión de la distribución en los “precios de los factores”, pero estos no pueden fundarse en la productividad marginal ni en la función de producción. Por eso fracasa el intento mainstream de eludir la problemática del conflicto de clases, inherente a la economía política, y medular en la distribución del ingreso, para transformarla en una cuestión técnica de Economics. Por otra parte, desde el enfoque marxista, la distribución se vincula orgánicamente con el sistema de explotación, que se constituye entonces en un eje ordenador del análisis: solo cuando se ha establecido la tasa de plusvalía -el reparto básico del valor agregado por el trabajo- es posible establecer el sistema de precios y las tasas de rentabilidad del capital. En cambio, la mera enumeración de identidades contables, como las presenta Piketty, no tiene poder explicativo alguno. Por supuesto, son importantes los datos que presenta sobre la evolución de la distribución del ingreso, ya que ponen en evidencia que la hipótesis de Kuznets sobre su forma de U invertida en el largo plazo, es equivocada. En este respecto, el trabajo de Piketty es valioso. Pero además del dato, hay que presentar razones, y hay que ir al fondo del asunto. Es necesario encontrar la lógica de las categorías económicas; y esa lógica, en la sociedad dividida en clases, depende de las relaciones sociales. Más en particular, en la sociedad capitalista, depende de la relación entre el capital y el trabajo asalariado.

Como no podía ser de otra manera, las dificultades encerradas en lo abarcado por “K” se extienden, en el trabajo de Piketty, al capital financiero. Por un lado, porque en la realidad los precios de los activos financieros dependen de la tasa de interés, de manera que puede existir inflación de precios por motivos puramente especulativos, que poco tienen que ver con la rentabilidad real del capital productivo (una cuestión que incide en cómo opera la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia de Marx). A su vez, la posibilidad de inflaciones de precios puramente especulativas da lugar, en Marx, a la noción de capital ficticio; es lo que ocurre, por ejemplo, cuando los precios de las acciones se elevan por encima de los “fundamentos” relacionados con la generación y realización de plusvalía. El tema se profundiza incluso cuando hablamos de bonos gubernamentales, que dan derecho a recibir una parte de la plusvalía -recaudada bajo la forma de impuestos- pero ya no expresan ninguna forma de capital real (sobre capital ficticio, aquí). Todas estas cuestiones se revelan decisivas a la hora de explicar las razones de por qué en el sistema capitalista operan tendencias hacia la polarización social, tendencias que tienen poco que ver con la idea del capital como “una cosa K que rinde B”.


(Descarga el documento original aquí.)


* Rolando Astarita es economista y profesor principal en la Universidad Nacional de Quilmes.  También es docente en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Su enfoque científico se basa en temas vinculados a la teoría de Marx. Es autor del libro "Valor, mercado mundial y globalización" (Buenos Aires, Kraicon, 2006).


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Escrito por

Eduardo Recoba Martínez

Economista, profesor y periodista @eduardo_recoba


Publicado en

Redacción mulera

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