no tenemos planeta B

Poetas con mamitis

La historia de la poesía peruana está llena de creadores que han expresado en su producción el amor o los sentimientos encontrados que tenían por sus madres. Aquí compartimos con ustedes algunos de los textos más notables que proceden de esta tradición.

Publicado: 2014-05-11

El amor a la madre tiene esta peculiaridad de que es fundamentalmente creativo.  

Y sí, a pesar de que una y otra vez nos negamos a aceptar la buena influencia de este sentimiento en nuestra vida adulta, y aunque la vida misma nos presiona, cada vez más temprano, a remplazar la tarjeta colorida que le regalamos en su día por una comprada en el supermercado, y luego por zapatos y joyas y regalos cada mes más lujosos – todos tenemos recuerdos más o menos lejanos de haber sido movidos internamente a construir algo para ella con nuestro propios dedos, a retratarla con temperas, a escribirle unas líneas sentidas, por más trillada y lejana que pueda resultarnos hoy la idea. En ese entonces, cuando éramos enanos de nido o engrosábamos las filas de los primeros años de la escuela, la voluntad de sorprenderla en su día nos llevaba a hacer cosas descabelladas, y la vía natural para hacerlo era la creación – especialmente la poesía.

Declamábamos poemas para ella y se sentía bien. Sus palabras de aliento y su calidez nos hacían perder de vista que algún día llegaría el silencio.

Aunque resulta que no siempre es así: hoy queremos compartir con ustedes el trabajo de más de un creador adulto que ha continuado esa noble tradición cuya raíz se confunde casi con nuestros primeros recuerdos.

*

Empezamos con Carlos Oquendo de Amat, cuyo homenaje materno traduce justamente este inolvidable amor de niño, visto nostálgicamente a la distancia:

MADRE

Tu nombre viene lento como las músicas humildes

y de tus manos vuelan palomas blancas

mi recuerdo te viste siempre de blanco

como un recreo de niños que los hombres miran desde

aquí distante

un cielo muere en tus brazos y otro nace en tu ternura

a tu lado el cariño se abre como una flor cuando pienso

entre ti y el horizonte

mi palabra está primitiva como la lluvia o como los himnos

porque ante ti callan las rosas y la canción

*

En el siguiente poema de Pablo Guevara – del libro póstumo Mentadas de madre – retoma esta visión nostálgica del amor a la madre, si bien en ella se empieza a deslizar, tentativamente, el principio de realidad que le impone el del adulto, de manera retrospectiva.

3

Tu vida

– un cinemita de niños y un teatrín de muñecas –

fue una misma lamparita de aceite

encendida (velando al Corazón de Jesús) y un sahumerio

oloroso que parecerían brotados del mismísimo

Aladino – pero ahora veo que la pantalla

que creí inmaculada se estaba cayendo a

pedazos – ahora que le cae de golpe

una luz plana...

y luz ambiente y sin imágenes a

tal punto que veo los parches inmensos

como llagas o cicatrices las manchas

de no se sabe bien de qué

tal parece que nunca hubo nada allí

que valiera la pena –

¿son así el cine o el teatro un arte

evanescente... ¿es así la vida?

Y las escenas que he visto

ya no las recuerdo muy bien y no sé

si alguna vez estuvieron completas o con

planos de más o planos de menos o

simplemente fue una (mi) imaginación

febril o afiebrada que las imaginó y

arregló torpemente para bien o para mal...

Pero yo conservo (felizmente ¿quién no?)

un cinemita votivo que enciendo en mis noches

un entorno mágico con escenas magistrales

y en algunas tú llegas y mi padre anhelantes

en su caballo blanco (un Tom Mix) y nos

salvan a todos, a mí y a mis amiguitos...

Estaremos los dos cuando uno de los dos

falte o se apague – tú te irás a caballo sabe

dios por qué lugares... y yo con mi

lamparita de aceite velaré tus pasos tus paseos

y tus cabalgadas...

Regresa pronto (Jean) o espéranos...

que algún día tal vez pronto... yo también

me iré a la carrera...

*

Seguimos con César Vallejo, para quien la figura de la madre, por más frágil que sea, no deja de ser nunca, para los demás, una fuente de fortaleza antes los embates del tiempo:

Poema LXV

Madre, voy mañana a Santiago,

a mojarme en tu bendición y en tu llanto.

Acomodando estoy mis desengaños y el rosado

de llaga de mis falsos trajines.

Me esperará tu arco de asombro,

las tonsuradas columnas de tus ansias

que se acaban la vida. Me esperará el patio,

el corredor de abajo con sus tondos y repulgos

de fiesta. Me esperará mi sillón ayo,

aquel buen quijarudo trasto de dinástico

cuero, que para no más rezongando a las nalgas

tataranietas, de correa a correhuela.

Estoy cribando mis cariños más puros.

Estoy ojeando ¿no oyes jadear la sonda?

¿no oyes tascar dianas?

estoy plasmando tu fórmula de amor

para todos los huecos de este suelo.

Oh si se dispusieran los tácitos volantes

para todas las cintas más distantes,

para todas las citas más distintas.

Así, muerta inmortal. Así.

Bajo los dobles arcos de tu sangre, por donde

hay que pasar tan de puntillas, que hasta mi padre

para ir por allí,

humildóse hasta menos de la mitad del hombre,

hasta ser el primer pequeño que tuviste.

Así, muerta inmortal.

Entre la columnata de tus huesos

que no puede caer ni a lloros,

y a cuyo lado ni el Destino pudo entrometer

ni un solo dedo suyo.

Así muerta inmortal.

Así.

*

Pasamos a Carlos Germán Belli. En este poema se expresa nuevamente la visión de un niño que idealiza a la madre, pero relacionándola esta vez con la autoridad, lo secreto y el mundo remoto de la adultez, del que desea ser parte que al mismo tiempo relega al niño a la insignificancia.

Segregación No 1

(a modo de un pintor primitivo culto)

Yo, mamá, mis dos hermanos

y muchos peruanitos

abrimos un hueco hondo, hondo,

donde nos guarecemos,

porque arriba todo tiene dueño,

todo está cerrado con llave,

sellado firmemente,

porque arriba todo tiene reserva:

la sombra del árbol, las flores,

los frutos, el techo, las ruedas,

el agua, los lápices,

y optamos por hundirnos

en el fondo de la tierra,

más abajo que nunca,

lejos, muy lejos de los dueños,

entre las patas de los animalitos,

porque arriba

hay algunos que manejan todo,

que escriben, que cantan, que bailan,

que hablan hermosamente

y nosotros rojos de vergüenza

tan sólo deseamos desaparecer

en pedacitos.

*

A continuación tenemos un poema de Domingo de Ramos, de su libro Pastor de perros, en el que es el dolor de la madre, el de su labor que se confunde con el sufrimiento del poeta, lo que toma el primer plano:

DE LA MADRE

Bendijese oh sí el altar de este catre desnudo

Allí entre velas que calentaban las arrugadas manos de la madre

Vacié todo mi aliento y sobre un puñal de cenizas recordé

La nervuda arena que entraba hasta taparme los pies

torciéndome en un lado diurno y otro oscuro en esta pared

de esteras como plástico barroso que el invierno apaga

y me hablasen de aquella que sobre el polvo me ha hecho

Ella que transida bajaba ululando su tordilla cabellera

por la pendiente haciendo trazos torpes por el peso de la tardanza

O por el sol lastimando sus pómulos su frente sudorosa

Como creí verla al ser arrojado sobre unas sábanas

blancas que amortiguaban mi caída En ese lejano

sembrío de viñas y yo como un recién llegado recibí

estos ecos como si me aserrase el pecho lentamente

entre el rumor de los primus y voces que se cuelan

y hachan las sombrosas telas que aún apañan las hendiduras

del tiempo y ella se levantase y yo en el sitio donde no debo

y me dijese como un arrebol curtido racha y silente

con que me despierta y aún cegado por lo inesperado

me levanto a tientas a danzar alrededor de su falda

y ella cavilosa y runa contempla el paisaje

donde dirigió su rostro limpio hacia todos los aires

¡Oh ya no será más el aceite tierno de las madrugadas violáceas

ya no seré el hijunagramputa que se incendia falcado

en su regazo y me abrace con su chompa podrida sus cerezos

sus agujas su jardín metálico en que el padre se arrecuesta

como un ocaso mi arrobamiento ante sus palabras necias y dulces

como machacados ajos me llega su llanura sus manos

sus consejos escayolados sobre mi mente que se acrece y se arruga

en tiempos en que me devoran estas faenas impuras y sangrientas

que partían mis noches oh la oscura y china noche como diría

el padre al cerrarse el bar al borde del estribo

una mujer como el día me golpea en la nuca y yo quisiera

al voltear mi tristeza en su tristeza

y bendijese oh sí el altar de este catre desnudo me dé

su inextirpable sonrisa que me azula.

*

A continuación, este poema de José Watanabe -del libro Banderas detrás de la niebla- traduce las sensaciones incongruentes, pero no por ello menos intensas o sinceras- del poeta ante el cadáver de su madre:

Responso ante el cadáver de mi madre

A este cadáver le falta alegría.

Qué culpa tan inmensa

cuando a un cadáver le falta alegría.

Uno quiere traerle algo radiante o gustoso (yo recuerdo

su felicidad de anciana comiendo un bife tierno),

pero Dora aún no regresa del mercado.

A este cadáver le falta alegría,

¿alguna alegría aún puede entrar en su alma

que está tendida sobre sus órganos de polvo?

Qué inútiles somos

ante un cadáver que se va tan desolado.

Ya no podemos enmendar nada. ¿Alguien guarda todavía

esas diminutas manzanas de pobre

que ella confitaba y en sus manos obsequiosas

parecían venidas de un árbol espléndido?

Ya se está yendo con su anillo de viuda.

Ya se está yendo, y no le prometas nada:

le provocarás una frase sarcástica

y lapidaria que, como siempre, te dejará hecho un idiota.

Ya se está yendo con su costumbre de ir bailando

por el camino

para mecer al hijo que llevaba a la espalda.

Once hijos, Señora Coneja, y ninguno sabe qué diablos hacer

para que su cadáver tenga alegría. -

*

Terminamos con un poema de Antonio Cisneros, tomado de su Crónica del niño Jesús de Chilca. No es precisamente un homenaje a la madre, sino un texto en el que es la propia madre la que habla en primera persona de lo que siente por su hijo, el mismo que seguramente ha dejado de escribirle poemas y mimarla para salir a trabajar, cada día, como cualquier otro joven, pero que a fin de cuentas sigue siendo de ella hasta el final:

Una Madre Habla De Su Muchacho (chilca, 1967)

Es mi hijo el menor. El que tenga ojos de ver no tenga duda.

Las pestañas aburridas, la boca de pejerrey, la mismita pelambre del

erizo.

No es bello, pero camina con suma dignidad y tiene catorce años.

Nació en el desierto y ni puede soñar con las caladrias en los

cañaverales.

Su infancia fue una flota de fabricantes de harina de pescado atrás

del horizonte.

Nada conoce de la Hermandad del Niño.

La memoria de los antiguos es un reino de locos y difuntos.

Sirve en un restaurant de San Bartolo (80 libras al mes y dos platos

calientes cada día).

Lo despido todas las mañanas después del desayuno.

Cuando vuelve, corta camino entre las grúas y los tractores de la

Urbanizadora.

Y teme a los mastines de medianoche.

Aprieta una piedra en cada mano y silba una guaracha. (Ladran los

perros.)

Entonces le hago señas con el lamparín y recuerdo como puedo las

antiguas oraciones.


Escrito por

Alonso Almenara

Escribo en La Mula.


Publicado en

Redacción mulera

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