Yo me quedo en casa

El negocio de la muerte

Carlos Garcia Rawlins retrata en imágenes un lado poco conocido de la violencia en Venezuela.

Publicado: 2014-04-10

Un trabajador de una fábrica de ataúdes en Caracas sonríe al tomar una foto de un colega que juega a 'hacerse el muerto' dentro de un féretro. Aunque esta imagen (encabezando la nota) podría resultar chocante, es el reflejo de una población que tiene los ingredientes para volverse insensible ante la muerte. 

Un informe de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito señala que Venezuela es el segundo país del mundo con la tasa más alta de homicidios. Si el promedio de este tipo de muertes a nivel global es de 6,2 por cada 100,000 habitantes, el país petrolero registra una preocupante cifra: 53,7, que supuso un total de 16,072 muertos en 2012. Es más, según la ONU, Venezuela es el único país de Sudamérica cuya tasa de homicidio ha aumentado consistentemente desde 1995.

Ya sea por robo a mano armada, secuestro o asesinato, la situación ha creado la proliferación de empresas que lucran con la muerte: desde los fabricantes de ataúdes, los cinceladores, los vendedores de flores, los sepultureros y hasta aquellos que tramitan los permisos.  

El fotógrafo venezolano de Reuters, Carlos Garcia Rawlins, retrata un lado poco conocido de la violencia, centrándose en el negocio de la muerte. Además nos enseña como  las formas de afrontar la muerte pueden ser muy diferentes: desde profanaciones de tumbas hasta familiares que fuman marihuana y lloran sobre su ataúd. 

Aquí les dejo el relato del fotógrafo y algunas de sus imágenes:  

Como fotógrafo he estado presente en muchos funerales y otras tantas veces me he encontrado a mí mismo, de un modo u otro, rodeado por la muerte y todo lo que ello conlleva. 

Una de las cosas más horribles de las que he sido testigo, es ver como embalsamaban a una víctima de la violencia. Los olores fuertes a formol y descomposición, y la forma en que estos hacen que te piquen los ojos, no son nada en comparación con el momento en que el embalsamador elimina metódicamente el sello que cierra la incisión de la cabeza a vientre después de la autopsia. Luego coloca los órganos dentro de una bolsa, mete el abdomen con un periódico y cose de nuevo el cuerpo antes de situarlo en un ataúd. Este fue el proceso que vi realizar en una persona que murió unos días antes a partir de múltiples heridas de bala.

Cuando empiezo una nueva historia en imágenes, me fascina pensar a qué nuevos lugares me llevará, qué nuevas experiencias voy a vivir, qué nuevas personas me encontraré y hasta qué nuevos límites seré empujado.

En este caso, la historia me trajo mucho más cerca el problema de la violencia cotidiana en Venezuela. Pero mi proyecto también tuvo un enfoque diferente: Miré a las industrias que están prosperando debido al aumento de las muertes violentas en los últimos años.

Una de las cosas que no puedo sacar de mi cabeza es lo equivocada que es la suposición de que la mayoría de los asesinatos ocurren en zonas de conflicto. Según la Organización Mundial de la Salud, el número de muertes violentas causadas por homicidios es mucho mayor que los números directamente causadas por la guerra.

Como venezolanos estamos acostumbrados a todas las sangrientas estadísticas de la "violencia común". El Observatorio Venezolano de Violencia, un grupo de seguimiento, dice que la tasa de homicidios ha aumentado de alrededor de 19 por 100.000 en 1998 a alrededor de 79 el año pasado, sin arrestos en el 90% de los casos. Las estadísticas oficiales son más bajas, pero incluso ellos muestran la duplicación tasa de homicidios desde 1999.

Para nosotros, se ha convertido en la norma estar cerca de la parte superior de la lista de los países más violentos del mundo. Incluso si no están directamente involucrados como víctimas o victimarios, muchas personas se conectan a esta violencia, aunque sea a través de sus trabajos diarios. Una de esas personas es el sacerdote Atilio González, quien me contó algunas de sus experiencias tras 24 años de trabajo en el Cementerio Sur de la ciudad. "He vivido aquí y he visto todo", dijo.

Después del almuerzo caminamos a través del cementerio. Andamos entre los mausoleos destruidos por vándalos, donde las plantas desaliñadas y la basura se juntan con algunas tumbas profanadas, de las que habían sido robados hasta los huesos. Finalmente llegamos a un sitio donde González había sido invitado para realizar la ceremonia religiosa.

Otra persona que conocí y cuyo trabajo se relaciona con la muerte es Laudelino, de 76 años de edad. Lleno de energía, Laudelino trabaja completamente cubierto por el polvo blanco de las lápidas que esculpe. Con cincel en mano, grabó una piedra para un hombre de 20 años de edad. “Más personas muertas han pasado por mis manos que por cualquier otro”, me dijo.

No fue fácil tener acceso a los temas de esta historia. Me tomó más de un año de reuniones y conversaciones ganarme la confianza de las personas para negociar o simplemente recibir la respuesta de las personas que dijeron que no.

Probablemente lo más difícil fue encontrar familias que me permitieran fotografiar durante los velorios y funerales de sus familiares que habían sido asesinados por la violencia. Estaba en uno de esos funerales cuando, de repente, todo se convirtió en un torbellino. Me empujaron a la parte trasera de la motocicleta de uno de los amigos de la víctima, un líder de la banda que se había pasado toda la noche bebiendo. Tan pronto como salimos de la morgue manejó la moto hasta la ventana del auto fúnebre y lo obligó a desviarse hasta un barrio pobre llamado 23 de Enero.

Eso fue sólo el comienzo de una tarde llena de momentos de tensión y durante la cual, muchos motociclistas bloquearon las calles con antelación para permitir el paso del cortejo fúnebre. De vez en cuando también se detenía el auto fúnebre y, varias motocicletas hacían acrobacias con sus motos alrededor del vehículo como homenaje a su amigo fallecido.

La música a todo volumen fue suficiente para detener las lágrimas de los dolientes. Cuando la procesión llegó a la casa de la víctima, bajaron el ataúd y lo llevaron a un patio trasero con una pequeña plantación de marihuana, abrieron la tapa del féretro depositaron marihuana y continuaron su homenaje entre lágrimas.

Lo más impactante para mí no era tal vez la experiencia en sí, ellos estaban planeando la venganza por la muerte de su amigo, sino la fórmula perfecta para una espiral infinita de violencia.

Cubriendo esta historia, tenía la sensación de que la vida en las calles de Venezuela se mantiene barata, pero el negocio de la muerte es cada vez más rentable. Y lo seguirá siendo mientras la llamada "violencia común" se hace cada vez más común.

(Declaraciones traducidas por LaMula.pe)

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Escrito por

Tamara Lasheras

Politóloga, amante de la música y el buen vino. Buscando formas distintas pero posibles de hacer las cosas.


Publicado en

Redacción mulera

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