sin ciencia no hay futuro

“Estamos recobrando el brillo que alguna vez tuvo la orquesta”

La Mula conversó con Fernando Valcárcel, el director titular de la Orquesta Sinfónica Nacional, a propósito de los considerables cambios que está experimentando en la actualidad nuestro principal elenco musical.

Publicado: 2014-03-23

Fernando Valcárcel (Lima, 1972) proviene de un linaje de singular prestigio en la historia de la música académica peruana: su padre, Edgar Valcárcel, fue uno de los principales miembros de la Generación del 50 y es autor de importantes obras de nuestro canon musical, tales como su Concierto para Guitarra, Zorro Zorrito o la cantata Hanac Pachap; su tío abuelo, Theodoro Valcárcel, es el creador del ballet Suray Surita y es ampliamente considerado como una figura central en lo que se ha dado a conocer como el indigenismo musical de la región. No es difícil imaginar que este legado familiar debe ser, a la vez que una constante fuente de inspiración, también una pesada carga para un joven director de orquesta que se encuentra aún en la etapa de consolidación de su carrera y al que probablemente le queda mucho que demostrar frente al principal elenco artístico de nuestro país.  

Hay que decir sin embargo que Fernando Valcárcel tiene hoy suficientes méritos como para distinguirse por cuenta propia y que, de hecho, ha logrado hacer algo que ya nadie esperaba del aletargado medio musical académico nacional: en un microcosmos donde tradicionalmente ha tendido a primar un pensamiento reacio a los cambios y las innovaciones, el director ha llevado adelante un proyecto modernizador que ha vuelto a poner en el centro de nuestra vida musical no sólo la creación contemporánea sino también la producción casi por completo desconocida de los principales compositores peruanos.

Evidentemente, hay mucho por hacer y queda claro que el nivel de la OSN no ha despegado aún lo suficiente como para que pueda soportar comparaciones con los mejores elencos sinfónicos de la región. Los medios económicos y logísticos, aunque han mejorado considerablemente (los salarios de los músicos, en particular, se han multiplicado por cuatro a fines del año pasado), siguen siendo limitados para una orquesta profesional, y no se puede esconder el hecho de que hay miembros del elenco que técnicamente han quedado rezagados. La sensación general en cuanto al trabajo de esta orquesta y de su director es sin embargo cada vez más una de entusiasmo y de respeto: se nota una mayor disciplina y entrega en casi todos los músicos y, aunque no todos los melómanos se inclinan necesariamente por los gustos avezados de Valcárcel, es importante notar que la diversificación de la programación ha creado una situación en la que, por primera vez en mucho tiempo, se percibe, especialmente en los jóvenes y en los nuevos públicos que ha empezado a atraer el Gran Teatro Nacional, una sana curiosidad e incluso, diría, una cierta excitación por lo desconocido.

Valcárcel acaba de dirigir esta semana una de las obras más bellas del periodo serial de Stravinsky: el ballet Agon, compuesto en 1957. Entre las sesiones de ensayo tuvo la gentileza de concederme la siguiente entrevista. 


Tu trabajo se ha distinguido por el énfasis especial que le has puesto a la programación de obras modernas, por un lado, y peruanas, por el otro. Empecemos hablando de lo que se viene este año en estos dos ámbitos.

Este año, una de las cosas más importantes que tenemos planeadas con la orquesta es el homenaje que le estamos haciendo a Celso Garrido-Lecca, el ilustre compositor peruano que acaba de cumplir 88 años. A lo largo de 2014 tendremos cinco conciertos en los que vamos a incluir cinco obras distintas. Hemos empezado hace dos semanas con el Concierto para Cello interpretado por Carlos Prieto, su dedicatario. Luego, en julio, tendremos la presencia del director mexicano Enrique Diemecke, quien dirigirá la Elegía a Machu Picchu, una obra que está por cumplir 50 años. La semana siguiente dirigiré Laudes II; se trata del estreno peruano de esta importante composición, un estreno largamente esperado. Y para noviembre tendremos la visita de Luis Orlandini, quien interpretará el hermoso Concierto para Guitarra, una obra que el guitarrista chileno conoce muy bien y que ha grabado en más de una ocasión. 

Entre todos estos conciertos, la orquesta va a hacer una gira a Colombia, la primera gira internacional de este elenco desde la década de los 40, si no me equivoco. Viajaremos con dos programas, uno de ellos estrictamente dedicado a la música peruana, donde incluiremos los Retablos Sinfónicos de Garrido-Lecca, además de obras de Enrique Iturriaga, Theodoro Valcárcel, Francisco Pulgar Vidal, y Jorge Villavicencio.

Estamos incluyendo también en la programación a compositores peruanos relativamente jóvenes. Una de las grandes alegrías de este año ha sido la inclusión del Concierto para Violín de Sadiel Cuentas, que es una obra de gran factura, y tendremos dos otros estrenos importantes: uno mundial, el del Concierto para Piano de Jorge Villavicencio en junio, un proyecto que se gestó a partir de las conversaciones que tuve con él en 2011 cuando tocamos su obra Wayra. Finalmente tendremos el estreno, ya no mundial pero peruano, del Concierto para Cello de Jimmy López, uno de los compositores nacionales más renombrados de la actualidad. Como puedes ver, estoy tratando de tener un balance entre los compositores consagrados y la nueva generación.

Eso en cuanto a la música peruana. En lo que respecta a la música universal, definitivamente lo más interesante de 2014 va a ser la presencia del gran compositor polaco Krzysztof Penderecki, quien vendrá además en calidad de director de orquesta y presentará varias obras suyas: la famosa Threnody for the Victims of Hiroshima, el Adagio de la Sinfonía III para cuerdas (una obra recién estrenada el año pasado) y el Agnus Dei para coro a capella que interpretará el Coro Nacional. La presencia de Penderecki, una de las últimas grandes figuras de la generación de compositores vanguardistas de la posguerra, va a enriquecer a todos los elencos: no solo es un lujo poder interpretar su música, sino que vamos a tener además el privilegio de poder contar con la presencia del creador dándonos las indicaciones más precisas y fidedignas, y creo que esa es la mejor manera de acabar el año.

Krzysztof Penderecki

En agosto tendremos también la inclusión de Atmósferas del compositor húngaro György Ligeti, una obra que quedó pendiente el año pasado, y esta semana voy a dirigir el estreno de Agon, el hermoso ballet serial de Stravinsky. Va a haber varias cosas importantes, varios estrenos y obras capitales para la historia de la música.

¿De dónde proviene esa voluntad de innovar con la programación, de exponer a la audiencia a lenguajes distintos, sobre todo tomando en cuenta las reticencias con las que me imagino que te debes haber encontrado?

Yo vengo de una familia musical; mi padre es un creador de prestigio, y por lo tanto he vivido de cerca el drama del compositor nacional. Este drama parte del hecho fundamental de que los compositores no pueden encontrar los medios, los alicientes, las circunstancias favorables para que se pueda desarrollar el acto de la composición: no hay concursos, no hay un criterio de planificación de grabaciones. A eso hay que sumar lo muchas veces complicado del lenguaje contemporáneo y el poco interés de los intérpretes... Hay entonces una soledad en el compositor, una soledad dura e injusta porque el reconocimiento (siendo en algunos casos parcial) sí se da en otras artes, como la literatura o la pintura.  

La música es un arte que requiere no sólo de la creación, de la composición en sí, sino también de la ejecución; dependemos de otros, dependemos de instituciones. Cuando entré a la Sinfónica hice una ecuación muy simple: esta es una Orquesta Nacional, tiene que haber por lo tanto un énfasis en la interpretación de obras nacionales. Tenemos que dar el espaldarazo final que necesita el compositor peruano. Hay una gran producción que es totalmente desconocida. Muchas de estas obras nacionales, algunas muy bellas, se tocan una vez y ya no se tocan más, en el mejor de los casos. Yo me podría pasar una vida tratando de tocar todo lo que se ha hecho en este país y no lo lograría, pero hay que hacerlo.

Ahora, la música contemporánea es un campo que siempre me ha interesado, un poco por la formación que he tenido como compositor, pero también porque en mi casa siempre ha habido ese gusto por lo contemporáneo. Creo que es el lenguaje de nuestro tiempo y tiene que escucharse. Yo me sentiría mutilado, inútil, si me dedicara únicamente a dirigir obras clásicas, tradicionales; son obras muy hermosas y las haré siempre, pero siento que ya tuvimos mucho de eso y que al oyente también hay que retarlo de vez en cuando. Muchas veces creo que subestimamos a nuestras audiencias. En el fondo pienso que cualquier persona puede entender la música contemporánea si está expuesta a ella con mayor frecuencia, si se le da la oportunidad de familiarizarse con el lenguaje.

¿Qué obras sueñas con interpretar algún día junto a la Sinfónica, una vez que las condiciones sean idóneas?
Muchas: la Sinfonía Turangalila de Messiaen, obras de Boulez (nunca hemos interpretado algo de Boulez), Berio (Formazioni me encanta), Lutoslawski (las sinfonías). Hay tanta música... Tenemos casi medio siglo de retraso, si no es más. Acá la gente nunca ha escuchado una obra de Nono…
Y eso que Nono tiene una obra que está dedicada a los habitantes de Ayacucho...
Así es, Caminantes... Ayacucho, que es una obra que en algún momento me gustaría dirigir ya que estoy desarrollando el proyecto de presentar música que tenga como punto de partida una cierta inspiración en la temática peruana. Este año vamos a tocar algunas de estas obras: la obertura de la ópera Alzira de Verdi, unas danzas de La Perricholi de Offenbach, un extracto de un ballet de Respighi que contiene una kachampa, una danza peruana. Ese es un sorprendente hallazgo que me comunicó hace algunos años el compositor peruano José Carlos Campos. También haremos un extracto del Ollantay de Ginastera... Son obras que he ido descubriendo a lo largo de años y debo decir que me sigue sorprendiendo hasta ahora que el Perú haya servido de fuente de inspiración para tantos grandes compositores.
Eres uno de los principales defensores de la música de Celso Garrido-Lecca. ¿Por qué te parece que su presencia en el panorama de la música peruana es tan importante?

Yo valoro y admiro, en general, al músico nacional, porque ha creado en circunstancias nada favorables. Y si en ese contexto aparecen figuras cuya producción, a pesar de las adversidades, tiene factura, tiene hechura, tiene nivel, mi admiración es mayor. Y si eso que dejan está en el contexto de una creación de un lenguaje nuevo, no necesariamente entendido en términos de técnica, sino como la creación de un lenguaje que nos identifique como colectividad, mi admiración es aún mayor. 

Yo siento que los compositores indigenistas (mal llamados indigenistas) de las primeras décadas del siglo XX y los miembros de la Generación del 50 fueron los que crearon un lenguaje peruano, muchas veces en consonancia con la música de su tiempo. Se trata de una doble creación: por un lado, la de un lenguaje en el que nos podemos mirar mutuamente y reconocernos, y por otro lado una creación en la que intentamos entrar en contacto con los lenguajes musicales contemporáneos del mundo que nos rodea. Es una doble creación, y es por tanto una doble admiración la que siento por estos compositores.

celso garrido-lecca

El caso de Garrido-Lecca es evidente. Él se ha nutrido de la fuente de la música popular folclórica y ha creado sonoridades que son distinguibles como peruanas: el uso de las terceras, de ciertos timbres y armonías, el concepto de sonoridad (como decía mi padre) como una extensión del paisaje. Es una música de referencias, de nostalgias y que no tiene miedo de cantar. El canto de Garrido-Lecca es un canto peruano: puede tener la tristeza de un yaraví, puede tener el ritmo de una danza costeña o de la música que bailan los danzak, y esa es una de las principales cosas que admiro en él, la búsqueda de algo que nos identifique.

Admiro también su capacidad de análisis. Yo he tenido la suerte de estudiar con Garrido-Lecca y recuerdo la primera clase que tuvimos: analizamos un lied de Schubert y me pareció extraordinaria la manera cómo nos explicaba el sentido de la armonía, el sentido del espacio, del tiempo, la tensión, la distensión, el arco dramático, el orden, la estructura; son las cosas que más nos enseñó. Entonces cuando escucho por ejemplo el Concierto para Cello, noto también ese gran discurso, ese sentido dramático, clásico incluso, de la obra, si bien dentro de un contexto contemporáneo. El manejo de las cuerdas me parece notable. La música de Garrido-Lecca tiene llegada, tiene visión, es de gran alcance. Y resultaba absurdo no homenajearlo ahora que felizmente aún está vivo, lúcido, y que es uno de nuestros grandes referentes. Por coincidencia, yo soy uno de sus grandes admiradores así que no me cuesta programarlo, pero creo que es un compositor que hay que conocer; es de los 3 o 4 nombres que van a quedar en la historia de la música de nuestro país.

Hablemos de la experiencia de los conciertos descentralizados en pueblos jóvenes o en el interior del país. ¿Cómo surgió ese proyecto?

La cultura en el país está tan fragmentada que puede pecar en algunos casos de elitista, sin duda. El problema es complejo porque vivimos en una situación cultural en la que tendemos a ponderar cada vez más lo ligero; la televisión nos inunda y genera en los jóvenes la mala impresión de que lo famoso, lo efímero, lo sintético es lo que vale. Creo que en este contexto lo único que nos va a salvar va a ser siempre el arte, y pienso que como Sinfónica Nacional, uno de nuestros deberes es llegar al público esté donde esté y no centrarnos únicamente en Lima: debemos llegar a todos. Hemos tomado esto muy en serio, y es una idea que está además en concordancia con la posición del gobierno respecto a la inclusión.

El año pasado reiniciamos nuestras giras a provincias y me complace mucho haber podido retomar esta actividad que viene de antaño; es de hecho una de las primeras cosas que hizo la Sinfónica luego de su creación en los años 40. Este año vamos a ir a Puno, a Cajamarca, volveremos a Cuzco y a Iquitos. En Puno -tú sabes que yo tengo ascendencia puneña- quiero presentar, si todo sale bien, Zorro Zorrito de mi padre. Pienso que es una necesidad. Cuando vas a estos sitios alejados en los que no hay necesariamente una cultura de la música clásica, te das cuenta de que existe un público ávido de escuchar. Esos son los momentos en los que uno se siente realmente útil a la sociedad.

¿Qué otras grandes satisfacciones has tenido con la Orquesta?

El hecho de haber podido interpretar grandes obras. La Sinfónica me ha dado la posibilidad de organizar temporadas ambiciosas, lo que es muy difícil, y más aún dentro del aparato estatal. El sistema es complicado. Pero he encontrado un buen equipo de trabajo con el que hemos aprendido juntos a manejar una orquesta profesional. Hemos tenido dos temporadas recientes muy satisfactorias que han empezado a cambiar un poco la historia de la Sinfónica. Estamos en camino a recobrar ese brillo que alguna vez tuvo la orquesta, y ya tenemos otra vez a músicos de primer nivel participando en nuestra programación. Ciertamente la sala del Gran teatro Nacional nos ha cambiado la vida; esto además del aliciente económico, los sueldos que subieron gracias a una voluntad política del presidente. Todo eso ha provocado que nos pongamos la camiseta de la institución y de la música en general. Yo creo que esa es una de las principales satisfacciones, la de haber podido ayudar a cambiar un poco la mística del elenco y generar unas ciertas condiciones que le eran necesarias: las condiciones acústicas, pecuniarias y morales, por así decirlo. La presencia de grandes músicos, por otro lado, cambia notablemente el sentido musical de una orquesta, esa es una de las cosas más interesantes. 

A nivel personal he tenido otra clase de satisfacciones, particularmente el hecho de haber podido interpretar a Mahler y La Consagración de la Primavera de Stravinsky. La otra gran satisfacción, el año anterior, fue la de haber organizado tres conciertos temáticos con obras de tres generaciones distintas de compositores peruanos. Eso fue algo extremadamente ambicioso; ahora que lo veo a distancia recién me doy cuenta de lo avezado que fui, porque en realidad es muy difícil. Es un proyecto para el que, en muchos casos, te encuentras solo; pero creo que ha sido una de las más grandes alegrías que he tenido.

Hablemos sobre el tema de la política de encargos del gobierno. ¿Por qué consideras que el Estado debería invertir en nuevas obras de compositores que a lo mejor no llegan a tanta población?

Uno siempre debe tener la esperanza de que la obra llegue al público, que tenga afinidad espiritual con la audiencia. Y al hacerlo vamos a crear un perfil, una característica en nuestra idiosincrasia musical que nosotros como Estado tenemos la responsabilidad de promover. En el fondo no es tan grave que la obra fracase o que no vaya tanto público; lo principal es motivar a que el creador cree y que el público escuche, crear las condiciones para que pueda existir ese tipo de acercamiento. 

Creo que es una cuestión que va a tomar tiempo, porque hay que entender que la comisión es un concepto difícil, no hemos tenido una cultura de eso. Pero yo estoy empecinado no solo en que haya una cultura de la comisión sino que además el Estado promueva una cultura de la edición. Muchas de las obras que hemos interpretado en los últimos tiempos las hemos digitalizado, las hemos melografiado, y es un material que ahora va a estar ahí disponible para que se pueda volver a interpretar. Esa es una de las cosas que hemos conversado en la dirección y que espero que este año o el próximo empiece: tener ediciones oficiales de la Orquesta Sinfónica Nacional, eso es muy importante.

Y es que, si el Estado no comisiona, ¿qué se puede esperar? Realmente somos nosotros los que tenemos que promover e incentivar la creación nacional. Además el hecho de que la programación tenga siempre la presencia de compositores vivos y que haya estrenos da prestigio a una Orquesta. La hace ver como una fuente de fomento. A eso quisiera yo que apunte la Sinfónica, a convertirse en una orquesta que toque música viva, que proteja a sus compositores y que los edite, que cree interés.

Una vez me dijiste que cuando empezaste a hacer música tu padre no estaba muy convencido del asunto porque él sabe lo difícil que es. ¿Por qué insististe?
Supongo que me enamoré de la música. El amor a algo siempre puede más que las adversidades que lo circundan.
¿Había ahí una voluntad de emular a tu padre?

Tal vez en ese momento no lo tenía tan presente, pero ahora sí siento que de algún modo todo lo que hago lo hago siempre tomando a mi padre, a mi tío, como referencias. Incluso trato de que todas mis decisiones musicales no vayan en contra de lo que creo que hubieran hecho ellos dentro de su concepciones éticas y estéticas. No podría hacer algo que no estuviera en concordancia o consonancia con los ideales de mis antecesores. Los tengo presentes a la hora de componer, a la hora de programar, a la hora de dirigir o de ser un “personaje” de la escena musical. Trato de que, de alguna manera, se sientan orgullosos de mí y trato de dejar muy en alto su nombre, su legado, su memoria.  

edgar valcárcel

Cuando era más joven esto es algo que era menos consciente de mi parte. Sin embargo, siempre me he sentido muy familiarizado con el lenguaje de mi tío ya que mi padre tocaba a menudo música de Theodoro Valcárcel; eso siempre me motivó, me inculcó el amor por la música popular, tradicional, y contemporánea. Eso era parte de mi mundo. Después de un breve periodo de rebeldía en el que no quise estudiar, naturalmente mi camino se volcó hacia la música. Yo mismo la descubrí por mis propios medios, incluso si cuando era muy chico mi padre me había hecho estudiar violín. Cuando llegas a una cierta edad te sientes un poquito forzado y tratas de “salir del yugo”, entonces le dije: “papá, no quiero estudiar” y él no me forzó a continuar.

En esos tiempos yo quería estudiar arqueología, pero siempre tuve a la música presente, incluso en esos años en que me alejé de ella. Y cuando la encontré nuevamente, a pesar de que mi padre tenía sus dudas, sé que en el fondo él quería que yo fuera músico. El tema le preocupaba porque hay que decir que a medida que iba avanzando en la edad se ponía más pesimista, y no quería que su hijo tuviera este tipo de vida. Pero cuando vio que yo lo tomé en serio, cuando vio que empecé a estudiar bien y que podía continuar mis estudios en el extranjero, él ya se sintió tranquilo. El apoyo fue natural, fue gradual. Siempre me apoyó, pero tenía que manifestar su preocupación de alguna manera.

¿Qué piensas de la aseveración de que la música clásica es un arte básicamente elitista, el patrimonio de una cierta clase social?

Es una pregunta bien difícil. El otro día escuché una entrevista a Boulez en la que le preguntaban lo mismo: “¿Es la música elitista?” “Sí” decía. “Y está bien que sea así”. “Pero”, sostenía, “tenemos que hacer que esa élite suene, que no sea algo que se esconda con pudor, sino que tenga presencia, a pesar de que siempre va a tener poca acogida. La música clásica tiene que ser lo suficientemente fuerte para que retumbe, para que suene. Tenemos que hacer que esa élite se haga escuchar”. Y esto es así porque entendemos que la propuesta enriquece el espíritu humano. Yo tengo fe en la música académica porque, de alguna manera, es el fuero en donde el fenómeno musical puede desarrollarse técnicamente y donde el espíritu humano se puede multiplicar y adquirir nuevos matices y graduaciones. Se trata finalmente de enriquecer nuestro goce espiritual y no creo que eso esté mal. La situación ideal es que seamos expuestos a diferentes formas de música porque éstas nos proporcionan diversos tipos de placeres auditivos.

Evidentemente, la música académica tiene a menudo una mayor dificultad: exige a veces una preparación previa ya que está inserta en un amplio panorama de referencias a otras artes, o a su propia historia, y todo esto va a hacer que en una sociedad como la nuestra, donde prima lo ligero, lo visual y lo efímero, esta clase de exigencia siempre sea percibida como elitista a pesar de nuestras intenciones. Pero no podemos olvidar que muchas personas no han podido experimentar esto simplemente porque no han tenido los medios económicos o nunca han sido expuestas a esta música, o no han tenido el trasfondo de una sociedad que las mueva y las motive. Es por eso que, como decía Boulez, debemos ser lo suficientemente rotundos como para que nos escuchen, para ser una presencia dentro de la cultura nacional a pesar del lugar marginal que nos es reservado. Yo respeto todas las músicas, me apasiona la música tradicional, la música folclórica, y creo que hay una sabiduría popular intuitiva, pero también es importante reconocer que hay una sabiduría musical más especialista y crear las condiciones para que los peruanos podamos escuchar y abarcar todas estas formas.


Escrito por

Alonso Almenara

Escribo en La Mula.


Publicado en

Redacción mulera

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