sin ciencia no hay futuro

La Iglesia y las mujeres

La tradición de misoginia es larga y antigua en el pensamiento teológico del cristianismo más conservador.

Publicado: 2014-03-22

¿De dónde le vienen a la iglesia católica sus posturas con respecto a la anticoncepción en particular y las mujeres en general? Hay muchas maneras de responder esa pregunta, pero un elemento ineludible en todas ellas debe ser el reconocimiento de una larga tradición de pensamiento teológico para la cual el cuerpo de una mujer es apenas un vehículo para la concepción, la función de las mujeres no es otra que la de tener hijos y cualquier método anticonceptivo es, simple y llanamente, un asesinato. 

Y vaya que la tradición es larga. A principios del siglo V, en su libro De Genesi Ad Literam (“La interpretación literal de génesis”), el obispo de Hipona, San Agustín -una de las figuras más influyentes en la historia de la iglesia-, escribió lo siguiente:

“No veo para qué podría servir al hombre la creación de la mujer si no es para la procreación. Si la mujer no le ha sido dada al hombre para ayudarlo a concebir hijos, ¿para qué sirve? ¿Para arar la tierra junto a él? Si se necesitara ayuda en esa labor, otro hombre sería más útil. Y lo mismo puede decirse de la compañía:¡cuánto más placer hay en la vida y en la conversación cuando dos amigos viven juntos que cuando un hombre y una mujer cohabitan!” (San Agustín, De Genesi Ad Literam)

Un contemporáneo de Agustín, Jerónimo (también hecho santo, también una figura fundacional de la teología) dijo del de Hipona que logró que “renazca la fe de los antiguos”, y este aspecto al menos tenía razón. Esta forma de ver a las mujeres era ya vieja entre los cristianos en los tiempos de Agustín, como también lo era una oposición radical a cualquier método anticonceptivo.

Por ejemplo, la Carta de Barnabás, de la primera mitad del siglo II, prohíbe a las cristianas “matar al feto o al recién nacido”. Poco después, en la segunda mitad del siglo II, en una petición al emperador Marco Aurelio, el filósofo cristiano Atenágoras (uno de los primeros “padres de la iglesia”) afirmaba que los miembros de su secta “llaman asesinas a las mujeres que toman cualquier medicamento para terminar un embarazo”, algo que seguramente los distinguía de los romanos comunes y corrientes.

Inseparable de esta postura contra los métodos anticonceptivos ha sido siempre una visión de las mujeres como la expresada por Agustín. Como decía ya en el siglo II Clemente de Alejandría, otro “padre de la iglesia”:

“[para las mujeres] la conciencia de su propia naturaleza debe provocar sentimientos de vergüenza” (Clemente de Alejandría, Paedagogus)

El ya mencionado Jerónimo, por su parte, creía lo siguiente:

“Tocar a una mujer es malo. Si bien es cierto se permite la indulgencia en el acto marital, es sólo para evitar algo aún peor. Pero, ¿qué valor podemos darle a algo que se permite únicamente para prevenir algo peor?” (San Jerónimo, Tratado contra Joviniano)

Y también creía esto:

“La generación de niños se permite en el matrimonio, pero los placeres sensuales como los que se obtienen en los brazos de una prostituta son condenables en una esposa” (San Jerónimo, Comentario a Efesios)

Y esto:

“No dudo que se puede hallar mujeres santas entre las esposas, pero sólo cuando han dejado de tener sexo, cuando imitan la castidad virginal incluso en la constreñida posición que el matrimonio trae para ellas”. (San Jerónimo, Tratado contra Helvidio)

Esta claro en estas últimas dos citas que la vena misógina de la teología católica vino desde el inicio acompañada de ideas profundamente negativas sobre el placer, además de una visión del matrimonio que es autoritaria y está enteramente centrada en la reproducción. Por ejemplo, el propio Agustín escribió alguna vez que

“[El esposo cristiano] ama el hecho de que su esposa es un ser humano, y detesta el hecho de que es una mujer¨ (San Agustín, El Sermón de la Montaña)

Y más aún, en su obra cumbre ensalzó el matrimonio de su propia madre, Mónica, en los siguientes términos:

“Había muchas mujeres con esposos más comedidos que el suyo que llevaban el rostro desfigurado por los golpes (...) mi madre (...) les decía que la culpa la tenían sus propias lenguas. Todas ellas habían oído la lectura del contrato matrimonial y debían tenerlo por un instrumento legal mediante el cual se convertían en sirvientas, de modo que debían recordar siempre su lugar y nunca rebelarse contra sus amos”. (San Agustín, Confesiones)

Es decir, para estos pensadores (aún clave en la teología católica), el rol de la mujer en el matrimonio es enteramente reproductivo, cualquier atisbo de placer en el proceso es para ellas mortalmente pecaminoso y su estación es, por necesidad, la de obedecer y ser sumisas. ¿Por qué? Lo explica Tomás de Aquino:

“(...) la mujer necesita al hombre no solo para generar y educar a los hijos, sino también como su gobernador personal (...) pues el hombre tiene una razón más perfecta (...) y una mayor virtud”. (Santo Tomás de Aquino, Summa Contra Gentiles)

Quizá alguien puede creer que todas estas citas son cosa del pasado y que, aunque sean parte de la tradición, no tienen mayor influencia sobre lo que piensan los católicos de hoy. Eso es falso: importantes sectores de la iglesia, y muchos miembros de su jerarquía (todos hombres, todos célibes), ven todavía el mundo de esa manera.

Hace poco, por ejemplo, el arzobispado de Granada, en España, publicó un libro titulado Cásate y sé sumisa, que fue ampliamente comentado. El libro no es un tratado de teología y no pretende tener autoridad doctrinal, pero sí tiene el peso y prestigio de las enseñanzas de la iglesia, por venir de donde viene. Y es de suponer que la expectativa es que se lea y se sigan sus consejos. En sus páginas leemos, por ejemplo, esto:

“Cuando tu marido te dice algo, lo debes escuchar como si fuera Dios el que te habla”. (De Cásate y sé sumisa)

Y esto:

“Tu marido es ese santo que te soporta a pesar de todo. Si algo que él hace no te parece bien, con quien tienes que vertelas es con Dios; puedes comenzar poniéndote de rodillas, y la mayoría de las veces todo se resuelve”. (De Cásate y sé sumisa)

Y además:

“Cuando tengas que elegir entre lo que te gusta a ti y lo que le gusta a él, elige a su favor” (De Cásate y sé sumisa)

Y así sucesivamente. Pero quizás Granada nos queda muy lejos, como Agustín o Jerónimo nos quedan muy atrás en el tiempo. Más cerca de casa, hay muchos que piensan lo mismo.

“Ese es el mensaje de Dios. El papá es la autoridad de todo el proyecto de familia. La mamá es, un poquito, la que modela todo lo interno del hogar (...) corrige el carácter de los hijos, prepara las fiestas de cumpleaños, vela porque la ropa esté limpia, pone adornos y flores en las distintas habitaciones…” (Juan Luis Cipriani, Testigos de Cristo)

Escrito por

Jorge Frisancho

Escrito al margen


Publicado en

Redacción mulera

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