desde este momento, no más hermanitos

¿La indolencia de esclavo sacude?

Un paralelo entre las reacciones ciudadanas suscitadas por la tragedia del Prestige en Galicia, y la indolencia de los peruanos frente a lo que ocurre en los lotes concesionados a Pluspetrol

Mas apenas el grito sagrado¡Libertad! En sus costas se oyó.La indolencia de esclavo sacude,La humillada cerviz levantó.

Estrofa del himno nacional del Perú

Publicado: 2014-03-13

El 13 de noviembre de 2002 se supo que se había abierto una grieta en el casco del Prestige, un barco petrolero que, aunque registrado en Grecia, navegaba con bandera de Las Bahamas. En medio de la tormenta que azotaba las costas gallegas del Mar da Morte, el capitán, Georgios Aleivizos ordenó se emitiera el may day a las autoridades portuarias españolas. El Prestige navegaba a la deriva.En los seis días posteriores se desató uno de los mayores desastres ambientales de los que se tenga registro. Las autoridades portuarias españolas, y aún Madrid, se negaron a remolcar al Prestige a puerto y controlar allí el hundimiento y la fuga del chapapote Por el contrario, ordenaron que el petrolero fuera remolcado mar adentro, mientras Portugal e Inglaterra prohibían terminantemente que el barco ingresara a sus aguas territoriales. Así, el 19 de noviembre de aquel año, el casco del Prestige no resistió la presión de los remolques sobre la grieta por la que escapaba ya el fuel, y se partió por la mitad. El barco se hundió a la altura de las islas Cíes (unas islas de una gran biodiversidad marina, y fuente de trabajo para miles de pescadores gallegos), a unos trescientos kilómetros de la costa.

Con la ineptitud de las autoridades españolas que, lejos de resolver el problema, se lavaron las manos, y luego lo negaron, y el Prestige a más de tres mil metros de profundidad, la marea negra que desató la rotura de los tanques se hizo incontenible. En los días subsiguientes, más de cincuenta y cuatro mil toneladas de chapapote comenzaron a llegar a las costas del norte de España y Portugal, y poco después, a la costa francesa. Se había liberado el infierno. 

Cuando, el 20 de noviembre de 2002, la noticia del Prestige había ocupado ya las portadas de El País, yo vivía en Madrid. Aquel día, precisamente, iba entrando a la cafetería de la facultad de Ciencias Políticas de Somosaguas, cuando encontré a, David, uno de mis amigos, comentando indignado la incompetencia de los políticos españoles, con un periódico entre las manos.

– País de mierda, que país éste para subdesarrollado. Esto es África, coño.

Al día siguiente, seis mil toneladas de fuel habían llegado a la ría de Corcubión, y las manchas de petróleo seguían flotando hacia Finisterre, El Ferrol y La Coruña. A los cuatro días del hundimiento, eran más de 600 kilómetros de costa los afectados. Dos semanas después, se calculó que, de continuar, el vertido podría extenderse entre cinco y treinta y seis meses.

Pero entonces, miles de barcos de pesca, decenas de cofradías de pescadores y marisqueiros, portugueses, gallegos, vascos, franceses, lejos de quedarse sentados a esperar a que las autoridades resolvieran el problema, se habían organizado y salido a alta mar a contener la marea negra. Poco después, aparecían las conmovedoras imágenes de humildes trabajadores que esta vez se jugaban la vida saliendo al mar, no a pescar, sino a recoger chapapote con las manos desnudas. Y aquella última semana de noviembre de 2002, vi cómo decenas, cientos de alumnos de la facultad de Políticas de Somosaguas, viajaban a unirse a los más de trescientos mil voluntarios que, en cifras extra oficiales, llegaron a Galicia, con la suya, a ayudar a las familias de los pescadores a limpiar las playas. Aquél fue uno de los recuerdos más entrañables que me llevé de Madrid. Y también uno de los más tristes, porque funciona en mi cabeza como una ayuda memoria que apunta directamente hacia nuestra indolencia. 

Hace cuarenta años que el Estado, la Oxy y ahora Pluspetrol vienen contaminando el río Marañón y sus afluentes, y ahora, también, la contaminación por restos de petróleo se ha extendido a la Reserva Nacional de Pacaya–Samiria.

Lo más triste, sin embargo, no es esto.

Es que nadie (no al menos en Lima, no en las  otras ciudades de la costa y la sierra) en cuatro décadas a salido a la calle a manifestar su solidaridad con los pueblos afectados por este desastre ambiental. Nadie, mucho menos, ha viajado a la selva a ayudar a estas comunidades nativas a limpiar el petróleo vertido, mucho menos con la suya. 

E, inevitablemente, cada vez que hago este paralelo, siempre viene a mi memoria la frase que oí exclamar a mi amigo David:

– País de mierda, que país éste para subdesarrollado. Esto es África, coño.


Escrito por

Gabriel Arriarán

Periodista.Interesado en temas de trata de personas, corrupción del Estado y minería informal.También en literatura y arte. @gabrielarriaran


Publicado en

Redacción mulera

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