Comprender la visión del otro ayuda mucho a la hora de construir personajes
Una conversación con la escritora cusqueña Karina Pacheco, a propósito de la publicación de su nueva novela 'El bosque de tu nombre'.
Karina Pacheco es un nombre que se ha vuelto, conforme pasan los años, cada vez más recurrente en las noticias vinculadas con la literatura. No solo por el hecho de que en menos de una década haya tenido la oportunidad de dar a conocer toda su producción literaria, sino también porque a la par ha logrado el debido reconocimiento de la crítica.
En 2008, logró el Premio Regional de Novela, que otorgaba el, en ese entonces, Instituto Nacional de Cultura del Cusco, con el libro No olvides nuestros nombres. Pero no ha sido el único. En 2012, obtendrá el Premio Nacional de Novela 'Federico Villarreal' 2010, con Cabeza y orquídeas. Inclusive este año se hizo acreedora al premio 'Luces' del diario El Comercio, en la categoría 'Libro de cuentos' con el título El sendero de los rayos.
Por ello, aprovechando su paso por Lima, luego de haber presentado su sétimo libro, la novela El bosque de tu nombre (Ceques editores, 2013), tuvimos una amena conversación en torno a las principales directrices de su obra literaria: la memoria personal y la historia social.
La antropología.
Si bien hay algunos autores con una profesión aparentemente 'ajena' a la práctica literaria que se incomodan cuando se les impone y remarca la existencia de una distinción entre sus dos 'facetas', en el caso de Karina no ocurre aquello. Ella es doctora en antropología y tiene una extensa cantidad de publicaciones relacionadas con temas como racismo, discriminación y desarrollo. Así que le pregunté cuánto creía qué había influido su carrera en su producción literaria.
Ella me señala que mucho. Sobre todo cuando buena parte de la narrativa que escribe es de corte realista, aunque no sin agregar ciertos aspectos pertenecientes a la mitología andina en algunos de sus relatos.
La antropología, según me dice Karina, permite que uno comprenda la visión del otro y ayuda "a la hora de construir personajes". Y es que con dicha ciencia se reduce —en cierta medida— la subjetividad propia y evita que se generen distorsiones de lo que se observa. Por otra parte, la metodología aprendida ayuda a trabajar con las entrevistas y la recolección de testimonios que luego servirán de base para sus historias.
La aventura literaria.
Un aspecto llamativo de su producción literaria es que en apenas un lustro y medio ha publicado siete libros: La voluntad del molle (2006), No olvides nuestros nombres (2008), La sangre, el polvo, la nieve (2010), Alma alga (cuentos, 2010), Cabeza y orquídea (2012), El sendero de los rayos (cuentos, 2013) y El bosque de tu nombre (2013).
Es inevitable que le pregunte qué impidió que publicara antes. O, más bien: ¿qué ha permitido que recién en estos años muestre su obra?
Karina me hace ver con sus palabras que se trató de un proceso natural. Ocurre que ya sea por sus propias investigaciones, o ya sea por las actividades en las que participaba, de alguna manera las historias se le iban acumulando en la cabeza. Se dio cuenta que habían cosas que, por lo menos, a través de la antropología, no iba a poder sacar a la luz.
Es así que, cuando aún vive en España, manda el manuscrito de su primera novela a tres editoriales. Y nunca le llega respuesta. "Bien, esto no es lo mío", pensó.
Sin embargo, al volver al Perú en 2004, Karina, quien se encuentra atravesando una etapa de cambios en todo nivel, decide intentarlo de nuevo. Es la literatura que la busca. Y ella que accede a su llamado.
Tanto la buena recepción de su primera novela como el premio que conseguirá después serán estímulos inigualables para continuar con la escritura.
Entre lo individual y lo colectivo. Y el poder de la literatura.
Un aspecto que no pasa desapercibido en sus obras es que se interrelacionan de forma muy estrecha la memoria personal (la de sus protagonistas) con la historia social (del escenario y la época donde se ambienta la ficción). Se lo señalo y Karina me dice al respecto: "Se escribe mucho sobre lo íntimo. Pensando que lo íntimo es un universo solito. A mí, personalmente, una novela intimista o de 'mucho yo' tiene que ser un novelón de arriba a abajo para que me guste."
"No tienes que construir toda una historia respecto a lo colectivo, pero, a veces, sí poniendo detalles de cómo lo colectivo influye en lo íntimo.", agrega.
Resalta el valor que tiene la ficción —a través de la literatura o del cine— para contarnos historias sobre la humanidad o sobre el mundo: "Yo he aprendido muchísimo leyendo novelas de literatura."
Entonces, no resulta casual que la historia sea uno de los ejes de sus obras.
Recuerdo que en una entrevista anterior, Karina contaba que una vez se sintió impactada por un suceso que, inclusive, se sintió mal, con náuseas y dolores de cabeza. Solo al escribirlo fue que la sensación de angustia abanonó su cuerpo.
Siendo el Perú "un país muy desmemoriado, interesadamente desmemoriado", como ella me ha dicho en algún momento de la conversación, y teniendo en cuenta la escena que narró en la entrevista anterior, le pregunto: "¿crees que la literatura puede cumplir con un efecto terapéutico para una sociedad?"
Tengo cuidado en señalar que la literatura —tal como han defendido por años los teóricos literarios— no tiene una 'función' específica, sino que puede cumplir algún rol en nuestras vidas.
Karina asiente, y me responde que sí cree en que la literatura crea, gracias a la ficción, situaciones más reales, capaces de sustraer al lector de sus vidas y llevarlo a otras realidades. En conclusión: la literatura —la lectura en general— amplía la mirada del lector.
La lectura abre el mundo y la vida, me dice. "Yo no sabría qué sería de mi vida de chiquitita de no haber leído las historias que leí".
Para Karina esa es la verdadera función de la literatura: producir ciudadanos con mayor riqueza vital. Y no simples ovejas.
Guatemala y El bosque de tu nombre.
Su nueva novela, resumiéndola a grandes rasgos, trata de un joven médico inglés que descubre en la casa de su madre un cuaderno con las confesiones de su padre, un exiliado guatemalteco, muerto desde hacía muchos años atrás, que revela una serie de inesperadas noticias sobre la vida del padre y su intervención durante el periodo de la violencia política en su país de origen. La muerte de una mujer es el motor de la historia, de tal modo que la novela puede ser etiquetada como una especie de 'thriller'. Hay alguien que busca respuestas y el único lugar donde las puede hallar es el pasado de todo un país. Uno distante y ajeno.
Karina me dice que Guatemala se hacía presente en su vida de más de una forma. Fue así que se enteró de la tragedia que soportó la nación centroamericana en las últimas décadas: más de 200 mil muertos y desaparecidos, haciendo de su conflicto uno de los peores y menos conocidos de Latinoamérica; y cerca de un millón de desplazados hacia la frontera con México.
Sensible (me dice que se sintió 'impactada') por los casos de los que se va enterando decide escribir sobre esta historia. Sobre todo cuando cae en cuenta que ha sido poco difundida pese a la gravedad de los hechos. Así pues, estudia y lee desde 2009 sobre Guatemala.
En el proceso, determina cómo escribir esa historia y sus elementos: un varón, padre de familia, proveniente de un territorio distinto, frío y lejano a los ojos de su hijo; la historia (leída y oral) de los guatemaltecos; y un viaje a la propia Guatemala, para "afinar la mirada" y "sentir el país".
Le pregunto si ese es su modo de preparar sus novelas.
Me responde que en este caso sí, aunque generalmente: "Cuando escribo novelas empiezo con un hilo. A veces no sé bien cómo va a terminar, simplemente tengo la idea de por dónde empezar, de qué cosa quiero destacar en esa historia, y luego ya la historia va tomando más forma, van entrando más personajes y luego es tratar de que todo tenga consistencia."
La lectura de sus libros así nos lo demuestra.
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Karina Pacheco presentará el miércoles 18 su libro en el Auditorio de la Casa del Inca Garcilaso, en su ciudad natal, Cusco. Contará con los comentarios de Luis Nieto Degregori y Nataly Villena Vega, y como cierre una performance de Tania Castro a partir de un fragmento de la novela.
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