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Las facetas desconocidas de Angela Merkel

Publicado: 2012-09-16

Amada y odiada. Hábil, sagaz, inteligente, poderosa.  Angela Merkel lidera la lista de mujeres más poderosas de la revista Forbes, y, qué duda cabe, es la política que más influencia tiene en Europa.  Hoy en plena crisis económica europea aparece en las tapas de diarios y revistas (Vanity Fair incluida). En las siguientes líneas un perfil, elaborado por el diario El País, de la canciller alemana: fue una chica divertida y trabajó de camarera en una discoteca. Así era cuando no vivía bajo la atenta mirada de todo el planeta.

Todas las mañanas, Angela Merkel prepara el desayuno de su marido, calibra el comportamiento del euro en la apertura de los mercados y pasa a deglutir balances económicos y rivales políticos con la misma premiosidad con la que escancia café sobre la taza de su taciturno consorte, Joachim Sauer, un talento en química cuántica. La amorosa rutina de primera hora, confesada a corresponsales diplomáticos hace un año, durante vuelo oficial de Nigeria a Berlín, convive con su peligroso autoritarismo y un refinado gusto por el estofado de conspirador, preferiblemente de su partido, la Unión Demócrata Cristiana (CDU), según el libro La madrina, publicado a finales de agosto por Gertrud Höler, adscrita a la vieja guardia oficialista. La canciller alemana, de 58 años, disfruta cocinando sopa de patata y ganso con ciruelas pasas; se extasía con la ópera El holandés errante, de Richard Wagner, y, aunque cueste trabajo imaginarla de mandil, fue camarera, y okupa (persona que se instala en una vivienda deshabitada sin consentimiento del propietario) en un edificio de apartamentos de la Alemania comunista. Fue una chica divertida dentro de un orden.

La septuagenaria Höler, de cuyo asesoramiento prescindió Merkel hace tres años, nada dice sobre la atribuida ternura doméstica de la mujer más poderosa del mundo, ni sobre su jovialidad en tertulias de cerveza y vino; tampoco recrea las excursiones en bicicleta o sus largas caminatas con Joachim. El libro se adentra en su perfil político con resentimiento: casi convoca a la rebelión al presentarla ajena a los valores de la democracia, ególatra y ladrona de ideas. Su desaforada ambición trasciende fronteras y debiera preocupar a los gobernantes de la Unión Europea porque preludia el advenimiento en Alemania de una autocracia nueva y sutil, según la autora. “Es masculina y fría hasta para elegir vestuario”. No siempre. Invitada por el rey Harald V de Noruega, en abril de 2008 acudió a la inauguración de la nueva ópera de Oslo con un escote tan pronunciado, con una bahía tan redonda y desnuda, que los flases de los fotógrafos reventaron antes de tiempo. Un político local aprovechó el descoque para anunciarse en campaña: “Tenemos más que ofrecer”.

Es improbable que hubiera ofrecimiento en el sex appeal de la obertura operística porque Angela Merkel riñe con la lujuria, y porque, sometida desde niña a la vigilancia del padre, un estricto párroco luterano, se confiesa impelida por la fe cristiana, y no por las flaquezas de la carne. “La religión es la base sobre la que yo y muchos otros contemplamos la sacrosanta dignidad del ser humano. Nos vemos como la creación de Dios, y eso guía nuestras acciones políticas”. (…) La fe en Dios me facilita muchas decisiones políticas”. Debió encomendarse al Altísimo para no blasfemar en lombardo cuando el diario The Sun publicó, en 2006, unas fotos del pompis presidencial al aire, parcialmente expuesto durante el cambio de bañador de unas vacaciones italianas.

No caben en su mentalidad ni el biquini, ni invasiones de la intimidad del calibre británico, ni menos las procacidades telefónicas sobre su anatomía grabadas a Silvio Berlusconi por la policía. Más proclive a la toca que al pareo, Merkel solo husmea a fondo en los presupuestos de la zona euro y en las intenciones de los maquinadores cortesanos, pocos y valientes, porque quien asome la cabeza en su presencia corre el peligro de perderla. La canciller alemana no parece haberla perdido nunca excepto cuando, hace más de tres décadas, dejó a su primer marido, Ulrich Merkel, pasmado y sin lavadora, la única pieza que se llevó del domicilio compartido en el Berlín de la guerra fría.

Estudiante, como ella, de Ciencias Físicas, le conoció durante un viaje a Moscú y Leningrado, y aunque nada se sabe sobre las causas de la ruptura, cabe suponer en Ulrich algún atisbo de anarquía que desquició a una pareja incompatible con el desbarajuste. Casada en 1977, a los 23 años, se divorció en 1981. “Parece un poco tonto, pero me casé porque todo el mundo se casaba. No fui al matrimonio con la suficiente madurez”. Procedentes de Leipzig, los dos habían llegado a la capital para buscar un trabajo relacionado con sus licenciaturas en Físicas. Afrontaban graves problemas de alojamiento, pues el organismo encargado de asignar viviendas solo lo hacía cuando los solicitantes tenían empleo, del que carecían.

La ecuación era retorcida: daban trabajo a quien tenía piso, y piso a quienes ya vivían en la ciudad. La Administración municipal suponía que muchos resolverían “creativamente” el déficit habitacional, porque su burocracia era caótica, según justificó Merkel en una entrevista con Süddeutsche Zeitung. Tras el divorcio, vivió en un piso vacío en el número 24 de la calle Marienstrasse de Berlín. Más adelante, instaló la lavadora de autos en otro más espacioso, también sin amueblar. Allí vivió decentemente durante una temporada, sin las orgías y fumaderos de las comunas del Berlín occidental, y criticando lo justo a Erich Honecker, último jefe de la RDA antes de la caída del Muro, en 1989.

¿Cuál fue la principal ilegalidad de Merkel en la capital? No registrar su nuevo domicilio en la comisaría de policía como es preceptivo. No hubo muchas más. “Transferí normalmente el alquiler a la Administración municipal de vivienda. Por aquel entonces, cualquier dinero era bienvenido”. No tuvo mucho durante sus 35 primeros años de vida en la República Democrática Alemana, donde dedicó más tiempo al ganchillo que al activismo anticomunista y la rebeldía antisistema. Durante la histórica jornada del derrumbe, la hija del párroco respetó su tonificante sauna diaria, y solo al anochecer se acercó al Berlín libre. “Llamé a mi madre para recordarle el pacto que hicimos: iríamos al hotel Kempinskin a comer ostras”, contó a The New York Times.

En sus años errabundos, la chica del Este vestía vaqueros Levi’s, y trabajó de camarera en una discoteca. Recibía un extra por cada consumición: una especie de descorche simpático, sin malicia. Debió de ser pizpireta y repartir sonrisas a destajo, pues el sobresueldo casi igualaba su salario mensual, según sus confidencias a Patricia Lessnerkrausen, recogidas en el libro Merkel. Poder y política. Salía de marcha. “Era una chica alegre y le gustaba bailar”. La jarana de soltera acabó en 1981, al conocer a Joachim, entonces casado y con dos hijos, profesor en la Academia de Ciencias de Berlín, con quien recobró el sosiego, las complicidades de pareja y el placer por la lectura y el hervido de codillo. Se casaron en 1998. Durante muchos años, le redactó la lista de la compra, y el científico la cumplimentaba todos los viernes en un supermercado. El matrimonio vive hoy en el Berlín elegante, en un piso propiedad de una inmobiliaria de matriz española.

Sin muros, ni cárceles, la carrera de Merkel hacia el centro y el pragmatismo, hacia el poder federal, comenzó en 1989. Fue una ascensión jalonada por los restos de los hombres que menospreciaron su instinto político y sus temibles fauces. Tras exhaustivas indagaciones en vecindarios, registros y allegados, los biógrafos apenas si han encontrado locuras reseñables en la vida privada de Merkel. Entre las pocas destaca su sueño de mujer futbolera: cenar con Vicente del Bosque y sus celbraciones de los goles alemanes en a reciente Copa Europea.

El corresponsal diplomático de la revista Spiegel, Dirk Kurbjuweit, escribió hace un año que la estereotipada imagen de la Merkel burócrata, gélida, distante, de pantalón y chaqueta abotonada, es solo la cara de la moneda: la que quiere trasmitir al mundo. “He viajado con ella muchos años, he participado en todas las conversaciones off the record y la he observado”. ¿Qué descubrió Kurbjuweit en el anverso? No mucho. Merkel no es un cascabel, aunque a corta distancia, en grupos pequeños, puede mostrarse vehemente, dicharachera, emocionada por la alegría y la tristeza. Los elementos dominantes de su personalidad, al derecho y al revés, siguen siendo la distancia, el análisis y el sentido de la observación, desarrollado en la Alemania de partido único y policía política, donde convenía abrir bien los ojos y cerrar la boca.

El corresponsal la vio llorar una vez, pero no de pena, sino de risa. El ataque sobrevino al evocar un chusco episodio: los lituanos sospechaban que Bielorrusia estaba construyendo una central nuclear cerca de sus fronteras, por lo que el primer ministro de Lituania decidió comprobar sobre el terreno la veracidad de las sospechas. Disfrazados de turistas, el gobernante y su familia se acercaron pedaleando a la frontera con Bielorrusia, simulando observar la naturaleza. La policía receló del dominguero pelotón y detuvo al primer ministro. Al llegar a este punto del relato, Merkel comenzó a reírse a mandíbula batiente, a lágrima viva. No podía hablar. Le parecía increíble, surrealista, desternillante, la maniobra del mandatario báltico. La señora no es de carcajada frecuente, ni se altera en público, como comprobó el camarero que en febrero derramó una cerveza sobre su espalda. “¡Mierda!”, exclamó el chaval. Merkel se dio la vuelta y le sonrió.

Nadie conoce su entraña porque la oculta entre los silencios y la circunspección de su comportamiento. No tiene ideología, sus valores son intercambiables, y de nadie se fía, le acusó Gertrud Höler en el libro del rencor. Meticulosa, obsesionada por el detalle y el dato, trabajadora hasta la extenuación, puede hacer bostezar al ministro de Sanidad mientras se sumerge en las cifras e informes de su departamento. Y aunque a veces finja perplejidad, Merkel acudió a las negociaciones con Rajoy y Monti sabedora de que la cara de María Dolores Amorós incidió en el déficit fiscal, y al tanto de la evasión impositiva de las tragaperras italianas.

La canciller se mueve con desinterés por los vericuetos de la moda pese a los avances de su ropero, atendido por los talleres de Anna Von Griesheim y Bettina Schoenbach. Su reacción fue algo destemplada cuando, hace años, alguien la citó desaliñada: “Me preocupo de llevar un estilo práctico. El peinado tiene que mantenerse en su sitio doce horas o más, y no puedo ir a empolvarme la nariz cada dos horas”. Nunca lo hizo. No perdió el tiempo en coloretes y estilismos en su cabalgada hacia la cancillería del Reich, siempre acechada por caimanes de corbata y gomina, porque de haberlo perdido, no sería hoy la mujer que huele a poder y respeto.

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Escrito por

ALBERTO ÑIQUEN G.

Editor en La Mula. Antropólogo, periodista, melómano, viajero, culturoso, lector, curioso ... @tinkueditores


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Redacción mulera

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