Yo me quedo en casa

'Juntacadáveres' por Jorge Bruce

Publicado: 2011-10-23

El psicoanalista Jorge Bruce escribió en su columna de hoy sobre la muerte en los hechos ocurridos esta semana. En ella, Bruce comenta sobre las imágenes de la muerte del ex dictador libio, Muamar Gadafi, quien fue ejecutado por las fuerzas rebeldes el pasado jueves.

También se refirió a los accidentes en Juliaca y Huarochiri, donde murieron siete y doce personas respectivamente a raíz de la explosión de materiales pirotécnicos, y a la cifra de los desparecidos en el conflicto armado interno, registrada por el CICR . Calificó estos hechos como muestra del "desprecio por la vida, sobre todo de los 'anónimos', los invisibles".

'Juntacadáveres' publicado en el diario La República, por Jorge Bruce:

¿Qué tienen en común el nevado del Bomboya, una cloaca en Misrata, una comisaría en Juliaca o una carretera en Huarochirí? Cuerpos sin vida expuestos a la avidez voyeurística del público. En el primer caso, ojalá se trate de los restos del joven Ciro Castillo, para que la incansable búsqueda de su familia encuentre algo de paz al enterrar a su hijo, resolviendo el enigma de su desaparición. Lo de Misrata es otra historia. La muerte  de Gadafi –a quien Chávez ha llamado mártir y héroe revolucionario, en una riesgosa identificación delirante con la omnipotencia criminal del tirano– ha ocurrido en unas circunstancias deplorables, pues a todas luces hubiese sido mejor apresarlo y juzgarlo por la interminable serie de delitos contra la humanidad que cometió en esos 42 años de dictadura, inaugurando con un gesto de civilización la nueva era en Libia. Pero quienquiera haya visto el video de su captura se habrá percatado de que, en ese clima de exaltación enardecida, era muy difícil escapar a la ley atávica de quien a hierro mata, a hierro muere.

Salvando las distancias, como en el caso del cadáver de Evita, tan bien analizado por Tomás Eloy Martínez, son esas imágenes que las personas concernidas, sean libios o argentinos, necesitan ver para creer. Y aun así la duda subsiste, como ocurre con Hitler. Imágenes tan arraigadas en el imaginario de las personas que ni la evidencia más contundente es suficiente para desalojar su impronta.

En cambio, tanto en Juliaca como en Huarochirí, donde murieron siete y doce personas, respectivamente, no hay dudas acerca de la irresponsabilidad y ausencia elemental de medidas de seguridad con que se maneja el tráfico de pirotécnicos. En general, la inseguridad de los procedimientos con materiales o situaciones peligrosas es uno de los indicadores más certeros del atraso en el que vivimos. ¿Quién no ha visto albañiles o empleados del hogar trabajando en edificios sin las protecciones indispensables? Este desprecio por la vida, sobre todo de los “anónimos”, los invisibles, está haciendo otra brutal irrupción con el anuncio del CICR acerca del número de desaparecidos en el periodo de la violencia terrorista: serían 16.000 y no 8.000 como había calculado la CVR, tal como menciona La República en un suelto del sábado.

En 52 años ETA asesinó a unas 856 personas. No es que puedan alegar que mataron menos. Es que a los españoles les horroriza con razón esa cifra atroz. En cambio los peruanos todavía merecemos el apelativo de Larsen, el personaje de la novela de Onetti que da título a esta nota, quien recolectaba prostitutas viejas para un burdel de mala muerte. Ni siquiera hoy sabemos cuántas familias no han podido recuperar los cuerpos de sus deudos.

Mientras tanto nos limitamos a contemplar los cuerpos exánimes, que la televisión se solaza en exhibir en sus noticieros, comprobando esta frase pesimista de Larsen: “Nada de lo importante puede ser pensado, todo lo que importa debe ser arrastrado con uno, como una sombra”. Ahora que tanto hablamos de inclusión social, podríamos comenzar por hallar, nombrar y respetar a nuestros muertos. Salvo que sigamos creyendo que no nos conciernen, que son de otros.


Escrito por

Claudia Chávez

@ClaudiaPollo Estudio Periodismo


Publicado en

Redacción mulera

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