Marcela.

“Marcela lleva la sagrada blanquirroja sobre el pecho”, se lee en los titulares. La foto a todo color de una de las malcriadas de El Trome se mece prendida de un gancho a un puesto de periódicos en la plaza de Santo Domingo, en la ciudad de Huánuco. Chimpunes, canilleras e hilo dental, la 10 de la Foquita Farfán apenas cubre los pezones de unas tetas de campeonato. “Con una delantera como la de Marcela ganamos por goleada a Chile”, reza la última página del pasquín.

Es el siete de enero de 2013.

Al costado, un tablón con una regular cantidad de ofertas de trabajo se apoya sobre la endeble estructura de madera del puesto de periódicos: “Se busca cocinera”, “Se requieren los servicios de personal femenino de limpieza”, “Se necesitan meseras”. Todos los empleos ofertados ofrecen buenas remuneraciones. Como no sea que se dediquen a la producción de hojas de coca y pasta básica, o al tráfico de cocaína, los grandes motores económicos del departamento, son sumas inalcanzables para los estándares salariales de chicas apenas escolarizadas, sin formación profesional: mil doscientos, mil quinientos, dos mil soles mensuales. Todos las ofertas requieren que las postulantes viajen inmediatamente fuera de la ciudad.

Desde el interior del quiosco dos hombres ven acercarse a una chica. Apenas ha dejado de ser una niña. Se llama (se llama realmente) Stéfany, y tiene 18 años.

– Amiga, ¿te puedo ayudar en algo? –pregunta José Romel Ramírez Céspedes.

Al lado, su hermano, un gordito con un polo a rayas y jeans, observa. Su nombre es Claver, pero en la ciudad, seguramente por lo gordo, lo llaman Lonja.

– Yo te puedo conseguir un trabajo, pero como mesera en Cusco –propone Lonja– te puedo pagar hasta 1000 soles mensuales, aparte de la alimentación y el hospedaje. ¿Necesitas dinero ahora? Te adelanto la primera mensualidad. ¿Qué dices?

La chica duda, desconfiada. Lonja sigue:

– Tranquila. Eres hermana de Efraín y Luciano, ¿no? Si yo conozco a tus hermanos. Toma, mira, mi DNI. Ahora dame el tuyo, y espera aquí, que te voy a presentar a la dueña del negocio.

Lonja desaparece con los documentos de la muchacha y al poco rato vuelve con una mujer, que confirma que el ofrecimiento es real.

– Es más, te pago el pasaje a Cusco –agrega la desconocida.

Ese mismo día, Lonja la embarca a Lima.

“Yo acepté sin presagiar lo que pasaría”

Stefany ve las luces encendidas de la capital aquella noche de verano. Desde Huánuco, la desconocida ha hecho con ella el viaje en bus a Lima. Mientras la mujer la conduce por el Paseo de la República, ve el nuevo Estadio Nacional, el Zanjón, los halógenos de Polvos Azules. Al doblar por la Av. 28 de Julio rumbo a La Victoria, ambulantes venden turrones de un extraño color naranja fosforescente, y las emolienteras sirven vasos de quinua con manzana en sus carretillas a un par viandantes.

Se detienen frente a un hostal. Ingresan a una de las habitaciones. Stéfany encuentra con un variopinto grupo de chicas; todas de Huánuco, como ella. Son Natalia, que camina cojeando porque debido a la polio tiene una pierna algo más larga que la otra, Gladys y Gelsys, dos jóvenes hermanas de similar edad, y Eleonora, que va a cumplir treinta, está casada y tiene dos hijos. La mujer les ordena que la esperen allí, que no se muevan, y desaparece. Instantes después las cinco chicas caminan hacia la empresa de transportes CIAL, y se embarcan con la desconocida rumbo al Cusco.

Dos días después de salir de Huánuco, Stéfany y las demás chicas han llegado a la ciudad imperial. Allí las espera una mujer llamada Maribel que, en un hostal como en el que se habían alojado por unas horas en La Victoria, esperan trece mujeres más. Allí deben esperar todas, encerradas.

– Nos vamos a Puerto Maldonado –cuenta una de las trece chicas que habían estado esperando en el local.

– ¿No íbamos a trabajar aquí, en Cusco?
– No. Vamos a trabajar como meseras en un pueblo llamado Delta 1, en Madre de Dios.

Un rato después Maribel les confirma lo dicho. Ni una queja, ni una palabra. Durante el camino ninguna dice nada. La única que habla es Maribel, por el celular, con la desconocida que viajó con Stéfany a Lima y a Cusco. Dos autos las esperan al llegar a Puerto Maldonado. Viajan cuatro horas por la Interoceánica y luego las diecisiete chicas abordan un bote. Dos horas más de viaje. Caminan por las calles barrosas del poblado minero, pasan por la plaza, por una tienda que compra y vende oro al por mayor, Royal Gold, por el mercadillo de precarias chabolas techadas con plásticos azules: camionetas y pequeños camiones estacionados, perros husmeando en los montículos de basura, ratas, mujeres aguaitando por los balcones de los prostibares.

– Aquí van a trabajar –les dice por fin Maribel, al detenerse frente a la puerta de un local.

Pintado sobre la pared, en letras grandes con colores fosforescentes, reza el nombre de lugar:

“Bar Taboo”

La segunda planta del Taboo es una amplia pero oscura habitación de suelo entablado. La luz entra por un ventanuco que da a un balcón y de allí a la calle. Hay filas de camarotes adoquinados contra las tablas que forman las paredes, y sábanas sucias y viejas y colchones de espuma sobre el suelo, pero no son suficientes para cada una. Tendrán que compartir.

– Aquí van a dormir –resuena una voz ya conocida por todas

La desconocida que viajó con Stéfany aparece por las escaleras de caracol que dan a ese ambiente, mientras las chicas exploran la precariedad de su alojamiento, y la miseria en la que se sumirá sus vidas en los próximos meses.

– No van a trabajar como meseras –por fin confiesa la voz– Trabajarán como damas de compañía.

“¿Qué es una dama de compañía?”, escucha Natalia que le susurra Gelsys, que no lo sabe. “Una puta”, responde.

– Sus ganancias dependerán de cada servicio

– Cada servicio cuesta doscientos soles. La mitad queda para la casa. La otra mitad es de ustedes. Pero eso sí, la totalidad se lo tienen que entregar a los administradores. Si logran que los clientes tomen cervezas, por cada botella que les vendan ustedes reciben dos soles de comisión. El trabajo comienza a las dos de la tarde y termina a las seis de la mañana.

“Yo me voy”, dice Gladys. “Estoy no hay quién lo viva”

– Si intentan escapar llamaremos a sus familias y les contaremos que ahora trabajan como putas.

El nombre de la desconocida es Clara Quispe, pero allí la conocían como La Reina del Delta.

Diez días después, Stéfany no ha recibido un centavo ni por los servicios ni las cervezas que ha vendido a los mineros. La totalidad de los ingresos la guardan los administradores del Taboo. Les han dicho que les pagarán cuando los gastos que ocasionaron el transporte y el alojamiento de las chicas estén cubiertos. Pero esa deuda sigue creciendo con las multas que el Taboo impone a las chicas: cien soles por hablar con un desconocido fuera de las horas de trabajo, doscientos soles por salir a la calle sin permiso, doscientos soles a cada una por no ordenar la habitación que comparten. Solo les basta existir para que su deuda siga creciendo.

Han pasado 10 días desde la mañana del 7 de enero de 2013, hace diez que la familia de Stéfany no tiene noticias de ella. No saben donde está, ni dónde buscarla, cuando sus hermanas Janet y Lourdes reciben a través del Messenger el mensaje de un desconocido, que pide que le depositen doscientos cincuenta soles para ayudar a liberar a Stéfany de donde la tienen retenida. Su nombre era Joel Ardiles Marmanillo. Al día siguiente, Valeria, la hermana mayor de Stéfany acude a la policía de Huánuco, y de allí la derivan a la DIVINTRATP (División de Investigaciones contra la Trata de Personas), en Lima:

– Habla el comandante Hugo Florián Pretel, dígame.

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Margarita